Cada edición del Super Bowl funciona como un termómetro cultural. No solo mide audiencias, sino tensiones: quién aparece, cómo aparece y para quién. En esta ocasión, la conversación giró en torno a Bad Bunny quien tomó el escenario del Levi ‘s Stadium no solo como un artista puertorriqueño en ascenso, sino como un símbolo de resistencia y diversidad.

En Voces Divergentes, cinco escritores de la revista analizan el episodio sin aplausos automáticos ni condenas reflejas. La idea no es dictar sentencia, sino abrir preguntas que incomoden lo suficiente como para pensarlas dos veces.
¿Qué representa realmente Bad Bunny en el contexto del Super Bowl: un triunfo de la cultura latina global o una adaptación de esa cultura a las reglas del espectáculo estadounidense?
Por supuesto que es un triunfo de la cultura latina por todo el trasfondo que llevo a Bad Bunny al show de medio tiempo, pues a pesar de no ser el primer latino en participar en el mismo (Gloria Stefan, Enrique Iglesias, Christina Augilera, Shakira, Jlo, Jbalvin y el mismo Bad Bunny habían estado antes), Benito en esta ocasión llega en un panorama político complicado para los latinos en estados unidos, con un presidente que nos ve como animales o algo menos; además de llegar tras consolidarse definitivamente como el artista más influyente del momento con un álbum lleno de sus raíces latinas.
Bad Bunny cambió su narrativa con su álbum Debi Tirar Más Fotos, y ha sido opositor a Donald Trump desde las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2024. Su participación en el Super Bowl es la expresión masiva de cómo la subcultura de los latinoamericanos comienzan a incomodar al poder.
Sería precipitado calificarlo como un triunfo, ya que las redadas y deportaciones continuarán, así como los arrestos por perfil racial y los tiroteo. Sin embargo, que un artista latinoamericano se presente con elementos de la cultura hispanohablante sí es distuptivo cuando se niega a cantar en inglés y desafiar a la administración de Trump.
Para mí todo esto es una adaptación, algo simbólico. Cuando la “cultura latina” sea de verdad celebrada en Estados Unidos, o en otros continentes, podemos hablar de una conquista. Sí, ahora se ha visto más representada en películas, series, álbumes, pero nos siguen discriminando, ridiculizando y haciendo de menos, aludiendo en que somos países que tenemos poco que ofrecer y que perpetuamos el narco la violencia. Cuando ocupemos espacios de poder, entonces los latinos podremos celebrar aún más.
Decir que lo que ocurrió durante el medio tiempo del Súper Bowl es un triunfo, raya en la exageración. Sin embargo, el show de Bad Bunny es un acercamiento a la visibilización de la cultura latinoamericana. Si bien se trata de un estilo musical comercial y destinado a llegar a un público masivo, lo interesante del show fue:
1. Que el cantante incluso nombró a cada país de Latinoamérica, un hecho relevante tomando en cuenta que muchos ciudadanos “del primer mundo” incluso desconocen algunos países de la región, incluyendo el nuestro. 2. Definitivamente, el contexto en el que ocurre: crisis migratoria, el discurso de odio de Trump, etc.
La presentación de Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl es, sin exagerar, uno de los momentos de mayor carga simbólica para la cultura latina en el principal evento deportivo comercial de los Estados Unidos.
Que un espectáculo de esta magnitud se sostenga íntegramente en español, con referencias explícitas a identidades nacionales latinoamericanas y con una narrativa pensada para una audiencia históricamente angloparlante, no es un detalle estético: es una señal cultural de desplazamiento del centro de gravedad del mercado.
El mensaje es claro para la industria: la audiencia latina ya no es un nicho; es un bloque de consumo, de atención y de legitimación global.
Sería reduccionista establecer una línea de análisis en cualquiera de los dos extremos, porque la realidad donde se está celebrando el espectáculo de medio tiempo del 2026 es compleja y diluida entre un Estados Unidos que busca ser “grande” de nuevo bajo, parámetros discriminatorios, y la lucha de los grupos oprimidos en un país ajeno.
