La dignidad es parte esencial de la humanidad, está impregnada en nuestro ADN. Durante cientos de años, las comunidades indígenas del mundo han luchado y sobrevivido a un sistema que los ha tratado de alejar del desarrollo social.
Guatemala se ha caracterizado por sus prácticas discriminatorias estatales y sociales hacia los pueblos indígenas y cómo un marco de reconocimiento a la lucha por sus derechos civiles, hoy 9 de agosto, honramos su valentía.
Marco mundial
En 1994, frente a presiones y expectativa, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), declaró el 9 de agosto de cada año como el Día Internacional de los Pueblos Indígenas. Todos los países miembros han acordado proteger y garantizar el desarrollo de todas las comunidades indígenas de su territorio. Guatemala, a través del decreto 24-2006, conmemora este acontecimiento como parte de la agenda nacional.
Sin embargo, el mundo ha sido partícipe de la exclusión social de cientos de comunidades indígenas. En este sentido, la ONU ha trabajado para reivindicar a todas las poblaciones dentro del marco de toma de decisión y visibilidad. Las declaraciones más importantes han sido: el año Internacional de las Poblaciones Indígenas del Mundo en 1993 y el Decenio de las Lenguas Indígenas 2022-2032.
Nuestra realidad
Las prácticas coloniales y conservadoras se han replicado a través de todos los sistemas sociales y económicos, siendo Latinoamérica uno de los más afectados.
Los intentos de la ONU y otros actores internacionales no han sido fructíferos para todas las comunidades indígenas debido a que hay países, como el nuestro, donde es el Estado el que sigue replicando las prácticas discriminatorias.
Guatemala es uno de los países con índices de discriminación más altos, contra las poblaciones indígenas, a nivel mundial. La realidad de nuestra gente es preocupante, desde el aspecto social hasta el económico. El desarrollo sigue siendo centralista, capitalino y anti reconocimiento de las poblaciones indígenas. Nuestras prácticas sociales siguen perpetuando el rompimiento del tejido social.
El que Guatemala sea un país discriminatorio no es casualidad ni un producto social aislado. La época colonial trajo consigo cambios sustanciales en las dinámicas sociales de las comunidades originarias, provocando la pérdida de su identidad, patrones que se siguen replicando en la famosa “era democrática”.
La táctica utilizada para negar la existencia de este grupo social fue la “evangelización” y “el arrebato de sus prácticas ancestrales”, porque una comunidad sin identidad pierde todo, y se hace moldeable.
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Este proceso antropológico de ideologizar y evitar que se sigan replicando las costumbres y tradiciones de las comunidades indígenas, permite que adquieran la identidad del grupo de poder, y solo así, se logra el objetivo: homogeneizar para controlar.
En Guatemala, a pesar de todos los intentos por arrebatar la identidad de los pueblos indígenas, se sigue manteniendo la esencia y costumbres de nuestras bellas comunidades. El choque de culturas no logró absorber por completo a las comunidades originarias, al contrario, se creó un sincretismo tan único, que sigue siendo un foco de admiración por la comunidad internacional.
Las costumbres y tradiciones del viejo continente se mezclaron con las del nuevo continente. Las personas adquirieron una nueva religión, pero plasmaron su esencia; las comunidades cambiaron sus ritos por los ritos católicos, pero unificando sus fechas especiales con las de los conquistadores; aprendieron el nuevo idioma, pero jamás olvidaron el suyo, porque de eso de trata la resiliencia.
Las abuelas, madres y padres lograron que, por medio de la tradición oral, las nuevas generaciones siguieran bajo los valores ancestrales de sus antepasados. Sobrevivieron al genocidio porque sus conocimientos privilegiados les permitieron sobreponerse. Incluso con el tiempo, han cambiado al Estado… Gracias a la unión de nuestros pueblos, ha cambiado el rumbo de este país.
La importancia de reconocer la historia y sanarla, radica en la no repetición y la reconstrucción del tejido social, aspecto olvidado por nuestros gobernantes. Históricamente, Guatemala se ha caracterizado por el olvido intencional de las violaciones a los Derechos Humanos. Nuestros libros, periódicos, documentos y archivos, escritos por la clase gobernante, no documentan los hechos reales.
El rompimiento del tejido social
El Conflicto Armado Interno trajo consigo consecuencias nocivas para las poblaciones indígenas, siendo el foco de ataque más cruel de los planes emanados del Estado y el ejército de Guatemala. La comisión del Esclarecimiento Histórico, durante la década de los noventa, descubrió y señaló que, en Guatemala hubo genocidio contra las poblaciones indígenas, recomendando la investigación judicial de estos casos para recuperar la memoria.
Las conquistas obtenidas por las poblaciones indígenas luego de la Firma de la Paz han sido notorias y han sentado precedentes históricos sobre la apertura a un país que reconoce tangiblemente la diversidad. Durante la primera década del nuevo milenio, cientos de investigaciones, programas y casos sobre violaciones de derechos humanos perpetrados contra las comunidades indígenas tomaron los espacios de debate y reflexión social.
En este sentido, nace, como un acto de resiliencia y dignidad, la justicia transicional para nuestra gente. El paso más importante se da durante el caso de Genocidio contra Efraín Ríos Montt, ex jefe de Estado. El golpista de Estado orquestó el período más sangriento de la historia de Guatemala durante el siglo XX.
