El policía que casi se robó el futuro

La siguiente es una historia corta, basada en hechos reales, pretende mostrar cómo las fuerzas de seguridad no velan por los intereses del pueblo y pueden llegar a ser incluso más peligrosos que los mismos criminales de los que se supone deben proteger a la población. Los nombres de las personas involucradas fueron cambiados.

Andrés llevaba varios años estancado en su trabajo de call center, viendo sus bonos esfumarse por arbitrariedades fuera de su control, como clientes insatisfechos, sin importar qué soluciones se les ofrecieran. No importaba qué hiciera, siempre ocurría algo malo y la frustración conducía al pesimismo. 

“¿Es normal llorar por el trabajo casi todos los días?”, pensaba constantemente. 

En un impulso, finalmente decidió renunciar y se propuso no parar hasta conseguir un empleo relacionado con su carrera.

A pesar de haber estudiado Ciencias de la Comunicación, aún no había logrado conseguir un trabajo de comunicador. Es más, rara vez le llamaban cuando enviaba su currículum, y si lo hacían, no lo contrataban por no pasar por alguno de los filtros, especialmente el de experiencia.

“¿Cómo voy a tener años de experiencia si nadie me da la oportunidad de empezar?” Era una pregunta que Andrés se hacía después de cada rechazo. 

Debido al apoyo financiero que le daba a su mamá, tampoco le era posible abrirse camino en un puesto con el sueldo mínimo, por más que se alineara con sus intereses.

Navegando en LinkedIn, encontró una plaza de corrector de textos que no requería experiencia para un medio de comunicación que acababa de empezar difundirse. Este tipo de empleo era todo lo que había esperado. Sin nada que perder, ingresó una solicitud y para su sorpresa, lo contactaron ese mismo día. Después de dos rondas de entrevistas y unas pruebas, Andrés consiguió el trabajo y le dijeron que empezaba el jueves de esa misma semana. Esto le daba tiempo de completar papelería y alistarse para este nuevo recorrido.

Emocionado, Andrés le compartió las buenas noticias a sus amigos más cercanos, Gerardo y Alfredo, por medio del chat grupal que tenían, quienes sin dudarlo decidieron organizar una celebración el miércoles por la noche. 

“Sabemos lo mucho que has estado esperando este momento, amigo,” decía el mensaje de Gerardo. 

“Ojalá esta nueva etapa sea todo lo que esperás, vos,” escribió Alfredo poco después.

Ya con todo en orden, ese miércoles empezó a arreglarse para salir a celebrar. Clara, su mamá y le dio una nueva lonchera para llevar su almuerzo al trabajo. Por la pandemia de COVID-19, Andrés no había trabajado de forma presencial por más de tres años. 

“Es un gesto pequeño, pero espero te guste, mijito”, dijo Clara. 

“Me encanta, mamá. Muchas gracias.”

Andrés la abrazó y salió de su casa por allá de las cinco de la tarde y tomó camino al apartamento de Gerardo.

Manejar era una de esas cosas que Andrés hacía porque tenía que hacerlo, pero que en el fondo, detestaba. Guatemala no es un país amigable para las personas que no tienen vehículo propio. El transporte público deja mucho que desear y la inseguridad está a la orden del día. Dicho eso, Andrés ya tenía bien definidas sus rutas para llegar a la ciudad, pero algo cambió esa tarde. La Policía Municipal de Tránsito tenía bloqueado el carril principal, por lo que se vio obligado a tomar una ruta alterna con la cual no estaba familiarizado. Confundido, optó por mejor regresar y esperar a que abrieran la vía tradicional. Para ello, puso su pide vías izquierdo para retornar en un redondel, pero en lo que daba el cruce, una moto a toda velocidad se estrelló con la lodera frontal del lado del conductor. El motorista salió volando y quedó tirado a media calle. Por suerte, el vehículo contaba con seguro para accidentes, o al menos eso pensó.

Andrés puso sus luces de emergencia y se bajó a auxiliar al motorista herido. Entre todo esto, múltiples espectadores ya habían rodeado el área, apuntando sus teléfonos y grabando cada momento del incidente. Andrés rápidamente llamó al seguro de su vehículo, pero debido a la hora que era, el ajustador iba a demorar en llegar a la escena. El motorista estaba consciente; sin embargo, no tardaron en llegar elementos de la Policía Nacional Civil. Uno de los oficiales se mostró insistente de que era mejor que tomara una ambulancia para que lo revisaran en el hospital más cercano. Andrés estaba al tanto que si el motorista se iba antes que llegara el ajustador, iba a ser muy complicado salir de esta situación.