Es innegable que hubo una negociación previa, porque el medio tiempo es un espacio comercial, político y administrativo que representa el potencial del país norteamericano frente al mundo. Las platicas fueron dirigidas a la planificación de lo políticamente correcto, y se ejemplifica en el discurso maquillado de empoderamiento, pero sin la frontalidad de uno que pudo crear consciencia desde los valores, la vivencia, y el sentimiento de pertenencia a lo latino, señalando directamente lo que sucede.
Las reglas del espectáculo cambiaron para siempre, eso es innegable, los discursos políticos se van a seguir maquillando mientras el capital de las empresas siga patrocinando el tiempo de aire, pero aún así con las limitaciones presentadas y los tratos intrínsecos de adaptación a lo digerible por un público de estadounidenses, el triunfo de la cultura latina es palpable. Los latinos sabemos que nos vimos en ese escenario representados, en pequeñas partes, pero lo hicimos, y ahí radica el valor de la negociación que hubo.
En conjunto, estas posturas dibujan una idea nítida: la aparición de Bad Bunny en el Super Bowl no puede leerse como una victoria plena ni como una simple concesión decorativa, sino como el resultado de una negociación cultural asimétrica. Hay visibilidad, sí, y una carga simbólica innegable en el uso del español, en la apelación directa a América Latina y en la incomodidad que eso genera en un contexto político marcado por la exclusión; pero esa visibilidad ocurre dentro de un dispositivo que impone límites claros y digeribles.
El show evidencia que la cultura latina ha adquirido un peso económico y simbólico imposible de ignorar, aunque aún carezca de un correlato equivalente en términos de poder real y reconocimiento estructural. Más que un triunfo o una adaptación pura, lo que se revela es un momento de transición: la cultura latina ya está en el centro del espectáculo global, pero todavía disputa en qué condiciones y con qué consecuencias se le permite ocupar ese lugar.
¿Bad Bunny desafía el canon del Super Bowl o, paradójicamente, confirma que incluso la rebeldía hoy es parte del guión del gran espectáculo?
¿Por qué sería rentable lo disruptivo? Recordamos que los artistas en el Super Bowl no cobran por su participación; en cambio, la exposición es lo importante para Kendrick Lamar, Michael Jackson, Coldplay, U2, Katty Perry o Lady Gaga.
Cabe aclarar que Benito nunca ha sido un artista de protesta. Sus mensajes son sutiles con símbolos, metáforas y anécdotas que mueven fibras emocionales. Así que la respuesta es: ninguna. No es revolucionario y tampoco hay que guiarse por el aspecto económico.
Bad Bunny confirma que la música sí tiene una capacidad real de incidencia cultural y política en términos de conversación pública, identidad y pertenencia. Que el show de medio tiempo se sostuviera íntegramente en español, en el evento deportivo comercial más influyente de Estados Unidos, generó un momento de reconocimiento colectivo para millones de personas de origen latino, especialmente para quienes crecieron entre dos culturas. Ese impacto emocional no es superficial valida, conecta y hace visible a una comunidad históricamente tratada como audiencia secundaria.
Ahora bien, ese valor simbólico no debe confundirse con transformación estructural. El propio Bad Bunny parece entender con claridad el tamaño de su plataforma… y también sus límites. Es un artista consciente del contexto político y social que atraviesa su discurso, del nivel de exposición que implica y de los riesgos que conlleva incomodar, pero sin asumirse como un salvador ni como un actor capaz de cambiar por sí solo un sistema complejo. Su aporte es comunicar, amplificar y abrir conversación; la tarea de convertir esa energía en cambios reales sigue estando inevitablemente en manos de la ciudadanía organizada y de las instituciones.
La presentación de Bad Bunny no es precisamente un desafío al canon, al final, el hecho de formar parte del show conlleva intereses económicos y mediáticos por parte del cantante y organizadores, aunque reitero el impacto cultural que tuvo, incluso porque generó discusiones que ponen sobre la mesa nuestra identidad latinoamericana.
