No vamos a profundizar en el significado de la palabra burocracia, ni tampoco a hacer un análisis institucional o científico de qué es. Para ello, les recomiendo revisar a Max Weber y su capítulo dedicado al tema dentro del compendio Economía y Sociedad. Aquí vamos a contar experiencias vividas dentro de un aparato que ejerce un tipo de violencia —no necesariamente física— día a día.
Mi trabajo implica tratar a diario con instituciones gubernamentales, tanto en la capital como en el interior. He podido estar presente en el MARN, el MSPAS, la Municipalidad, EMPAGUA y sus ventanillas “especializadas”; incluso en la famosa Dirección General de Aeronáutica Civil, una institución que, en mi experiencia, proyecta una imagen profundamente deteriorada.
Enfrentarnos a procesos tan burocráticos se ha convertido en una experiencia cotidiana para quienes utilizamos los servicios del Estado. Pongamos un ejemplo: como parte de mi trabajo, gestionar licencias de construcción se ha vuelto un tema más complejo cuando se quieren hacer las cosas con probidad, honestidad y transparencia. Dentro de la Municipalidad de Guatemala y en las municipalidades del interior que he visitado, los criterios para construir son claros, pero muchas veces resultan incoherentes.
¿Por qué son incoherentes? Muchas veces tú ya tienes tu papelería legal completa junto con tu papelería técnica, pero resulta que debes tener resoluciones del MARN y del MSPAS. Eso no está mal, pero ¡sorpresa!: las resoluciones están saliendo entre ocho y diez meses después, y mientras tanto tú te quedas esperando a que te las den para que la municipalidad pueda darte el permiso de construcción. Esto deriva en que detengas tus proyectos de ampliación, empresa o lo que necesites construir, porque a la Muni no se le da la gana aprobarte hasta no tener esos requisitos.
Muchos dirán: “Claro, hay que cuidar que la construcción no dañe el ambiente, el entorno y a los vecinos”, pero no siempre aplican estos criterios. Y allí es donde surge la pregunta de muchos: ¿por qué mi construcción de una bodega que genera empleo tarda tanto o enfrenta tantas trabas? Pero ¿por qué las torres de apartamentos ya tienen sus licencias listas, construyen y han tenido desastres, pero nunca enfrentan las consecuencias?
Amigos lectores, es la misma corrupción la que juega un papel en la burocracia del sistema. Les cuento otra experiencia: en el Ministerio de Salud, delegación de Escuintla, tienen bastante tiempo para hacer actividades del sindicato, pero no para gestionar los expedientes de permisos e inspecciones para nuevas construcciones.
Cuando llegas a pedir información, lo primero que ocurre es que la secretaria te entrega unos requisitos; los completas y, cuando el ingeniero los revisa, resulta que no están como él quiere. Entonces tienes que presentarlos como quiere el señor y, aun así, te dice que eres un irresponsable y que su trabajo no se limita solo a servirte a ti. Prácticamente tienes que pedirle perdón por esperar que haga bien su trabajo desde el principio.

Y lo más cínico del caso es que la ley establece que los procesos administrativos deben estar regulados conforme a lo que la sede central determine, pero para ellos, en Escuintla, no hay ley de la sede central y se hace como ellos quieren, a su tiempo y a su ritmo. Además, también necesitan las resoluciones del MARN, las cuales salen en ocho o diez meses; por eso, no sirve de nada tu constancia de ingreso y seguimiento emitida por el mismo Ministerio de Ambiente.
El aprendizaje aquí no está en el verdadero arte de servir por parte de las instituciones, sino en el verdadero arte de hacerte esperar y desistir. En la Delegación del MARN de Escuintla, en una ocasión llegaron a pedirme “una ayudita” para que la ingeniera pudiera pasar el expediente ingresado hasta arriba y darle revisión; se rechazó totalmente esa “propuesta” y se esperó el tiempo necesario para que fuera revisado como dicta el proceso.
Y podría mencionar más casos. En la central del MARN no puedes recoger resoluciones de tu expediente ambiental; debes viajar hasta la delegación departamental encargada, aunque en su sistema aparece la documentación y en el mismo local donde están ubicados se indica que se pueden recoger resoluciones departamentales en la central. Al final, el problema parece ser la falta de voluntad para hacer bien el trabajo.
Ha sido un camino difícil tratar con esta burocracia, que sigue exigiendo juntar papel tras papel. Algunas instituciones ya permiten ingresar solicitudes en línea, pero el sistema es tan obsoleto que pierde la documentación, da errores o nunca envía la información a la dependencia que debe revisarla. No hay esperanza cuando nuestro sistema institucional sigue funcionando a base de papel, fólder oficio con gancho, “mordidas” y “negociaciones bajo el agua”; hasta resulta gracioso que, en algunas instituciones, si no llevas un formulario en una sola hoja —y no siempre te lo dicen—, debes repetirlo y buscar dónde imprimirlo de nuevo.
El estrés, el enojo, la frustración y las famosas “canas verdes” son parte de esa violencia psicológica que el sistema produce —muchas veces con intención y pocas veces sin querer—. En Guatemala y en el interior, son pocas las buenas experiencias que se han tenido con la burocracia, donde personas que sí tienen vocación de servicio facilitan y gestionan los procesos de una manera eficiente y eficaz. Pero, lamentablemente, también a ellas las marginan, les hacen su trabajo más complicado internamente, y es allí donde podemos preguntarnos: ¿desarrollo para quién?
El sistema prometió cambios con este gobierno y se está marchando con acciones que muchos compraron y que hoy los dejaron con la famosa “cara de payaso”. Hablamos de violencia institucional, y esta no siempre es el uso legítimo de la fuerza, sino el desgaste emocional y físico que puede provocar el propio sistema burocrático. No hablamos de un sistema burocrático autoritario, porque no encaja con esa tipología; hablamos, más bien, de una coerción violenta “democrática”. Esta ocurre cuando el sistema, funcionando en democracia, se presenta como jefe de sus gobernados y hace crecer el miedo, la incertidumbre y la corrupción para gestionar el servicio que debería dar por defecto.
Entonces, el desarrollo también debe medirse desde el servicio público que se presta. Muchos se quedan callados y los buzones de quejas suelen tener pocos comentarios, porque existe esa coerción que la burocracia impone: “si te quejas, tu gestión no saldrá, te haremos esperar más o te diremos que no hay servicio para esto”. Vivir del miedo es lo más sencillo para el Estado; entonces, la relación se vuelve como la del amo y el esclavo, cuando en realidad la población debe exigir a sus instituciones un servicio probo, honesto, funcional y, sobre todo, ordenado.
Ahora toca preguntarse, después del análisis: ¿para quién viene el desarrollo con esta burocracia? ¿O se trata solamente de la continuación de un sistema que ha sido disfuncional durante muchos años?
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Oscar Ramírez
Licenciado en Ciencia Política (Universidad Rafael Landívar) y Magister en Docencia Superior (Universidad Mesoamericana de Guatemala). Soy una persona apasionada por la historia y la educación, además del fútbol y las buenas platicas con los amigos y la familia. Mi intención es aportar con mis escritos al análisis crítico y realista de varios factores de la realidad socio-nacional.










