El rapto

Dentro del folclor latinoamericano se cuenta que sin importar la edad, cualquiera puede ser víctima de un ente, demonio o brujo. Esta historia está inspirada en un relato contado hacia mi persona. En los pueblos más lejanos, cualquier persona puede ser víctima de la maldad y es por esta razón que muchas personas desaparecen entre los montes. Algunos se lo adjudican al mal sentido de orientación o al clima… ¿Pero qué tanta verdad hay en qué los bosques de nuestra tierra, aún albergan a seres que están fuera de nuestra concepción?

Mi nombre es… no importa, soy uno más dentro de los miles que transita por este mundo, recorriendo sus calles y veredas, no posee gran renombre sobre los hombres, no presumo de tener gran influencia o bienes materiales. Simplemente soy un hombre que vive de la tierra.

En mi juventud viví de la forma que me placiera. La bebida, los juegos y los chonguengues del pueblo, eran algo cotidiano en el día a día. La vida suele ser bastante agradable en el campo, te levantas de madrugada y te acercas al fogón. Te sirves un café para comenzar tu trabajo. Suelo tardar unos minutos contemplando la nada, pensando en que pasará hoy, cuánta producción de café habrá y cuántos quintales debemos de recoger. Para llegar al encargo del Patrón.

El ser capataz de la finca me ha permitido darles una buena vida a mis siete hijas. Y a pesar de lo que mucha gente opine. 

– Un hombre bien fajado lleva comida a su mesa todos los días sin importar las dificultades que afronte.

Eran ya las 3:30 de la mañana tomé mi sombrero, mi moral y machete, me despedí de mi mujer besando su frente y fui a ver a mis hijas, quienes aún dormían en sus cuartos, pronto se levantarían para realizar labores en casa.  

– Si bien es cierto que no hay un gran futuro en el interior, espero que puedan superarme y tener una mejor vida de la que yo les ofrezco. 

Luego de haber imaginado un mejor futuro para mis hijas, me acerqué al potrero, tomé mi caballo, lo ensillé y al paso de 5 minutos, había llegado al punto de reunión con los demás obreros. Iniciamos la caminata hacia la montaña. No era posible subir a caballo, ya que el terreno es escabroso y la rotura de una pata es la muerte segura del animal. 

El café de nuestra región es conocido por ser de los mejores, porque nuestro clima templado permite que se pueda desarrollar la mata de forma buena, con fruto grande y buen sabor. De tal forma que, en tiempos de Cuaresma, la cosecha es abundante y es necesario llevar muchas manos para poder cortar y despulpar el café. 

Durante el trayecto pude sentir como el frío entraba por mis pulmones, dándome una sensación de inseguridad. Pero éramos un grupo grande, no había nada que temer mientras estuviéramos juntos. La jornada se llevó con normalidad, cortamos café y llenamos nuestros canastos. Llegó la hora del almuerzo, nos reunimos en círculo y las mujeres de los obreros llevaron la comida. Frijoles con tortillas doradas en el mismo fogón. 

Mientras comíamos, nuevamente esa sensación de temor vino a mí a pesar de que el calor era insoportable, sentí ese aire frío corriendo en mi espalda de nuevo. Esta vez no lo puede ignorar, sabía que algo pasaría.  Me dirigí a mi hermano Héctor el cual veía mi cara de ahuevado, el cual no dudo en pregunta que me pasaba. Con temor conteste:

No sé vos, desde la madrugada ando con este miedo pisado que no me deja en paz, trato de ignorarlo, pero sigue chingado que ni comer me deja.

Héctor respondió:

 Échate un tu par de wuaros vas a ver como se te va a olvidar.

Sabiendo que la bebida influye mucho en mi estado de ánimo, sin mediar palabra, acepté dicha invitación. De su morral sacó un cuto de wuaro, sirviéndolo en mi taza de fresco. Sin mediar palabra lo tomé entero para ver si así olvidaba esos malos pensamientos. 

Terminamos de comer y regresamos al trabajo. Nuevamente el maldito frío volvía a mí nuevamente, cansado de temerle a la nada, pregunte quién llevaba más wuaro. En cuestión de minutos, alguien me llevó otra botella. Lo bebí completo sin cuartear, como los hombres lo toman, sin hacer caras, sin quejarse de lo fuerte que estaba. 

Ese trago libró mis penas, pero me provocó más sed, pedí nuevamente otro trago para ese pensamiento mierda de mi cabeza. Seguía tomando mientras trabajaba, llegó la tarde noche e iniciamos el descenso de la montaña, el wuaro había causado efecto sobre todos, ya que todos terminaron bebiendo esa noche, pero mi estado sobrepasaba a los demás. Sin temor a nada íbamos rumbo a la finca con candiles alumbrando nuestro camino, el día había sido productivo, recogimos veinte quintales de café.

Mientras bajábamos, veíamos como la noche caía y no había luz de luna, ni tampoco era visible ningún lucero. Entre bromas y chistes llegamos a la finca, descargamos los quintales y procedimos a guardarlos en la bodega, se despulparía mañana. Cada quien tomo su camino a casa, Héctor me vio antes de irse y me dijo:

– Viste no pasó nada, solo eran muladas que te estabas inventando. 

