Hay días en que el alma no tiene prisa. Días en que, aunque las obligaciones sigan tocando la puerta, el corazón pide pausa, y la mente solo quiere quedarse en silencio. Este mes no supe por dónde empezar estas palabras. No porque falten historias, sino porque a veces el pensamiento se cansa, sobre todo cuando intenta resolver lo que no está en sus manos.
Y pensé: “quizás esto es justo lo que debo compartir”. Porque incluso quienes acompañamos a otros en sus despedidas también atravesamos pérdidas más pequeñas, esas que no se anuncian, pero que duelen. El paso inevitable del tiempo, la sensación de haber querido estar más cerca, haber abrazado más, haber jugado más y no haber podido.
A veces me sorprende una tristeza silenciosa: la de ver avanzar en edad a quienes amo, sin detener el reloj, sin cumplir todos los planes de compañía soñados. No es queja, es consciencia. En ella también hay gratitud porque mi historia (aunque inesperada), a veces, abrupta me ha llevado a descubrirme.

Seguí patrones culturales que no cuestioné a tiempo. Cargué culpas que no me correspondían y cometí errores por simple desconocimiento. Hoy, con amor, reconozco que hice lo que supe con lo que tenía. Decir que lo hice mal sería un castigo innecesario. Lo cierto es que hice cuanto pude con las herramientas que entonces tenía. Solo amaba y actuaba como había aprendido. Y cuánto bien y también cuánto daño pueden causar los patrones aprendidos sin conciencia.
Hoy lo sé. Los patrones son como mapas heredados. A veces llevan a buen destino; otras veces, repiten rutas sin salida. Lo que no se nombra, se repite. Lo que se comprende, se transforma. Allí empieza una nueva forma de amar, con más luz, con más ternura, con más libertad.
En estos tiempos, con tanta información al alcance, tantas voces que comparten caminos nuevos, sería casi un pecado por omisión no aprender, ni cuestionar, ni siquiera sanar. El mundo nos ofrece herramientas que antes no existían, pero exige el valor de detenerse a usarlas. El cambio no llega por saber más, sino por atrevernos a vivir diferente.
Cuando miro a los míos y veo seres humanos nobles, resilientes y luminosos, comprendo que el amor sembrado floreció, incluso entre silencios, errores y dudas. El amor con imperfecciones deja raíces profundas cuando es sincero.
También he aprendido que no siempre es tarde. A veces creemos que llegamos tarde al encuentro más íntimo con el Amor de los amores, pero ese Amor el que abraza, perdona, comprende, aconseja, ilumina y besa el alma no mide el tiempo como lo hacemos nosotros. Quien da fuerza cuando todo tiembla, esperanza cuando parece que ya no hay, y lo da todo sin pedirlo todo. Aunque siempre fui creyente, fue hace apenas unos años que descubrí un Amor que no exige perfección, sino entrega. Que no juzga el pasado, sino que redime cada presente

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Marilú Retana
Celebrante y acompañante certificada en el duelo; con conocimientos de tanatología, logoterapia y psicología positiva. Interesada por conocer el comportamiento humano y aportar positivamente a la humanidad. “Trabajo cada día para fortalecer mis valores y mi espíritu, con responsabilidad y humanismo, me esfuerzo por cambiar la vida de las personas, haciendo actos de amor que inspiren a crecer, a celebra la vida y a tener esperanza”