Las respuestas coinciden en un punto central: el show de Bad Bunny no rompe el canon del Super Bowl, pero tampoco se limita a reproducirlo de manera inerte. Más bien, confirma que el gran espectáculo ha aprendido a absorber la diferencia sin perder el control del guion, integrando gestos de rebeldía que no ponen en riesgo su estructura. La presentación operó dentro de una lógica comercial y mediática inevitable, donde la disrupción se vuelve parte del lenguaje del mercado, pero eso no anula su efecto simbólico.
Cantar en español, sostener una narrativa identitaria y provocar reconocimiento emocional en una audiencia históricamente secundaria no equivale a un acto revolucionario, aunque sí a un desplazamiento cultural significativo. Bad Bunny no encarna una ruptura frontal ni pretende hacerlo; su lugar es el de un amplificador de tensiones y conversaciones que el espectáculo puede tolerar. El límite es claro: la rebeldía es admitida mientras no se traduzca en transformación estructural, y ahí es donde el canon se reafirma incluso cuando parece ceder.
¿Estamos exigiendo a Bad Bunny que “represente bien” a una comunidad diversa, imponiéndole una carga simbólica que ningún artista puede sostener sin fallar?
Ningún artista comercial, independiente o de cualquier índole, está obligado a reproducir un discurso en particular, aunque es deseable y loable que los artistas sean capaces de generar propuestas de crítica social. En ese sentido, lo relevante no es si Bad Bunny “es un problema” o si tenemos “expectativas irreales”, lo importante es reflexionar en torno a los diferentes discursos que reproduce la música urbana y otras propuestas comerciales.
Considero que es un error que Bad Bunny nos tenga que representar. Está genial que represente a Puerto Rico, que quiera enseñar algo bello de nuestra región. Pero él se especializa en dar espectáculo, es solo una de las tantas ventanas que tiene el mundo para acercarse a Latinoamérica. Él no tiene porqué llevar esa carga. De por sí la cultura es algo que hacemos día a día, es decir, nosotros mismos podemos exaltar nuestros bailes, gastronomía, idiomas y demás, al mundo.
No creo que alguien en 2016-2022 haya pensado en Bad Bunny para representar a Latinoamérica y su lucha, ha sido alguien que siempre ha sido criticado, no es que le estemos exigiendo una lucha que no puede sostener, es que el decidió dar esta lucha, el solito la encabezo con el poder mediático y de su voz que tiene por todos aquellos que no somos escuchados.
A Bad Bunny le dieron todo el escenario para crear un show político y lo hizo a la perfección, desde llamarlo “Super Tazón” la presentación de cada cosa latina mientras caminaba, la selección de escenarios y canciones con mensajes sobre lo que ha hecho Estados Unidos en Latino America, y la mención a los países junto a las banderas. Esto no fue una simple presentación, el mensaje estuvo claro… El mayor evento Gringo, latinizado. Estuvo MUY BIEN Benito
El artista puertorriqueño cumplió con dar un concierto entretenido, decente y muy dinámico. La NFL no lo llamo para dar discursos sino para elevar la audiencia con más de 140 millones de usuarios viendo el medio tiempo y dejando en vergüenza el espectáculo organizado por el poder.
Elementos como los hombres jugando ajedrez, la salsa, un niño dormido en una fiesta, las banderas de todos los países latinoamericanos, el español cargan un peso emocional para recordar que América es un continente lleno de riqueza natural, humana e histórica. Desde los campos de caña hasta ganar el primer Grammy a mejor álbum del año en español.
Las comunidades humanas necesitan reconocimiento para establecer ciertos valores Morales y éticos que los convierten en sujetos de derecho. Los latinos en Estados Unidos, durante los últimos años, han sido sujetos de la reificación o cosificación de la identidad, que se define como un proceso social donde las personas se las trata como cosas u objetos y por lo tanto degradan el valor humano.