Este caso, junto al Informe de “Guatemala memoria del silencio” y “Guatemala Nunca Más” , demostró la crueldad y malicia de nuestros gobernantes y el ejército para operar contra la “insurgencia comunista”.

Por otro lado, el plan Sofía fue el documento que demostró que todo fue planificado contra comunidades indígenas en el interior del país, especialmente contra el triángulo Ixil, con una alta concentración indígena y con índices de desarrollo absolutamente bajos.
Esto no fue casualidad, los estudios antropológicos e históricos han demostrado que hay tintes discriminatorios y racistas. Este caso fue la puerta para demostrar que la justicia es esencial para sustentar la paz.
El caso de las Mujeres de Sepur Zarco fue uno de los más emblemáticos en justicia transicional en toda la región latinoamericana. Las “abuelitas de Sepur” tomaron el sistema judicial y demostraron que el Estado discrimina y ataca a las mujeres indígenas más fuerte que a cualquier otro sector social. Las mujeres indígenas se llevaron la peor parte de la historia, porque murieron en vida.
La sentencia de este caso indica que el Estado de Guatemala utilizó la violencia sexual y la esclavitud doméstica como táctica de guerra contra las mujeres indígenas. Las mujeres fueron obligadas a trabajar para los soldados dentro de los destacamentos, violadas en grupo, ultrajadas de la dignidad humana, obligadas a abortar y sufrir vejámenes que hasta hoy son inconcebibles.
Las mujeres sobrevivientes fueron víctimas de la sociedad luego del conflicto, discriminadas por la propia comunidad, con hijos producto de estas violaciones, sin oportunidades de desarrollo, bajo un Estado racista y sin acompañamiento psicológico y médico para sanar… Nuestras mujeres sanaron solas, con sus recursos y muertas en vida.
Toda esta historia solo es una parte de lo que viven las poblaciones indígenas de este país. Hombres, mujeres y niños siguen cargando con un sistema que los busca desplazar a un segundo plano. No es casualidad que los departamentos menos desarrollados sean mayoritariamente indígenas, que las comunidades rurales no tengan acceso a los recursos básicos, y que los puestos de toma de decisión estén ocupados por oligarcas ladinos.
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La realidad y un futuro incierto
En Guatemala, el 45% de la población es indígena, según el censo poblacional del 2018. Estos datos no representan una realidad correlacionada con los índices. Los pueblos indígenas no alcanzan ni el 10% de puestos de toma de decisión en la vida pública y privada, incluyendo la presentación en el Congreso de la República.

Es importante señalar que no hay cuota de paridad y que la participación política, a pesar de ciertos avances, sigue estando reservada para un sector con ciertos privilegios, dentro de los cuales, en la lógica estatal y conservadora, los pueblos indígenas no ingresan.
Los pocos espacios ocupados son víctimas de discriminación, comentarios incómodos, presiones externas y no apreciación de su trabajo.
El día nacional de los pueblos indígenas es más que un reconocimiento, actos protocolarios y eventos políticamente correctos. Este día es para la admiración de su resiliencia, de engrandecer sus colores, costumbres, tradiciones, indumentaria, espiritualidad, y especialmente, para exigir mejoras tangibles.
En este país la democracia solo es para algunos, la universidad pertenece a un grupo privilegiado, la salud de calidad no es un pilar estatal y el acceso a una vida digna está directamente relacionado con tu grupo étnico. El país de la eterna primavera solo florece para un sector.
El tener un día no es funcional si no hay desarrollo. Mientras el área de las Verapaces, Quiché, Huehuetenango y San Marcos sigan siendo delimitadas del desarrollo, el día no cumple su cometido. Mientras las mujeres indígenas sigan siendo objeto de doble discriminación y violencia, este día solo es una respuesta administrativa a algo en lo que no se cree. Mientras el índice de jóvenes universitarios indígenas no rebase ni el 1%, el día solo es una utopía.
Hoy es un buen día para reivindicar y acuerpar la lucha de nuestras comunidades, aquellas que todos los días se levantan y desde su área de profesión, siguen gestionando el desarrollo del país. Hoy aplaudimos a esas mujeres que siguen portando su indumentaria con orgullo en todos los espacios, a pesar de ser objeto de discriminación; hoy reconocemos su sobrevivencia y con lágrimas en los ojos decimos gracias.
El Estado ya no puede seguir siendo racista, mientras un Estado lo sea, la población también lo es. Si queremos cambiar el diario colectivo, debemos cambiar el sistema, porque todos lo replicamos según los valores que transmite.
El 9 de agosto no es una fecha para sacar un comunicado institucional, mientras los altos mandos se burlan de nuestros idiomas mayas. No es para dar un abrazo y felicitar, es para apoyar y unirnos como comunidad. El 9 de agosto es un llamado a la reconstrucción del tejido social, porque sin esto no hay paz.
El 9 de agosto… Un día de lucha y reconocimiento.
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José Moran
Activista Social en temas de visibilizacion para la comunidad LGBTIQ+ y casos de justicia transicional. Estudiante de la Escuela de Ciencias Políticas y Ciencias de la comunicación en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Egresado de la escuela de formación política Enredadxs. Educando y tomando voz para que algún día dejemos de sobrevivir, y empecemos a vivir en plenitud … porque al final del día, todos seguimos cantando, a pesar de todos los intentos por silenciarnos.










