Hay un silencio que no pide permiso,
que se sienta al borde del corazón
como un mendigo cansado.
Donde ya no caben las palabras,
comienza la voz de Dios.
No hay lámparas encendidas,
solo el temblor de una fe desnuda
que busca abrigo en la oscuridad.
Y en esa soledad que muerde,
descubro que el alma no se apaga,
solo se purifica en su incendio.
He perdido la patria,
pero no el llamado;
he perdido la casa,
pero no el camino.
La noche me nombra por mi nombre,
y aunque no respondo,
Dios ya sabe quién soy.
Escrito por Carlos Bojorge.