No se trata de altas expectativas, sino de un sentimiento y necesidad psicológica que el ser humano tiene sobre el reconocimiento. El reconocer a la Comunidad Latina le otorga visibilidad y cuando algo se menciona abiertamente existe y por lo tanto es sujeto de derechos y obligaciones. Una comunidad que no se nombra abiertamente deja de existir en el plano universal.
La carga sobre sus hombros es alta, pero por el simbolismo, porque el que un latino llegue a tener tanta relevancia en un país donde todas las políticas son de discriminación, se esperan acciones políticas concretas para mejorar la calidad de vida. Es una representación, es un anhelo de cambios profundos que se materializan a través del arte. Bad Bunny es latino, y por lo tanto comparte las angustias y en anhelo de que nos reconozcan sin importar nuestra cultura.
No creo que alguien en 2016-2022 haya pensado en Bad Bunny para representar a Latinoamérica y su lucha, ha sido alguien que siempre ha sido criticado, no es que le estemos exigiendo una lucha que no puede sostener, es que el decidió dar esta lucha, el solito la encabezo con el poder mediático y de su voz que tiene por todos aquellos que no somos escuchados.
A Bad Bunny le dieron todo el escenario para crear un show político y lo hizo a la perfección, desde llamarlo “Super Tazón” la presentación de cada cosa latina mientras caminaba, la selección de escenarios y canciones con mensajes sobre lo que ha hecho Estados Unidos en Latino America, y la mención a los países junto a las banderas. Esto no fue una simple presentación, el mensaje estuvo claro… El mayor evento Gringo, latinizado. Estuvo MUY BIEN Benito
Las posturas revelan una tensión de fondo entre la necesidad colectiva de reconocimiento y los límites reales de la representación artística. La carga simbólica que recae sobre Bad Bunny no surge únicamente de expectativas desmedidas, sino de un vacío histórico de visibilidad y de derechos que empuja a las comunidades latinas a proyectar anhelos políticos y afectivos en figuras de alto alcance mediático. Sin embargo, exigir que un artista encarne, explique o resuelva la complejidad de una identidad diversa y atravesada por múltiples violencias resulta no solo inviable, sino injusto.
Bad Bunny no es un portavoz oficial ni un agente político institucional: es un creador que opera dentro de un marco comercial y cultural específico. Su aporte radica en activar emociones, símbolos y conversaciones que reafirman la existencia y la dignidad de lo latino en un espacio hegemónico, no en cargar con la responsabilidad de representar “correctamente” a toda una comunidad. El desafío, entonces, no está en lo que él haga o deje de hacer, sino en cómo las sociedades transforman ese reconocimiento simbólico en acción colectiva, discurso crítico y poder cultural sostenido.
Más allá del debate cultural y político, ¿cómo se sostiene el show de Bad Bunny en términos estrictamente musicales frente a otros artistas que han pasado por el escenario del Super Bowl?
El show del medio tiempo del Super Bowl del 2026 fue bueno, no extraordinario. La nostalgia y los elementos latinos hacen romántizar lo que finalmente es un concierto suprimido de 12 o 13 minutos con fragmentos de algunas canciones y colaboraciones (muy buenas) de Ricky Martin y Lady Gaga.
Catalogarlo como uno de los mejores sería exagerar, pero si tiene una carga emocional muy fuerte para su audiencia, los migrantes y bastantes latinoamericanos.
Musicalmente habrá debates siempre, pues no es para el gusto de todos y ninguno lo será, a mi no me gusto el de Kendrick Lamar por ejemplo, sin embargo considero que tanto las canciones seleccionadas como la puesta en escena tan representativa y la producción televisiva, que nos hizo parte de todo el show estuvo ejecutada de excelente manera, para mi gusto personal uno de los mejores que he visto.
