204 años de independencia. ¿Hay algo que celebrar?

Guatemala cumple 204 años de independencia. Una cifra que debería provocar orgullo, pero que en realidad exige un ejercicio honesto: reconocer que no somos aún libres. La independencia no ha llegado a quienes siguen viviendo en pobreza, a quienes no tienen acceso a justicia, a quienes son silenciados por defender sus derechos.

La independencia proclamada en 1821 no transformó la vida de la mayoría. No liberó a los pueblos originarios, no reconoció a las mujeres, no abrió caminos de igualdad. Fue un cambio de administradores del poder, no un proyecto nacional. Desde entonces, la exclusión y la desigualdad estructural se convirtieron en el verdadero rostro de la república.

Por eso hoy hablar de independencia es, en cierto modo, una ironía. Somos un país que celebra libertad mientras normaliza el exilio económico, la violencia estructural y la represión a las voces disidentes.

En 204 años, Guatemala ha tenido dictaduras, golpes militares, gobiernos civiles y transiciones democráticas. Pero lo que tenemos hoy no es democracia plena, sino una democracia fallida.

Como advierten Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en “Cómo mueren las democracias”, los regímenes ya no se destruyen con tanques, sino desde dentro: instituciones corroídas, leyes manipuladas, elecciones convertidas en ritual. Guatemala cumple con el guion:

– Instituciones capturadas: cortes y magistraturas repartidas como botín
– Corrupción estructural: el Estado convertido en negocio privado
– Prensa perseguida: periodistas encarcelados o forzados al exilio
– Ciudadanía desprotegida: más de la mitad de la población en pobreza y servicios básicos colapsados

La democracia, así entendida, se reduce a una escenografía vacía.

El pulso del presente: Arévalo y las fuerzas antidemocráticas

Desde enero de 2024, Bernardo Arévalo ocupa la presidencia tras un proceso electoral histórico. Pero su llegada mostró la fragilidad de nuestro sistema: las maniobras judiciales y políticas que intentaron impedir la transición dejaron claro que los enemigos de la democracia siguen vivos y activos.

Hoy, a 2 años de gobierno, aún intentan abrir espacios a la transparencia y marcar distancia con el pacto de impunidad, pero el Congreso, las cortes y buena parte de la institucionalidad permanecen capturadas. Los sectores antidemocráticos no solo conspiran contra las reformas actuales, sino que apuestan al desgaste para preparar el terreno a un próximo presidente y quizás aún con el temor de un presidente populista y autoritario.

El riesgo es evidente: que el país vuelva a caer en manos de un liderazgo antidemocrático que borre los avances y devuelva a Guatemala a la oscuridad.

Guatemala no está aislada. El Salvador se hunde en un autoritarismo envuelto en popularidad; ya no disimula ser dictadura, al igual que Nicaragua. Honduras y Costa Rica enfrentan sus propias fragilidades. 

Centroamérica entera es un laboratorio de democracias fallidas.

La diferencia guatemalteca está en la ciudadanía. En 2023, fueron los pueblos originarios y los ciudadanos indignados quienes defendieron el voto frente a un Estado que quería arrebatarlo. Esa es la verdadera independencia: no la de 1821, sino la que surge de una ciudadanía activa que decide no entregar su futuro.

La independencia no es un presidente

Uno de los grandes errores históricos ha sido delegar toda esperanza en un presidente. La independencia no puede personalizarse en Arévalo ni en ningún líder. La independencia verdadera surge de una ciudadanía vigilante, organizada, exigente.

Como advirtió Guillermo O’Donnell al analizar las democracias delegativas en América Latina, votar y desaparecer es una receta para el fracaso. Guatemala no puede repetir ese error. Si descansamos toda expectativa en un presidente, lo que obtendremos será desilusión y fragilidad.

¿Qué celebramos entonces?

Podemos celebrar la dignidad de quienes no se rinden:
– Los pueblos indígenas que lideraron protestas pacíficas
– Las mujeres que denuncian la desigualdad
– Los periodistas que arriesgan su vida por la verdad
– Los jóvenes que aún sueñan con un país distinto

Pero lo que no podemos celebrar es la corrupción normalizada, la pobreza estructural, la represión, la impunidad.

Construir un país cuando apenas estamos empezando a hacer país

204 años después, Guatemala no está terminada: apenas estamos empezando a hacer país. Eso significa reconocer que la independencia nunca se consolidó, que la democracia está incompleta y que lo que hemos llamado Estado es, en gran parte, un cascarón.

Construir un país implica asumir que el futuro no está garantizado. Que las instituciones deben ser reconstruidas, no maquilladas. Que necesitamos un nuevo pacto social que reconozca la diversidad cultural, que redistribuya oportunidades, que convierta la justicia en un derecho real y no en una mercancía.

Hacer país significa dejar de normalizar la resignación. Implica una ciudadanía organizada, exigente, que no se limite a votar cada cuatro años, sino que vigile, denuncie y proponga. Significa entender que la independencia no fue un evento cerrado en 1821, sino una tarea pendiente que nos toca hoy.

Preguntas incómodas…

En este 204 aniversario, más que gritar “¡viva la independencia!”, deberíamos atrevernos a formular preguntas incómodas:

– ¿Qué independencia celebramos si más de la mitad de la población vive en pobreza?
– ¿Qué independencia celebramos si el sistema de justicia responde a pactos oscuros y no al pueblo?
– ¿Qué independencia celebramos si los pueblos indígenas y las mujeres siguen siendo marginados y silenciados?
– ¿Qué independencia celebramos si dependemos de remesas porque aquí no hay futuro?
– ¿Qué independencia celebramos si cada cuatro años tememos que un presidente autoritario destruya lo poco construido?

Reflexión final

Guatemala no es aún libre. Pero está en camino, y ese camino se construye desde abajo. La independencia verdadera no se firmó en 1821: se conquista todos los días en las calles, en las escuelas, en las comunidades que se niegan a callar.

204 años después, lo único que podemos celebrar con dignidad es la fuerza ciudadana que sigue viva, la esperanza rebelde de un pueblo que insiste en soñar. Porque la Guatemala que todos merecemos no existe todavía: hay que construirla.

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