Desde que ingresé a la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), específicamente a la Escuela de Ciencias de la Comunicación (ECC) para estudiar Publicidad Profesional, sentí el deseo de involucrarme en espacios de incidencia. La USAC siempre ha sido vista como un lugar de cambio y transformación, un escenario donde las voces jóvenes pueden moldear el futuro del pueblo guatemalteco. Sin embargo, nuestra realidad fue sacudida por la pandemia, llevándonos a una virtualidad que reveló muchas debilidades estructurales.
Muchos de nuestros catedráticos no estaban preparados para impartir clases en línea. La falta de conocimiento tecnológico por parte de algunos docentes, sumada a la desconexión que se siente al estar detrás de una pantalla, hizo que la calidad de nuestra educación se viera comprometida. Este distanciamiento no solo afectó nuestro aprendizaje académico, sino también nuestro sentido de comunidad y participación.
Pero los retos no terminaron ahí. La universidad se vio envuelta en una crisis política cuando se produjo una elección fraudulenta del nuevo rector. Este evento fracturó aún más la confianza en nuestras instituciones. Indignados, un grupo de estudiantes decidimos organizarnos para mostrar nuestro descontento y luchar por la transparencia y la justicia.
No obstante, la apatía se convirtió en un enemigo silencioso y persistente. Muchos de nuestros compañeros, cansados de los continuos golpes y desilusiones, comenzaron a perder el interés en participar. Las asambleas y protestas, que inicialmente tenían una fuerte convocatoria, empezaron a disminuir. Las sillas vacías se convirtieron en un símbolo doloroso de nuestra lucha por mantener viva la llama de la participación estudiantil.
Como estudiante comprometida, ver cómo el espacio de incidencia que tanto valoraba se desmoronaba, me hizo reflexionar sobre la importancia de nuestra participación. No podemos permitir que la apatía se apodere de nuestra universidad. Es vital que nos involucremos activamente, que encontremos maneras de reconectar con nuestros compañeros y que les recordemos el poder que tienen para generar cambios.
Abordar esta problemática es fundamental. Necesitamos nuevas estrategias que capten el interés de los estudiantes, que combinen la tecnología con la interacción humana, y que fomenten un sentido de pertenencia y responsabilidad. La participación estudiantil no debe ser vista como una carga, sino como una oportunidad para construir un futuro mejor para todos.
El futuro del movimiento estudiantil está en nuestras manos. Debemos ser valientes, perseverantes y creativos. No podemos rendirnos ante la apatía. Es momento de actuar, de unir nuestras voces y de demostrar que, juntos, podemos superar cualquier obstáculo y transformar nuestra universidad en un verdadero espacio de cambio y progreso.
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Kassandra Guerrero
Diseñadora gráfica, músico, taekwondista y estudiante de publicidad en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Mi vida gira en torno al arte, la comunicación, los idiomas y la lectura con un buen vino.








