Al pensar en libros siempre viene a mi la misma idea: una sola vida no alcanza para leer todo lo que quisiéramos y necesitamos. Nunca podremos conocer todas las historias, aprender todos los idiomas, visitar todos los países ni convertirnos en todas las personas que alguna vez imaginamos ser, ni transformar el mundo del todo como quisiéramos verlo.
Quizá por eso me acompañan desde hace años dos frases a las que vuelvo constantemente. Una, atribuida a Carl Sagan, dice que “los libros rompen las ataduras del tiempo; son la prueba de que los seres humanos pueden hacer magia”.
La otra pertenece a Sylvia Plath: “Nunca podré leer todos los libros que quiero; nunca podré ser todas las personas que quiero ni vivir todas las vidas que deseo. Nunca podré formarme en todas las habilidades que quisiera. ¿Y por qué quiero esto? Quiero vivir y sentir todos los matices, tonos y variaciones de la experiencia mental y física posibles en la vida. Y estoy terriblemente limitada.”
Porque es cierto: nuestra vida es finita, nuestro tiempo es limitado, los libros muchos y nosotros incapaces de leerlos todos, pero no por ello debemos dejar de hacerlo y ni de promover la lectura.
Nunca me ha parecido la lectura solamente un pasatiempo, es más una forma de salir de una vida encerrada en una única experiencia. Leer es conocer otras realidades, otras culturas y otras formas de pensar y de sentir. Abrir un libro puede ser un acto profundamente revolucionario, porque para ser más libres, más críticos y más capaces de imaginar otros mundos posibles y quizá también de construirlos necesitamos leer.
¿Por qué leer importa?
En una época en la que detenernos nos resulta cada vez más difícil, leer nos obliga justamente a hacerlo: guardar silencio, permanecer en el presente, concentrarnos, imaginar, hacernos preguntas y buscar respuestas. Solo así podemos transformar la manera en que comprendemos el mundo y también comprender a quienes son diferentes de nosotros.
La apertura a la diversidad la logramos únicamente mediante una profunda empatía, y considero que la lectura favorece precisamente ese ejercicio. Cuando salimos del encierro del “yo” y entramos en la historia, la realidad, el pensamiento de otra persona, aprendemos a mirar desde perspectivas distintas e incluso contrarias a la propia.
Las sociedades justas comienzan formando personas capaces de pensar críticamente. Y ese pensamiento crítico difícilmente puede construirse sin lectura.

¿Cómo construir un país de lectores?
No basta con tener personas que saben leer, ni con abrir bibliotecas (aunque no estaría de más) ni con obligar a un estudiante a terminar un libro para aprobar un examen. Construir un país lector implica algo mucho más profundo: volver la lectura parte de la vida cotidiana. El gusto por los libros difícilmente se impone; más bien, se contagia. Llegamos a ellos por curiosidad, luego aparece el placer y finalmente, forman parte de nuestra identidad.
El sistema educativo juega un papel muy importante. Si enseñamos a construir significados a través del arte, interpretar conceptos, sentir y pensar los textos, tendremos lectores. Pero existen obstáculos que van mucho más allá de los salones de clase, por ejemplo, la barrera económica que separa a miles de personas de la lectura. Y también la barrera del tiempo.
¿Cómo leer en un país donde, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), perdemos más de 54 días al año en el tráfico? ¿Cuándo queda espacio para leer si gran parte de nuestra energía está destinada simplemente a sostener la vida?
Cuando los libros salen a nuestro encuentro
Siempre me ha sorprendido la enorme cantidad y calidad de escritoras y escritores que existen en Guatemala. Deberíamos hablar mucho más de quienes escribieron, quienes siguen escribiendo hoy y quienes serán el futuro de la literatura guatemalteca.
Algunas veces he escuchado decir que “los jóvenes ya no leen”. Quien ha visitado FILGUA (Feria Internacional del Libro en Guatemala) más de una vez probablemente habrá notado que gran parte del público somos precisamente personas jóvenes. Sí hay jóvenes interesados en la lectura. Tal vez no los suficientes, pero ahí estamos.
En mi caso, FILGUA ya forma parte de las actividades que se repiten año con año, casi como la Semana Santa o cualquier otra festividad. Afortunadamente, desconozco un mundo sin FILGUA. La he vivido desde que tengo memoria y en distintas etapas de mi vida: como niña recorriendo emocionada cada stand, presentándome en su escenario, asistiendo a los talleres o llegando después del trabajo para alcanzar las últimas horas antes del cierre.
Reconozco que FILGUA es una apuesta importante por la lectura en Guatemala, aunque sigue realizándose en un espacio que no resulta accesible para toda la población. Y no es el único esfuerzo. Existen también las ferias municipales, FILXELA, las organizadas por distintas municipalidades, la Feria del Libro del Centro Cultural de España en Antigua Guatemala y muchos otros proyectos independientes que acercan los libros a nuevos públicos.
Que los libros salgan a las calles y sean cada vez más accesibles debería ser una aspiración colectiva. Deberíamos aspirar a un país donde convivan más lectores, más escritores, más editoriales y más librerías.

