Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos con una victoria contundente. Lo que se perfilaba como una contienda reñida, terminó siendo un triunfo arrollador para el candidato republicano. Los demócratas, por su parte, quedaron en evidencia como una fuerza política desconectada de la población con discursos que a menudo resultan contradictorios. Además, no lograron contrarrestar la maquinaria populista perfectamente desarrollada por la campaña de Trump.
El impacto de esta victoria se sentirá a nivel global. La política internacional podría experimentar cambios drásticos. Por ejemplo, el presidente ruso, Vladímir Putin, sonríe: el respaldo financiero y estratégico que Estados Unidos había brindado a Volodímir Zelenski, podría reducirse significativamente, lo que podría acelerar el fin de la guerra en Ucrania. Mientras tanto, el genocidio palestino continuará, aunque sin la hipocresía demócrata es posible que el conflicto se intensifique, extendiéndose hacia Irán y Yemen.
En América Latina, se prevé que las sanciones contra Venezuela, Nicaragua y Cuba sigan vigentes. Sin embargo, no se descarta que Trump intente un acercamiento estratégico con Nicolás Maduro, al igual que lo hizo anteriormente con Kim Jong-un en Corea del Norte.
A pesar de ser ídolo libertario, Trump ya ha demostrado ser un firme proteccionista y partidario de los aranceles. Esto podría desencadenar una guerra comercial con China o provocar tensiones con Europa. Incluso México, el principal socio comercial de Estados Unidos, podría enfrentar una política arancelaria más agresiva.
Con tantos temas de alcance global en juego, ¿por qué Donald Trump habría de preocuparse por unos diputaduchos, fiscaluchos y güizaches sin visa provenientes de un shithole country, como él mismo definiría a Guatemala?
Es evidente que Trump estará enfocado en su venganza personal, tras haber sido, según su narrativa, víctima del “socialismo” y “marxismo” que lo persiguieron tanto en lo político como en lo judicial. Ese discurso, tan propio de la Guerra Fría y del macartismo, resuena profundamente entre los casi golpistas y terroristas judiciales que aún caminan libres en Guatemala.
Mientras tanto, el lobbysmo, financiado por las élites políticas y económicas guatemaltecas, trabaja incansablemente en busca de deshacerse de las sanciones internacionales y asegurar un futuro que les permita, eventualmente, derrocar a Bernardo Arévalo. No obstante, para su pesar no son los únicos moviendo fichas en este tablero global.

Rusia, por ejemplo, debe estar desplegando todos sus recursos diplomáticos y comerciales en un intento de restablecer lazos estratégicos con Estados Unidos.
Taiwán está seguramente calculando cada paso con cautela, especialmente frente a un Trump que se muestra cada vez más reacio a apoyar militar y financieramente a la isla.
En Pakistán, los partidarios del ex primer ministro Imran Khan, actualmente en prisión, no se quedan atrás. Con la convicción de que fue la administración de Biden quien colaboró con los militares pakistaníes para la detención de su líder, estos movimientos buscan capitalizar la posible llegada de un Trump más dispuesto a cambiar alianzas. Después de todo, un aliado cerca de India, siempre resultará valioso en la geopolítica regional. Y estos solo son algunos que se están moviendo, porque todo el mundo ya se está preparando para la llegada de Trump.
Lo que queda para las personitas de aquí, es resignarse a un Estados Unidos menos activo en la región a nivel político, con una USAID cada vez más ausente. En ese contexto, la derecha rancia de Guatemala se asemeja más a los regímenes de Bolivia, Cuba y Venezuela.
Te podría interesar también: El regreso de Trump a Twitter/X
¿Qué puede ofrecer este grupo en el panorama actual? Poco más que algunos millones y un discurso gastado sobre la lucha contra el “marxismo” y lo woke. Más allá de eso, no hay mucho que rescatar.
Quizás algún diputado o empresario recupere su visa, especialmente si proviene de una familia de renombre, pero el resto son perfectamente descartables. Impopulares y fuera del agrado de quien podría ser el próximo Secretario de Estado, Marco Rubio.
Sin embargo, el Ejecutivo guatemalteco también tiene un trabajo pendiente: debe dejar de estar dormido y tibio, y emprender un esfuerzo diplomático real. Trump, ante todo, es un hombre de negocios.
Si el gobierno guatemalteco logra ofrecer algo que beneficie directamente a Trump, nada más importará.

Así como Jimmy Morales permitió que Enrique Degenhart humillara a Guatemala con el acuerdo de Tercer País Seguro para posteriormente desmantelar a la CICIG, Bernardo Arévalo no debería quedarse atrás.
La llegada al poder de Arévalo fue posible gracias al apoyo internacional. Humillarse en el futuro, si es necesario, no debería ser un desafío para alguien con mejores relaciones internacionales que nacionales.
Guatemala se enfrenta a tiempos difíciles. La elección de Trump ciertamente beneficiará, al menos inicialmente, a un grupo que, con cierta ingenuidad, celebra entusiasmado en redes sociales, mostrando su alegría mientras aguarda la tan anhelada devolución de sus visas. Sin embargo, ese amargo consuelo podría desvanecerse rápidamente, dejando solo un alargamiento de su inevitable sufrimiento.
Este grupo tienen hasta 2026 para consumar el golpe de Estado que tanto anhelan; de lo contrario, serán desechados como las piezas reemplazables que siempre han sido.