Con el seguro aun lejos de la escena, el oficial de policía logró su cometido y el motorista fue transportado por una ambulancia. 

“Ahorita tenemos otro problema, usted,” le dijo el policía a Andrés, “Si aquel no reacciona o le pasa algo malo, a usted se lo va a llevar la trampa. Nos lo tenemos que llevar a la comisaría y ver qué onda, si no hay que llevarlo a Torre de Tribunales.” 

Andrés trató de dialogar con los oficiales, pero dado que el motorista ya no estaba presente, fue inútil, “Pero los de mi seguro ya vienen en camino,” recalcó. 

“Sí, pero eso ya no importa usted. Pueden llegar a la estación si quieren, pero usted tiene que venirse con nosotros.”

Andrés le escribió a su mamá, le dijo que había chocado y que se lo iban a llevar a la estación de policía municipal.

Solo y con miedo, Andrés accedió y acompañó a los oficiales a la estación. Uno de los policías condujo el carro, que por suerte, solo presentaba un pequeño raspón en la lodera. Al llegar a la estación de policía, Andrés fue puesto en un cuarto de servicio oscuro donde solo había una pila llena de agua y un baño que parecía que no había sido limpiado desde hace muchos años.

Estando en el territorio de los policías, Andrés era incluso más vulnerable y las amenazas de llevarlo a Torre de Tribunales, intensificaron. Los policías le quitaron las llaves del carro y la tarjeta de circulación. Lo único que le dejaron fue su celular para que pudiera hacer una llamada.

“¿Va a venir alguien a ayudarle? Porque si no mejor ya lo llevamos a tribunales. Mire que todavía estamos siendo gente de dejarlo que use su teléfono,” dijo el policía.

“Ahorita voy a llamar a mi mamá y al seguro,” dijo Andrés. También le escribió a sus amigos, explicando que no iba a poder llegar a la reunión porque se había accidentado.

Finalmente, llegó el ajustador de seguros acompañado de un abogado, lo cual le dio un poco de calma a la situación.

“Está algo complicado el asunto,” le dijo el abogado a Andrés después de hablar con los policías, “Necesitamos conseguir una firma del motorista indicando que lo absuelve de toda responsabilidad. De lo contrario, se lo van a llevar a tribunales y va a tener que pasar la noche allí.” 

Andrés sintió un vacío en el estómago. “Pero mañana empiezo un nuevo trabajo, y además, no fue mi culpa. El motorista me chocó a mí en el redondel.” 

El abogado se mostró empático, pero al mismo tiempo era realista, “Vamos a tratar de conseguir la firma, pero si no se puede no sé qué vamos a hacer.”

En ese momento, llegó Clara a la estación de policía. Andrés estaba feliz de verla. El ajustador le explicó toda la situación. Todo dependía de rastrear al motorista. De acuerdo a la información dada a la policía en la escena, la ambulancia lo llevó al IGSS. Después de varias llamadas, se confirmó que él estaba allí, así que enviarían a una ambulancia del seguro para trasladarlo a un hospital privado. Todo parecía marchar bien, pero los policías se estaban mostrando cada vez más intranquilos y testarudos.

“Mire, no nos queda mucho tiempo acá. Ya le dimos mucho chance y nosotros también estamos cansados,” dijo el policía. 

Clara entendía perfectamente lo que los policías querían y no era ayudar a su hijo. “¿Puedo hablar con usted en privado?”, le preguntó Clara al policía. 

Él accedió y se fueron a una de las oficinas de la estación a conversar. Mientras tanto, llegó el abogado, con lo que él definió como buenas y malas noticias. 

“La buena noticia es que ya rastreamos al motorista, la mala es que está inconsciente. Justo ahora lo están revisando para diagnosticar qué es lo que tiene. Si no despierta, no podremos hacer nada.”

“¿Pero a qué refiere con que está inconsciente? ¿Se va a morir? ¿Está grave?” preguntó Andrés con desesperación.

“A estas alturas no sabemos bien. En un rato me van a dar más información,” respondió el abogado. 

Después de eso, Clara regresó de hablar con el policía, “Quieren cinco mil quetzales para no llevarte a tribunales,” dijo angustiada. 

“¿De dónde vamos a sacar ese dinero? A esta hora ya ni los cajeros funcionan,” dijo Andrés, ya siendo casi media noche.

