Todo pareció estallar el 7 de octubre de 2023. Ese día, Hamas y otros grupos armados llevaron a cabo la operación que denominaron “Inundación de Al Aqsa”. Fue un ataque coordinado que incluyó incursiones en regiones israelíes cercanas a la Franja de Gaza, sembrando caos y violencia.
Los combatientes atacaron tanto objetivos militares como civiles, exhibiendo una crueldad que fue difundida sin pudor a través de las redes sociales. Las cifras son escalofriantes: al menos 1,139 personas asesinadas, entre israelíes y extranjeros que estaban en un festival de música, así como 240 rehenes capturados. Estos actos, sin duda, deben ser condenados como lo que son: crímenes de lesa humanidad y terrorismo.
Sin embargo, la respuesta de Israel no fue proporcional ni preventiva. Según reportes de Al Jazeera, hasta el 19 de enero de 2025, al menos 46,913 gazatíes han perdido la vida, una cifra que representa casi 1 de cada 50 personas en Gaza. A esto se suman 858 muertes en Cisjordania desde que comenzó este nuevo capítulo del conflicto palestino-israelí.
Pero este ciclo de violencia no comenzó el 7 de octubre de 2023. Para entenderlo, es necesario remontarse a los antecedentes históricos, a los discursos de odio, a las políticas de ocupación y a la coyuntura que ha perpetuado este conflicto. Lo que estamos presenciando hoy es la culminación de décadas de opresión, resistencia y violencia, una constante que ha desembocado en lo que muchos expertos y organizaciones internacionales no dudan en calificar como un genocidio. El silencio del supuesto mundo civilizado no es neutral. Es un silencio que legitima la deshumanización y permite que el odio se convierta en política de Estado.
Frantz Fanon, la clave.
El 7 de octubre de 2023, el mundo fue testigo de unos atentados terroristas que, desde el primer momento, todos supimos que tendrían repercusiones masivas y crueles. Esta certeza no solo la compartíamos quienes observábamos desde fuera, me atrevería a decir que también el pueblo palestino y, probablemente, los propios combatientes de Hamas. Entonces, surge la pregunta: ¿por qué llevaron a cabo estos ataques sabiendo cuál sería el desenlace? Para entenderlo, es necesario remontarse a décadas de opresión y despojo.
A lo largo de los años, el territorio palestino ha ido reduciéndose de manera constante, un proceso que ha dejado a su población en una situación de vulnerabilidad extrema. Como bien señaló el filósofo y revolucionario Frantz Fanon, “Para el pueblo colonizado, el valor más esencial, por ser el más concreto, es primordialmente la tierra”. Esta afirmación cobra especial relevancia al recordar la Nakba, o “catástrofe”, de 1948, cuando millones de palestinos fueron desplazados forzosamente de sus tierras.
Hoy, décadas después, no solo han perdido gran parte de su territorio, sino que tampoco pueden garantizar su sustento diario ni su dignidad. Sus cultivos son destruidos, sus derechos son pisoteados y su existencia es humillada. Gaza, según Human Rights Watch, se ha convertido en la “prisión a cielo abierto más grande del mundo”. Incluso figuras como Donald Trump han sugerido abiertamente la demolición de Gaza y el traslado de su población a países vecinos, una propuesta que evoca el desplazamiento forzado y roza el genocidio en su definición más clara.
Este escenario no es casual, es parte de un proyecto político más amplio: la creación de un “Gran Israel”. Esta visión, respaldada por una mayoría gubernamental y un poderoso lobby sionista a nivel mundial, se ha ido concretando no solo con la ocupación de Gaza y Cisjordania, sino también con incursiones en el sur de Líbano y los Altos del Golán en Siria. Es el colonialismo en su forma más pura, perpetrado en pleno siglo XXI con el visto bueno de líderes mundiales, tanto conservadores, como liberales.
Para justificar esta expansión, el Estado de Israel ha construido una narrativa que deshumaniza al pueblo palestino, convirtiéndolo en la bestia que Fanon describió como “la quinta esencia del mal”. Esta retórica no es casualidad, ha sido empleada por figuras clave del gobierno israelí. El primer ministro Benjamin Netanyahu y otros políticos han referido a los palestinos como “bestias” o “el lado incivilizado del mundo”. Amihai Ben-Eliyahu, exministro de Patrimonio, incluso llegó a sugerir el lanzamiento de una bomba nuclear sobre Gaza.
Yoav Gallant, exministro de Defensa, ha hablado de “luchar contra animales”, justificando así acciones brutales. Incluso Itamar Ben Gvir, exministro de Seguridad Nacional, ha propuesto demoler la mezquita de Al Aqsa, uno de los lugares más sagrados para el islam, para construir una sinagoga en su lugar. Estas declaraciones no requieren de un análisis complejo, son expresiones de violencia pura, una violencia que no solo se verbaliza, se materializa.
Frente a esta realidad, Fanon nos ofrece una reflexión contundente: “El colonialismo no es una máquina de pensar, no es un cuerpo dotado de razón. Es la violencia en estado de naturaleza y no puede inclinarse sino ante una violencia mayor”. Esta idea, escrita en el contexto de las luchas anticoloniales del siglo XX, resuena con fuerza en el presente. La violencia del 7 de octubre, aunque condenable, no puede entenderse fuera de este marco histórico y político. Es el resultado de décadas de opresión, despojo y deshumanización, un grito desesperado de un pueblo que ha sido sistemáticamente privado de su tierra, su dignidad y su futuro.
Gaza está en ruinas. Su infraestructura, esencial para la vida cotidiana, ha sido reducida a escombros. En medio de esta devastación, Donald Trump ha sugerido que la solución ideal sería desplazar a toda la población gazatí hacia otros países, dejando el territorio vacío para su apropiación.
Esto es inhumano, representa la negación misma de la existencia palestina, se les arrebata su tierra, su dignidad y su identidad nacional. Como bien lo expresó Frantz Fanon, “la labor del colono es hacer imposible hasta los sueños de libertad del colonizado”. Y es precisamente eso lo que estamos presenciando, un intento sistemático de borrar no solo el presente, también el futuro de un pueblo.
Lo que hoy ocurre en Gaza no es un caso aislado; es un capítulo más de un proyecto colonialista que amenaza con extenderse. Mañana podría ser Cisjordania, después Líbano o Siria. La violencia es un mecanismo inherente al colonialismo. Fanon lo afirmó cuando mencionó que la violencia es “la intuición que tienen las masas colonizadas de que su liberación debe hacerse… por la fuerza”. La violencia no es solo una respuesta a la opresión; es, en muchos casos, la única herramienta que queda cuando todas las vías han sido bloqueadas.
Es necesario que veamos a Palestina y a su pueblo por lo que realmente son: seres humanos similares a todos nosotros. Reducir su existencia a interpretaciones sesgadas y arbitrarias de textos bíblicos no solo distorsiona la realidad, sino que también sirve para justificar un exterminio. Reconocer la dignidad y los derechos de los palestinos debe de ser un imperativo moral.












