El peso de las palabras
Durante el tiempo que llevo escribiendo, nunca me imaginé que algún día redactaría una columna en primera persona, hoy es necesario. Quienes me conocen saben que vengo del sector agrícola, que le pertenezco y que gran parte de la identidad que he construido nace a partir de una relación profundamente estrecha con la tierra.
Me encanta la particularidad humana de que algunas frases las tomemos personales y las guardemos en nuestra memoria por mucho tiempo, algo que Mariano Chóliz denominaría como el procesamiento de la información emocionalmente relevante, que se refiere a la tendencia de la mente a dar prioridad a aquello que nos genera una reacción significativa.
Ahora que ya realicé un análisis sobre mis pensamientos emocionales relevantes, me da menos vergüenza introducirme en la memoria y abordar un recuerdo de mi primer año en la universidad, en el que, tras una gira académica escuché a un estudiante de otra carrera decir: “La gente del sector agrícola no sabe nada”.
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Lo dijo con la naturalidad que solo da el desconocimiento, revelando una idea que ha estado incrustada en nuestra sociedad y se basa en la creencia de que la agricultura es simple, primaria y carente de ciencia. Tras años de análisis, he entendido que la agricultura desde fuera se ve como una actividad simple que se basa en sembrar, regar, cosechar.
Vivir de la agricultura, estudiarla, trabajarla y dirigirla me ha demostrado que es una de las disciplinas más complejas que existen. Ninguna de las tareas es sencilla, ninguna puede improvisarse. La agricultura es una ciencia que se sostiene sobre la capacidad de tomar decisiones que afectan a cientos de familias.
Lo particular de todo esto es que la jerarquización del conocimiento basada en la división entre lo urbano y rural, lo agrícola y no agrícola no solo existe en la sociedad, está profundamente instalada dentro de la propia academia. Se manifiesta de forma silenciosa entre: la gente grande frente a los jóvenes dentro del ámbito académico, quienes estudiaron en la universidad central frente a quienes lo hacen en el interior, los que creen tener el conocimiento legítimo frente a quienes cargan saberes que no encajan en el molde universitario. Es una mirada que jerarquiza, no por mérito, sino por territorio.
El poder del agro como ciencia que sostiene el país
Con los años he entendido que la agricultura no puede compararse con ninguna otra actividad económica. Si pienso, por ejemplo, en la fabricación de zapatos, imagino un proceso relativamente estable: imagino que hay una fórmula, un diseño y que la cadena de producción de ese mismo diseño puede repetirse año con año con algunas variaciones mínimas. Para la agricultura no existe tal receta funcional de forma permanente.
Dentro de los sistemas agrícolas se trabaja con seres vivos que se transforman y evolucionan. A esto se le suma una serie de factores que están fuera del control humano, como la variabilidad climática y la disponibilidad del agua. Existiendo, además, otros procesos que complejizan la producción, mencionando factores como los cambios en el pH del agua, los requerimientos nutricionales modificados según las necesidades fisiológicas de las plantas y según lo extraído del suelo, recordando también al conjunto de plagas que evolucionan a una velocidad impresionante con el único propósito biológico de devorar la especie objeto.

La agricultura moderna exige inteligencia que se adapte constantemente a través de la capacidad de observar, anticipar, corregir, ajustar y volver a reajustar. A veces siento que trabajar en el sector agrícola es como el monólogo de Barbie: tienes que ser una cosa y al mismo tiempo la contraria.
Tienes que ser cuidadoso con tus colaboradores, construir confianza y relaciones justas, lo cual me parece perfecto, pero también debes tomar decisiones firmes que no siempre agradan. Tienes que proteger el ambiente, pero a la vez impedir que una plaga acabe con el cultivo. No puedes usar productos que dañen el ecosistema, pero tampoco puedes permitir que los organismos nocivos entren.
Tienes que producir suficiente para mantener la rentabilidad, pero si apuestas por un monocultivo, entonces inevitablemente alterarás el ecosistema, entonces deberías diversificar, pero no demasiado porque entonces tal vez no alcances la escala que el mercado exige. Todo es una contradicción en constante movimiento.
Si buscas una respuesta correcta, no la vas a encontrar. Durante el 2025 cursé un diplomado sobre el cultivo de café y cada módulo confirmaba lo mismo que ya pienso: en la agricultura no existe un camino correcto, o al menos no solo uno. Mientras la chica de producción orgánica aseguraba que esa era la mejor decisión, el compañero especializado en fertirriego defendía con total convicción que la producción en masa era lo ideal.

Ambos hablaban con certeza, ambos tenían argumentos válidos y ambos estaban convencidos de que su forma de producir era la correcta. Nunca existe una respuesta perfecta ni una solución permanente. Todo es equilibrio: demasiado es riesgoso, muy poco también lo es. Todo este balance, muchas veces injusto, hace que la agricultura sea una actividad de las más complejas que existen.
Al final un productor tiene que ser bueno en todo. Necesita inteligencia emocional para construir relaciones laborales sanas, inteligencia económica para tomar decisiones bajo presión y que beneficien a la empresa, por lo que también debe tener cualidades de empresario para poder sostener la rentabilidad.
Debe ser, además, un experto en ventas, en producción, en genética, en manejo de plagas y enfermedades; entender, aunque sea a grandes rasgos, la fisiología vegetal y dominar un listado interminable de variables que cambian a diario. Y a esto se suma algo que pocas veces se menciona: la capacidad de socializar, de negociar, de comunicarse y de sostener vínculos en un sector donde nada funciona de manera aislada.
La agricultura, una columna vertebral que sostiene a la sociedad
La agricultura es una ciencia silenciosa y cotidiana pero es la base de la existencia. Gracias a ella comemos, pero también vivimos cómodamente, descansamos, nos movemos, nos vestimos y habitamos los espacios que llamamos hogar. Gracias a ella existe la mesa en la que desayunamos, la cama en la que dormimos, la ropa que usamos, los libros que leemos y el café de las mañanas.
La agricultura está primero en cualquier mercado, es el inicio de cualquier teoría económica y es la ciencia que, si desaparece, causa que desaparezca todo. Sin el agro no hay medicina, ni ingenierías, no hay arte, ni educación, no hay sociedad y, a pesar de todo esto, es la disciplina más subestimada, su cotidianidad la vuelve invisible.
Es necesario recordar que la agricultura no solo sostiene cultivos, sostiene la vida y la estabilidad. El sistema social funciona gracias a que alguien en algún lugar tomó una decisión sobre un cultivo con respecto a su manejo o a la situación de las lluvias. El agro es un engranaje que nunca se detiene y con una complejidad que excede cualquier idea de simpleza. Defender al sector agrícola es defender la vida.
Bibliografía
Chóliz, M. (2005). Psicología de la emoción: El proceso emocional . Universidad de Valencia. https://www.uv.es/~choliz/Proceso%20emocional.pdf
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Beatriz del Cid
Ingeniera agrónoma. Mujer y humana. Amante de la literatura, la biología y la educación.










