Descubriendo por qué la mayoría de los propósitos de año nuevo no se convierten en hábitos reales.

En nuestra cultura, los “rituales de fin de año” son tradiciones muy populares, que van desde el color de la ropa, hasta qué comer a medianoche del 31 de diciembre para atraer el amor, la abundancia, viajes, etc. En su mayoría son supersticiones que han resistido al paso del tiempo.
Dentro de las actividades de diciembre y enero, muchas personas deciden realizar sus propósitos de año nuevo; esto consiste en elaborar una lista de logros o metas que se desean alcanzar a lo largo del año que comienza. Los propósitos actualmente, gracias a redes sociales, han alcanzado nuevas dimensiones y ahora ya no se trata de una simple enumeración: ahora se promueven diversas técnicas y herramientas como vision boards, journaling, tips de manifestación, entre otros. Pero en un mundo lleno de información, contenido y técnicas, ¿realmente se ha logrado que las personas adopten estos hábitos o aprendizajes a largo plazo?
Ver también: Las promesas de un futuro cercano
La realidad es que a pesar de todo el ruido de redes sociales, la mayoría de personas declinan sus propósitos durante la segunda semana de enero, el segundo mes del año o después del primer trimestre del año. La razón por la que ocurre este fenómeno es porque para construir un hábito e incorporarlo a la rutina diaria hace falta mucho más que motivación y pensamiento positivo.
¿Qué es el bucle del hábito?

El Bucle del hábito (Habit Loop) es un concepto que apareció por primera vez en el libro de Charles Duhigg El Poder del Hábito. Básicamente, el bucle consiste en 3 pasos de los que se compone la formación de cualquier hábito, independientemente de si es beneficioso o no.
- Señal (cue): el detonante de una conducta habitual pero inconsciente.
- Rutina (routine): la conducta o hábito.
- Recompensa (reward): lo que obtiene el cerebro a partir del hábito.
Para clarificar este proceso, tomemos como ejemplo el doomscrolling, que consiste en desplazarse de forma compulsiva por el contenido de una aplicación (usualmente TikTok o Instagram) durante un periodo prolongado, obteniendo dopamina inmediata.
Imaginemos la siguiente escena: es temprano por la mañana, suena la alarma (señal) del celular, la apagas y en lugar de levantarte o volver a dormir, abres una aplicación y consumes varios videos de manera rápida (rutina). Al final, obtienes dopamina inmediata (recompensa), pero te das cuenta de que perdiste minutos —incluso horas— valiosas que pudieron haberse invertido en ejercicio, aprendizaje o descanso.
Ahora pensemos en sustituir ese hábito por otro más saludable, como una rutina de ejercicio matutino en casa. En este caso, la secuencia sería: suena la alarma (señal), te levantas, te cambias y comienzas a entrenar (rutina).
Aquí, el elemento más determinante es la recompensa. Muchos hábitos perjudiciales ofrecen gratificación inmediata, mientras que hábitos como el ejercicio o aprender un nuevo idioma brindan recompensas a largo plazo. Está demostrado que muchas personas toman decisiones basadas en la gratificación casi inmediata; por ello, para alcanzar metas a largo plazo, es necesario mantener el enfoque y comprender que los procesos reales implican recompensas a mediano o largo plazo.
¿Cómo puedo aprender a posponer la gratificación?

Acá es donde las herramientas son tu mejor aliado, el journaling, el vision board, las afirmaciones positivas o de agradecimientos, se vuelven un motor de la constancia, no porque sean intrínsecamente mágicos, sino porque ayudan a programar el cerebro para largo plazo y a no depender de la gratificación inmediata.
Pero a diferencia de lo que se suele promocionar, no se trata de hacer “collages aesthetic”, “manifestar”, “poner tu mente en la vibración correcta”, entre otras afirmaciones que se suelen escuchar. La clave detrás de estos procesos es que pueden brindar gratificación y también pueden servir como estímulo visual constante o incluso trazar una hoja de ruta para nuestros objetivos.
¿Cómo elaborar el Vision Board ganador en este 2026?

El primer paso es tener claridad para evaluar el año anterior de forma honesta y realizar una serie de preguntas clave que son parte del proceso. Para ello toma en cuenta: ¿Qué aspecto quieres realmente mejorar? y ¿en qué proceso o etapa de la vida te encuentras? porque no es lo mismo estar ingresando a la universidad, que cambiar de empleo o planificando un matrimonio.
En este sentido, podemos identificar áreas de vida como laboral, académico, personal, salud, etc y priorizar en cuál queremos ver logros más inmediatos y en cuál tal vez no es necesario realizar cambios significativos, únicamente mantener lo que ya estamos haciendo.
Después que se prioriza y se sabe qué cambios o hábitos incorporar, llega la parte creativa, no tiene que ser perfecto o estar lleno de imágenes vacías, debe ser una representación de las metas, objetivos y logros de forma visual, puede ser impreso, elaborado con recortes o versión digital para fondo de pantalla. El lugar correcto será aquel donde pueda verse a diario y sirva como recordatorio constante.
Por último, si este tipo de herramientas no resuena contigo, no pasa nada. Tu año no será mejor o peor por no hacer un vision board (o por no comer uvas el 31 de diciembre). Lo que realmente determina nuestro camino a largo plazo son los hábitos, así que revisa tu día a día y cambia los malos hábitos por mejores. Y si algún día no se logra, tampoco es necesario castigarse: recaer forma parte del proceso. Lo importante no es cuántas veces se falla, sino la capacidad de retomar los buenos hábitos y sostenerlos en el tiempo.

Escrito por: María Ester Guzmán
Redactora web, bailarina y maestra de danza árabe. Combino la escritura con la promoción de proyectos que impulsan la danza, el arte y la creatividad como medios de transformación social.










