Democracia, liberalismo, república (parte 1)

En las democracias existen grados donde se reconoce que hay países más democráticos que otros, aunque no sepamos porqué, dado que incluso en algunas dictaduras se vota

Democracia

“La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad” .

Tres palabras suelen rondar el debate público –democracia, liberalismo, república– como lugres comunes en donde todos supuestamente nos entendemos. Son usadas y abusadas por todo tipo de personalidades, desde especialistas en la materia hasta especialistas en parecer especialistas. Muchos lo hacen con la intención de que ellas digan lo que ellos no son capaces, buscando una legitimidad o respetabilidad de la que carecen, o simplemente para manipular. Sobre ellas se ha escrito y dicho mucho, tanto que nos resultan familiares y quizá lo sean de la misma manera que mi abuelo lo fue para mí, un familiar querido pero desconocido. Y se escribirá mucho más por razones que de momento no nos conciernen. Sin embargo, estas palabras-colchón –cómodas de decir y suficientemente grandes en las que todos pueden reposar– cumplen una función importante por lo que vale la pena repasarlas.

Casi siempre se suele empezar con que la etimología de la palabra democracia significa gobierno o poder del pueblo, sin embargo, más que los significados de las palabras nos interesan saber cómo funcionan. La democracia suele operar como una forma de gobierno en la que, a un nivel procedimental, el poder lo ejerce el pueblo a través de sus representantes (democracia representativa) o de manera directa (democracia directa). Es un diseño en donde la mayoría ejerce el poder sin menoscabar ni poner en riesgo las minorías, al menos entendida en su etapa ulterior (democracia liberal). De momento y sin tanta prisa hay que decir que tanto el ejercicio representativo, como el directo coexisten en las democracias modernas y no solo a un nivel nacional, sino a pequeña escala. 

Lo que subyace, podríamos inferir, es un principio de autogobierno, delegado o no, en donde las decisiones son tomadas entre iguales, al menos jurídicamente. Esto se contrapone, y así es más fácil de entender, a las formas autoritarias de gobierno, como las autocracias y monstruos similares. En este sentido, y empezando por lo mínimo, la idea de democracia guarda relación con un gobierno abierto, cuyo ejercicio responde a los gobernados, cuyas preferencias son plasmadas en elecciones libres, pero también en un espacio en donde expresan su voz de manera libre, ya que sus derechos individuales están protegidos, pues la soberanía reside en el pueblo.

Sin embargo, todo lo dicho resulta mucho más complejo y problemático dado que, entre otros motivos, las sociedades reales no están conformadas por individuos aislados, sino entre grupos o comunidades vinculadas, cuyos miembros comparten identidades e intereses afines, organizadas con mayor o menor efectividad. Aquí podría decirse que el igualitarismo democrático se enfrenta a las asimetrías creadas por los grupos de interés, por tanto, creer que la democracia es una utopía y que el igualitarismo y la libertad son ideas antitéticas. Estas y otras complejidades deberemos abordarlas más adelante. 

Por lo pronto, notar que en las democracias existen grados (no es blanco y negro) en donde reconocemos que hay países más democráticos que otros aunque no sepamos porqué. Si lo pensamos bien no es suficiente equiparar la democracia con la votación, (democracia electoral) dado que incluso en algunas dictaduras se vota. Tiene que haber algo más, como la posibilidad de participación y organización, libertad de expresión, protección de los derechos individuales, es decir, derechos y libertades que suelen concretarse en constituciones. 

Además, así como afirma Eduardo Fernández en La crisis de la democracia liberal en América Latina, también incide la capacidad de competir por el poder político, no solo el sufragio activo (votar), sino y sobre todo el pasivo (derecho a ser votado) que tanto echamos en falta en estas elecciones en Guatemala. Esto asegura, teóricamente, cierta alternabilidad del poder y eficiencia en su ejercicio. Faltaría desarrollar la democracia liberal que ya está esbozada aquí y que de hecho es la que conocemos, puesto que está complementada con principios liberales y republicanos.

Aquí me gustaría hacer una pequeña reflexión de la mano con Sartori y enfatizar en la importancia que tiene la opinión pública para la democracia, no solo su formación sino su distribución, entender la democracia como deliberación, ponderación e intercambio de ideas. Pienso no solo en la importancia de una educación que brinde cierta autonomía, la de una prensa independiente, no solo en la fiscalización sino en la formación ciudadana y la circulación de ideas. Por eso es importante resaltar que la democracia tiene relación con la pluralidad, acepta la diferencia y se mueve a través del desacuerdo. No busca eliminarlo, sino darle salidas pacíficas.

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