¿Cómo el privilegio define la vida en Guatemala?

A veces creemos que salimos adelante porque fuimos fuertes. Porque nos esforzamos. Porque “quisimos”. Pero hay momentos en que uno se detiene y entiende que no, no fue solo eso. Fue también (y muchas veces), que tuvimos privilegios que no pedimos, que no elegimos, pero que lo cambiaron todo.

Guatemala es un país profundamente marcado por las brechas. No se trata solo de cifras de pobreza, ni de indicadores económicos que ilustran una desigualdad estructural. Hablar de privilegio en un país como Guatemala no es un ejercicio teórico, sino un acto político y moral.

Aquí, el punto de partida lo define casi todo: el municipio donde naciste, si tu apellido suena indígena o ladino, si tu casa está en una zona roja o en una colonia cerrada, si tu madre pudo estudiar o fue obligada a criar sola y en silencio. Aquí, los caminos están determinados por estructuras que operan sin pedir permiso: racismo, clasismo, patriarcado, corrupción, impunidad, violencia estructural.

En Guatemala, el privilegio no siempre se nota porque está normalizado. Lo estructural pasa desapercibido cuando uno es parte de la estructura que funciona. Pero en este país, la estructura está hecha para que solo algunos funcionen. El 53% de la población guatemalteca vive en pobreza, y en las áreas rurales ese número sube al 79% (1).  Las niñas indígenas tienen 13 veces menos probabilidad de completar la educación secundaria que un niño ladino urbano (2). ¿Qué esfuerzo individual puede contra eso?

Yo mismo vengo de una historia marcada por pobreza, por la violencia y por la exclusión. Pero también reconozco que dentro de ese entorno, fui uno de los más privilegiados entre los míos. No porque lo mereciera, sino porque hubo personas que creyeron en mí, oportunidades que me llegaron, y sobre todo, porque logré salir de contextos donde otros se quedaron atrapados por completo. La diferencia entre ellos y yo no fue talento. Fue estructura. Fue red. Fue azar.

Y por eso, no puedo decir que “el que quiere, puede”. Porque en Guatemala, hay quien quiere con todo el corazón… pero no puede. Porque hay quien se levanta a las cuatro de la mañana, trabaja hasta que se le revientan las manos y aun así, no logra garantizar el almuerzo del día siguiente. Porque hay niños que quieren estudiar, pero deben cuidar a sus hermanos, o caminar horas para llegar a una escuela sin maestros. ¿De qué sirve el discurso del mérito cuando ni siquiera hay pista para correr?

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Lo más difícil de identificar el privilegio es que cuando lo tenés, se vuelve paisaje. Parece natural tener internet en casa, padres que te defienden en la escuela, acceso a un hospital o un par de zapatos nuevos cuando se rompen los viejos. Pero para millones en este país, nada de eso es natural. Es impensable.

¿Cómo el privilegio define la vida en Guatemala?
Club San Isidro. Fuente: Luxury home Guatemala

Y no se trata de sentir culpa. No se trata de que quien tuvo más pida perdón. Se trata de conciencia. De saber que cuando uno parte desde más adelante, tiene también más responsabilidades. La conciencia del privilegio no se trata de mirar hacia abajo con lástima, sino hacia los lados con justicia.

La verdadera conciencia empieza cuando dejamos de ver la pobreza como un fallo individual, y la entendemos como el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales. Porque no es casual que los más pobres tengan apellidos indígenas, vivan lejos de los centros urbanos y estén rodeados de abandono estatal. Es una consecuencia directa de siglos de exclusión planificada, de racismo estructural, de saqueo y de olvido.

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Y aquí va lo más incómodo: incluso quienes venimos de abajo, incluso quienes nos “levantamos”, podemos replicar el clasismo, el racismo, el desprecio. Podemos creernos excepcionales, como si nuestra historia nos hiciera distintos. Podemos olvidar de dónde venimos, y peor aún, podemos creer que quienes se quedaron atrás, fue porque no lo intentaron.

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Pero si queremos cambiar este país, no basta con salir adelante. Hay que ayudar a que otros también salgan, pero sobre todo, hay que romper las estructuras que los detienen. No hace falta “caridad”, debemos crear una mayor comunidad. Guatemala no necesita más ejemplos individuales de superación. Necesita cambios colectivos, estructurales, urgentes. Necesita que quienes ya lograron avanzar se pregunten: ¿qué puedo hacer para que otros también lleguen? ¿Cómo uso mi posición para abrir caminos y no solo para asegurar el mío?

La conciencia de clase, en este país, no es un lujo intelectual. Es una necesidad política. Porque nadie se salva solo. Y porque mientras algunos tengamos el privilegio de poder escribir estas palabras, tenemos también la obligación de que no se queden solo en eso: en palabras.

 Ser conscientes de nuestros privilegios es el primer paso para transformar la realidad. Significa dejar de decir “yo no tengo nada que ver con eso” y empezar a decir “yo tengo una parte de la responsabilidad”. Significa saber que los cambios no vendrán solo desde arriba, sino desde quienes, como nosotros, entienden que haber salido no nos exime, nos compromete.

No podemos cambiar el punto de partida de cada persona. Pero sí podemos trabajar para que el camino sea menos desigual y arbitrario. Teniendo como pacto social que ese compromiso debe ser activo y colectivo. Porque solo así, reconociendo lo que otros no tienen, podremos dignificar lo que nosotros sí tuvimos. Entonces dejaremos de vivir en un país donde el lugar donde naciste decida todo. Y empezaremos a construir uno donde cada historia, por más dura que sea, tenga derecho a ser contada… y transformada.

Referencias

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