En términos generales, aunque no ví el show en tiempo real, cuando logré ver los vídeos del espectáculo me gustó lo que observé y considero que tuvo potencia escénica, aunque en comparación de otras presentaciones del medio tiempo del Súper Bowl, no lo ubicaría entre los diez mejores en la historia.
El espectáculo de medio tiempo de este año fue un éxito gracias a la conversión política, administrativa y social de los Estados Unidos. El impacto masivo que tuvo sobre la comunidad Latina y el debate que se creó entre los conservadores y disidentes del Gobierno de Donald Trump lo hizo uno de los eventos musicales trascendentales del siglo XXI.
El evento fue magnifico en efectos visuales, el juego de cámaras, bailarines y escenografía, con artistas invitados que el dieron vida a la presentación de Bad Bunny; sin embargo, es importante resaltar que la calidad vocal, el esfuerzo físico, las coreografías y el carisma no fueron el centro de atención.
Bad Bunny es un artista que va dirigido a un público masivo y que no exige calidad vocal ni de escritura para promocionarse en ciertos círculos de la vida cotidiana. El artista cumplió con las expectativas de sus fanáticos, de los consumidores recurrentes y para los que no lo conocían, fue un buen punto de partida para saber cual es el potencial que tiene y hacía dónde se dirige.
En el plano estrictamente musical, las opiniones convergen en una evaluación sobria: el show de Bad Bunny fue sólido y eficaz, pero no excepcional dentro del canon histórico del medio tiempo del Super Bowl. La puesta en escena, la energía, las coreografías y la mezcla de géneros funcionaron con precisión y lograron un espectáculo dinámico, apoyado por colaboraciones y una narrativa visual cuidada. Sin embargo, ni la exigencia vocal ni la complejidad musical fueron el eje de la presentación, como sí ocurrió con otros artistas que marcaron época en ese escenario.
Su mayor fortaleza no estuvo en la innovación sonora ni en la ejecución técnica, sino en la carga emocional y simbólica que activó en una audiencia específica, particularmente la latina y migrante. Más que competir con los grandes hitos musicales del Super Bowl, el show se sostuvo como una pieza efectiva de entretenimiento masivo que cumplió su objetivo: conectar, representar y consolidar a Bad Bunny como un artista capaz de traducir su popularidad global en un escenario de máxima exposición.
Y tú, como espectador, ¿qué viste realmente en el show de Bad Bunny: un gesto de representación necesario, un espectáculo bien ejecutado o una oportunidad perdida para ir más lejos?
Related Tags
Alejandra Chanchavac
Escritora. Me interesan el arte y la ciencia. Amo aprender sobre estos temas. Tengo estudios en literatura y sueño con publicar varios libros.
Gabriel Morales
Periodista egresado de la USAC. A veces fotógrafo, otras redactor y algunas autor de críticas fílmicas o sociopolíticas. Creyente de la libertad, la educación y la democracia. Siempre estudiante. Miembro de la Junta Directiva de Telégrafo.
José Moran
Activista Social en temas de visibilizacion para la comunidad LGBTIQ+ y casos de justicia transicional. Estudiante de la Escuela de Ciencias Políticas y Ciencias de la comunicación en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Egresado de la escuela de formación política Enredadxs. Educando y tomando voz para que algún día dejemos de sobrevivir, y empecemos a vivir en plenitud … porque al final del día, todos seguimos cantando, a pesar de todos los intentos por silenciarnos.
Marlene Ruiz
Licenciada en Ciencias Jurídicas y Sociales. Directora Ejecutiva de la Academia Jurídica de Estudios Superiores -AJES-. Asesora legislativa. Apasionada por el derecho público y el análisis normativo. Mi labor se centra en el fortalecimiento académico, el acceso efectivo a la justicia y la incidencia ciudadana. Escribo con mirada crítica, rigor técnico y una pizca de ironía bien dosificada.
María Alejandra Guzmán
Periodista, redactora y gestora de actividades culturales en Guatemala con amplia experiencia en creación de contenido digital.