La lectura en tiempos del brainrot
El brainrot traducido como “podredumbre cerebral” término utilizado para describir el consumo constante de contenido generado, muchas veces con IA, para saturarnos de estímulos visuales y auditivos, reduciendo poco a poco nuestra capacidad de atención y nuestro pensamiento crítico.
Vivimos rodeados de contenido inmediato, información pasajera y tendencias que apenas duran unos días antes de ser reemplazadas por la siguiente. Incluso quienes hacemos arte comenzamos a preguntarnos si aquello que creamos terminará alimentando modelos de inteligencia artificial que utilizarán nuestro trabajo sin nuestro consentimiento.
Frente a todo esto, la lectura representa una forma de resistencia. Nos devuelve el tiempo, la atención y la paciencia. Y precisamente por eso sigue siendo profundamente revolucionaria.
Es cierto que no todos los libros son buenos. También existe una industria editorial impulsada por tendencias virales que convierte algunos libros en un objeto más de consumo rápido, algo que puede verse con frecuencia dentro de ciertos espacios de BookTok. Sin embargo, quiero seguir creyendo que la lectura es mucho más que eso: una forma de ampliar nuestra mirada, formar criterio y dejarnos transformar con cada página.
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Leer para construir el país que queremos
Este año, FILGUA está dedicada a una mujer cuya historia debería seguir inspirándose en la construcción de la memoria colectiva de Guatemala. De quien guardo con mucho cariño, dentro de mi pequeña biblioteca, El vaso de miel, de la doctora Rigoberta Menchú y Dante Liano. Un libro lleno de ternura y aprendizajes sobre una cultura viva.
Dedicar FILGUA a nuestra única Premio Nobel de la Paz también nos recuerda que la lectura no solo construye conocimiento. Construye memoria, precisamente esa memoria la que necesitamos para construir una sociedad más justa y digna.
Mientras la lectura siga siendo para muchas personas un privilegio, nos tocará actuar desde nuestros propios espacios. Exigir mejoras al sistema educativo y garantizar el acceso a la alfabetización. Pero también naturalizar la lectura como parte de la vida cotidiana de las nuevas generaciones, asistir a las ferias del libro, apoyar librerías independientes,regalar libros, leer con niñas y niños, conversar sobre aquello que leemos. Porque cada libro tiene la capacidad de transformarnos.
Y una sociedad se transforma exactamente así: cuando personas transformadas son capaces de construir comunidades más libres, más críticas y donde, verdaderamente, quepamos todas y todos.

Escrito por: Sofìa Menchù
Comunicadora y diseñadora, artista, música y activista. Con formación en gestión cultural, social media y marketing. Apasionada por los procesos creativos que unen la divulgación, el arte y la transformación social.










