Autoritarismo y democracia de élites

Cada vez que converso con un paisano que ha salido del país parece inevitable terminar encerrado en el callejón sin salida de los lugares comunes que ofrece el mundo desarrollado: “es un lujo andar por la calle con tranquilidad, moverse en transporte público o pasar la tarde en un parque con los cuates.”

Cada vez que converso con un paisano que ha salido del país parece inevitable terminar encerrado en el callejón sin salida de los lugares comunes que ofrece el mundo desarrollado: “es un lujo andar por la calle con tranquilidad, moverse en transporte público o pasar la tarde en un parque con los cuates.” En el subdesarrollo también me encierran los callejones pero pintados de desesperanza (¿qué color tiene la desesperanza?): “con este tráfico tengo que levantarme más temprano”, “no saldré a esta hora porque seguro me roban”. Mientras que allá los Estados proveen bienestar y desarrollo, aquí se ha acomodado la política pública del “sálvese quien pueda”, generando condiciones de vida insoportables para la mayoría que obligan a cuestionarnos si vida es la palabra que le sigue a condiciones. 

Cuando uno compara las significativas diferencias inevitablemente se pregunta por qué allá los bienes públicos se garantizan para la mayoría mientras aquí la ausencia se llena de caos, violencia, corrupción, mediocridad. ¿Por qué hay democracias que responden a las necesidades del ciudadano común y otras no? 

En términos formales la democracia consiste en un gobierno de, para y por la gente. Si seguimos la ruta histórica de Guatemala, con la transición nos subimos al tren de la democratización, pasando de una “democracia tutelada” –en la que se acordó la paz y se celebraron elecciones– a una que supuestamente llegaría a ser “plena” o “liberal”. Sin embargo, en algún momento del sendero el timón se giró y pasamos de, según el índice de The Economist, ser una democracia imperfecta a un régimen híbrido en el 2011. Y desde entonces vamos en caída libre; hoy Freedom House nos califica como “parcialmente libres” (51/100) debido al crimen organizado, corrupción, violencia, pero también el ataque a periodistas, activistas y funcionarios. En corto, décadas después del gobierno de, para y por la gente los resultados son ambiguos y sus efectos dudosos, ensombrecidos por indicadores bajísimos de desarrollo humano. 

A lo mejor la gente siempre estuvo fuera del diseño, diga lo que diga la etimología y su persistencia. Algunos sugieren que desde el inicio vivíamos la farsa de una “democracia de fachada”. Otros matizan diciendo que, pese a los abusos, con el tiempo la oposición tuvo herramientas para organizarse, como en una democracia imperfecta, pero democracia, a fin de cuentas. Sin embargo, estas herramientas se han ido limitando estos últimos años, como sucede en un “autoritarismo competitivo” en palabras de Levitsky, en donde aún hay instituciones democráticas pero la oposición juega en clara desventaja y por lo tanto injustamente. Tantas han sido las limitaciones y la cooptación institucional que muchos nos vemos a un paso del autoritarismo absoluto, en donde las instituciones democráticas están solo como ornamento, como estas elecciones en las que no elegimos. Los indicios son varios, siendo el más evidente la restricción arbitraria al sufragio pasivo: la limitación del derecho a ser elegido del MLP. ¿Gobierno de, para y por la gente?    

La etimología de la palabra democracia contraviene al hecho histórico de que la mayoría han sido diseñadas desde arriba para proteger unos intereses autocráticos, como muestran Albertus y Menaldo en Authoritarianism and the Elite Origins of Democracy. Democracias que no son, por lo tanto, de, por ni para la gente, sino de, por y para las élites, tanto políticas como económicas, que según las circunstancias pueden coincidir en intereses para aliarse y protegerse. Estos pactos suelen sellarse en las constituciones elaboradas cuando el viento sopla a su favor, sellando así sus privilegios, al menos por un tiempo.

Vale recordar que no todas las democracias son así. Están las populares que logran proveer de bienes públicos para la población en general y las elitistas. Los  ejemplos y datos de que Guatemala ha pertenecido a la segunda, abundan. Las élites económicas y políticas se han beneficiado en detrimento de la población. Sería posible popularizarla a largo plazo, eliminando vestigios del autoritarismo que conserva a través de alianzas, sin embargo, la ruta del retroceso post-Cicig va en la dirección opuesta: una en la que no les hará falta el disfraz y maquillaje de GuateNoSeDetiene, ni su mentada estabilidad macroeconómica que con tanto esmero repiten sin caer en la ironía. En un autoritarismo absoluto podrán caminar desnudos, sin cuidar las formas ni los plazos, sin mentiras ni apariencias, sino como los vulgares que son.

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