Había olvidado el tema hasta que Héctor lo sacó a flote de nuevo. Iba tan bolo que no tomé mi caballo, sino que caminé a casa llevando un candil para alumbrar mi camino.  La vereda era angosta y el ruido del bosque se acrecentaba. Mis nervios se dispararon, pero por el wuaro mis sentidos se encontraban alterados. 

La sensación de estar siendo observado causó escalofríos y un dolor incesante se clavó en mí, quise caminar más rápido, pero se me era imposible, mis pies se arrastraban por los efectos del alcohol. Con dificultad estaba a unos 10 metros de casa cuando chifle, era de costumbre que mi mujer y mis hijas salieran a recibirme todas las noches a zaguán de la casa, los perros solían hacer un escándalo por mi llegada. 

Con felicidad iba acercándome a casa cuando en un momento todo se tornó horroroso. 

Vi de frente a mi familia frente al zaguán, a mi mujer y a cada una de mis hijas esperándome de pie, pero a quien más contemple fue a Adalinda, la más pequeña de mis hijas, tomada de la mano de mi esposa. Su cara reflejaba temor, como si estuviera viendo la misma muerte.

Fue en ese momento donde todo se vino abajo, mi cuerpo se entumeció, mis piernas parecían ser estacas clavadas en el suelo, mis brazos no tenían ninguna movilidad y respiración aumentaba de forma significativa. De un instante a otro mi rostro fue hacia el suelo. 

No hubo tiempo de colocar mis manos para evitar el tortuoso golpe. Cuando mi vista pudo por fin ser clara, vi cómo era arrastrado alejándome de mi hija. Los gritos no se hicieron esperar y sus llantos y súplicas fueron alarmantes, a tal grado que los perros comenzaron a ladrar para alertar a los demás. 

En el transcurso de mi arrastre puede ver cómo era llevado por la misma ruta que tomábamos todos los días, pero en esta ocasión, era mi cuerpo el que sentía los golpes del suelo, piedras y ramas tiradas en el camino. Sentí como mi alma era llevada al infierno de forma física.

No recuerdo cuanto tiempo fui arrastrado, ni cuánta fue la distancia, solo puede percatarme que miles de gritos y espantos retumbaban en mis oídos, ruidos desencarnados en lamentos de tristeza, odio y dolor. Como si las almas del abismo deseaban que corriera con su misma suerte. De pronto un fuerte golpe. Causó un inoportuno silencio… ¿Qué podría haber sido dicho ser?

Cuando por fin levanté mi rostro, vi frente a mí un ente oscuro, semejante a un hombre avejentado. Sus labios se veían reventados y sangrando, su sonrisa era despampanante y hablaba de tal forma que parecían gritos de ultratumba. Sus manos tomaron mi costado, rompiendo una de mis costillas. Tan pronto dejé de ver su boca, pude ver que acariciaba mi pelo como intentando calmar mi miedo, aunque cada caricia causaba calosfríos e infringía en mi cabeza.

Nuevamente me habló, tomando mi rostro y viéndome fijamente, sus ojos parecían monedas calentadas al rojo vivo, su hedor era semejante a la carne de animales muertos y su vestidura asemejaba a pieles de animales. Sin embargo, no eran más que cabelleras humanas. Esto debido a que los rostros se encontraban cosidos uno a uno, para formar este horripilante pelaje.

Nunca presté atención a lo que me gritaba, el horror me permitió llegar a tal shock que era un simple saco de carne. De un momento a otro, empezó a sacudirme de tal fuerza, que mi cuerpo empezó a perder fuerza. Mientras más fuerte me agitaba, más ardían sus ojos. Empezó a expandir su mandíbula rompiendo los huesos y partiendo las comisuras de sus labios. 

En ese momento supe que estaba muerto.

A punto de perder la vida pude escuchar como voces recorrían sobre la maleza,

¡Patrón! ¡Patrón!   

Y con mi último aliento grité: ¡Aquí estoy!!

Fue allí donde dicho ser se lanzó sobre mí, pero un par de disparos perturbó dicha escena. Los trabajadores vieron como aquel demonio me sostenía a punto de comerme. Uno a uno se acercó, tomando su machete y lanzando golpes, tratando de matarlo. 

En cada golpe se escuchaba como sus huesos se rompían como madera seca y sus gritos eran semejantes a un cerdo siendo sacrificado. 

Sus manos habían sido cortadas y solo intentaba recoger sus extremidades con la boca. De un momento a otro, los machetes quedaron enredados en las cabelleras que cubrían su cuerpo. En ese momento, vi a Héctor levantándome del piso. Uno de los trabajadores alcanzó a lanzar un candil, lo cual hizo que prendiera fuego.

Corrió entre los matorrales, gritando y prendiéndose fuego, mientras gritaba y se lamentaba del dolor. Yo solo pude recobrar el aliento. Me subieron a un caballo y fuimos de vuelta a casa. 

Cuando por fin estuve en el zaguán. Vi hacia todos lados, pensando si pasaría de nuevo. Eran ya las 3:00 am. No observe a nadie.  Entré sin ningún apuro y no se habló del tema en casa. Me senté frente al fogón. Y antes de pensar en algo más, escuche un grito a lo lejos. Ese ser seguía deambulando con vida, por consiguiente, otra alma sin suerte moriría. 

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