Clara empezó a llamar a todos los familiares, amigos y conocidos que tenían, explicando la situación. Entre varios contactos, Clara logró juntar el dinero gracias a un tío, pero debía llegar a la estación para dárselo y no vivía cerca. Cada vez había menos tiempo y el futuro de Andrés estaba en juego. No presentarse a su primer día de trabajo sin ninguna duda, le costaría el empleo y sus antecedentes policíacos quedarían manchados. Todo porque un grupo de policías inescrupulosos.

Una media hora después, el abogado recibió una llamada de los paramédicos, indicando que el motorista había despertado y accedido a ser trasladado a un hospital privado y que el seguro cubriera todos los daños de su motocicleta. En total, el seguro le daría casi Q10,000.00 y se encargaría de sus gastos médicos.

“Solo queda esperar a que traigan al motorista y nos firme toda la papelería. Ya con eso estamos,” dijo el abogado.

“Bueno, hay que tener paciencia, mijito. Ya casi,” exclamó Clara.

A pesar de ver una luz al final del túnel, Andrés se sentía derrotado. A estas alturas, lo único que quería era salir de allí y lograr llegar a su nuevo trabajo al día siguiente. Los rostros de los policías se veían cada vez más molestos, porque la situación estaba pronta a ser solucionada.

“Mamá, pero mirá, si consiguen la firma ya no hay que darle dinero a estos tipos, ¿verdad?” preguntó Andrés.

“No sé, mijito. Hay que ver. Pero prefiero estar segura.”

Los ojos de Andrés empezaron a llenarse de lágrimas. El estrés ya le estaba ganando la batalla.

“Mijito, calmate. No te pueden ver llorando. Estos huelen el miedo, dijo Clara con firmeza. “Cuando lleguemos a la casa llorás todo lo que necesites, pero ahorita te necesito tranquilo, por favor.”

“Está bien, me voy a calmar,” dijo Andrés casi hiperventilando.

Cuando la ambulancia llegó con el motorista, ya eran casi las dos de la mañana. Finalmente, después de revisar toda la papelería, se logró conseguir la firma. Ya con ese aspecto del problema solucionado, aún quedaba el tema del dinero que los policías querían de “mordida”. El familiar aún no había llegado con los cinco mil quetzales. Técnicamente, ya con los documentos firmados donde el motorista indica que no responsabilizaría a nadie por el accidente, los policías ya no tenían razón para pedir el dinero. Desafortunadamente, las cosas no eran tan simples.

“Ya está firmado todo,” dijo Andrés, “¿Será que me puede dar las llaves del carro y los papeles, por favor?”

“¿Usted cree que le hicimos ganas hasta esta hora para dejarlo ir solo así?” preguntó el policía.

“Creería que lo hicieron porque en realidad yo no tuve la culpa y era una situación injusta, pero no, verdad.”

“Ya viene el dinero en camino,” dijo Clara, “Solo denos unos minutos, por favor.”

“Tiene media hora,” dijo el policía.

“¿Y con qué excusa me va a retener aquí si ya están los papeles firmados?”

“Por algo tenemos la llave. Siempre hay más problemas que pueden surgir.”

Los empleados del seguro ya no tenían dinero autorizado que le pudieran dar a los policías. Además, lógicamente, el seguro no cubría sobornos.

No se preocupen. Ya hicieron mucho. Les agradezco toda su ayuda,” dijo Andrés.

“Cualquier cosa igual aquí está mi tarjeta y puede llamar a la aseguradora,” dijo el ajustador.

La insinuación del policía era clara, si no daban el dinero se les incriminaría de alguna otra forma. Clara llamó al familiar, pero no contestaba. Después de varios intentos, finalmente se escuchó un carro afuera. Era el tío de Andrés.

“Aquí está el dinero, mijito,” dijo Clara emocionada.

Clara le dio el dinero al policía, quien minuciosamente contó cada uno de los billetes de Q100.00 y les devolvió a regañadientes las llaves y los papeles. Parecía increíble como una entidad hecha para proteger a los ciudadanos, estaba tan destruida por la corrupción que este tipo de prácticas eran consideradas normales.

Ya en casa, Andrés se vino abajo y empezó a llorar, justo como su mamá le había dicho. Esa noche de pesadilla lo dejó muy aturdido y con miedo de tomar el volante de nuevo. Aun así, durmió un par de horas y logró llegar a su primer día de trabajo como si nada hubiese pasado. En deuda con su tío que le había dado el dinero, la resiliencia de su mamá que le dio todo el soporte necesario durante este percance y los empleados del seguro, que trabajaron horas para evitar que los policías le robaran su futuro. A Andrés no le quedaba más que estar agradecido de deberle Q5,000.00 a un familiar y que le subiera la cuota del seguro por haber tenido un siniestro.

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