I
Aquellas noches acurrucadas en mi pecho
Las sombras arrullaban mis silencios, me consolaban asustadas.
Yo Intentaba comprender de mis lunas el sabor
Del océano salvaje,
Descubrí al despertar de él, lo afilado.
Muchas veces muerta de miedo
Obedecí al sonido de las pesadas y negras gotas,
(También)
muerta de miedo dibujé una risa
Que no existía.
Porque en mi interior la herida era profunda.
Se manifestaba sin textura,
Era una silueta fuerte que invadía el espacio de un
Naufragio del que yo suponía casi nada,
La primera de esas tantas noches deje de ser
Para convertirme en quien ahora no soy
Desde aquella noche
Le abrí la puerta a un ciclo
De despedidas constantes
Acostumbradas al dolor
Y al frío.
Y sigo aquí, suspendida en el limbo
Tratando aceptar que no debo ser
Quien ahora soy.
II
Me envolví en el blanco de la nada,
Fría y silenciosa.
Las tardes rojas
Absorben mis recuerdos,
y no me dejaban partir.
Me encuentro sumergida
En una historia que aun no entiendo.
Que irónico que las cadenas de la libertad
Me pesen de vez en cuando.
Después de tanta lucha por conseguirlas,
Quisiera volver a lo que antes fui,
Porque le tengo miedo a esta incertidumbre
el verde es demasiado oscuro
e intento huir (de nuevo)
algún día tendré que entender que el problema no es el sitio
es mi alma que siente de más.
Soy yo que no encuentro el límite del sentir humano.
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Beatriz del Cid
Ingeniera agrónoma. Mujer y humana. Amante de la literatura, la biología y la educación.






