Encuentros

“Encuentros” es una historia de coincidencias fortuitas, conexiones inesperadas y el poder de encontrarse en medio del caos de la rutina.
Créditos: Alejandro Solórzano

Esa noche, en la antesala de la historia que estoy por contar, me encontraba en mi habitación, sumido en mis cotidianidades. No tenía planeado salir; el peso de las preocupaciones del trabajo, la universidad, los pagos me agobiaba y la idea del bullicio de la noche, no me resultaba atractiva. Sin embargo, mis amigos insistieron con una determinación que rozaba la necedad y que, por esa misma amistad, toleras.

“No puedes quedarte aquí solo Alejandro”, me decían, como si fueran conscientes de que necesitaba un respiro, un momento de desconexión del mundo de adulto independiente al cual todos en los 20´s tenemos que estar. Y así, en medio de promesas de diversión, lograron convencerme de que salir sería una buena idea.

Contra mi propia voluntad, me vi arrastrado hacia el club, donde las luces parpadeantes y la música ensordecedora me recibieron. Escuchaba las canciones de mi playlist e inevitablemente, empecé a tararear y cantar mientras entrábamos. Mis amigos se dispersaron en busca de diversión, dejándome solo en medio de la multitud, razón por la cual, no entiendo la insistencia de que viniera para eso. 

Fui a la barra y pedí una caipirinha. Fue entonces cuando la vi, ella brillaba con una energía irresistible. Sus ojos destellaban con la promesa de la diversión, pero también llevaban consigo el peso de un corazón herido con una media sonrisa. No pude evitar sentirme atraído hacia ella, hacia esa mezcla de vulnerabilidad y fuerza.

Me acerqué con la confianza de quien sabe lo que quiere. “Hola, ¿Cómo estás?”, le pregunté, mi voz casi perdida en el estruendo de la música. Su respuesta fue breve pero cargada de significado: “Hoy quiero olvidar”. Asentí con complicidad, reconociendo ese deseo en mí mismo. Sin más preámbulos, la invité a la pista de baile y ella aceptó, con una sonrisa traviesa que prometía peligro.

Entre las luces parpadeantes y el ritmo envolvente, bailamos como si fuéramos los únicos. Los movimientos eran una invitación tentadora. Nos movíamos al compás del reggaetón, nuestras miradas entrelazadas en un juego de seducción sin palabras, bailamos después salsa, cumbia y bachata. 

En cada giro y cada roce, podía sentir la electricidad entre nosotros. Éramos como imanes, atrayéndonos con una fuerza irresistible. Me perdí en sus ojos, en el brillo de su sonrisa y por un instante, todo lo demás desapareció. La química entre nosotros era palpable e intensa en la oscuridad de la noche. No éramos solo dos extraños compartiendo un baile; éramos cómplices de un momento efímero, pero inolvidable.

Después de la euforia del club, nos encontramos en un lugar más tranquilo, lejos del bullicio y las luces. La noche nos abrigó con un manto de calma, ofreciéndonos un espacio para respirar y reflexionar. Nos sentamos juntos en un banco, dejando que el silencio entre nosotros hablara por sí mismo.

“¿Estás bien?”, pregunté. Notando la sombra de preocupación que oscurecía su mirada. Ella suspiró, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros. “Es solo… todo”, confesó, buscando las palabras adecuadas para expresar lo que estaba sintiendo. “A veces siento que estoy atrapada en un caos sin fin, sin saber qué dirección tomar.”

Escuché en silencio, entendiendo cada palabra que salía de sus labios. Sabía lo que era sentirse perdido en medio del caos cotidiano, luchando por encontrar un sentido en medio de la confusión. “Te entiendo”, murmuré, colocando una mano reconfortante sobre la suya. “A veces, la vida puede ser abrumadora, pero siempre hay una luz al final del túnel.”

Juntos, compartimos nuestras preocupaciones, nuestros miedos y nuestras esperanzas para el futuro. Había una comodidad en nuestra conversación, una sensación de conexión que me hizo sentir que la conocía desde hace mucho tiempo. Y mientras hablábamos, podía ver cómo su expresión se suavizaba, cómo el peso de sus preocupaciones se disipaba lentamente.

“Gracias”, dijo finalmente, con un brillo de gratitud en sus ojos. “Por escucharme, por entenderme.” Sonreí, sabiendo que esta era solo una pequeña parte de lo que podría ofrecerle. Sentí su mirada buscando la mía, como si estuviera buscando respuestas en lo más profundo de mi ser. Y sin decir una palabra, su rostro se acercó al mío, sus labios rozando los míos en un suave y sutil beso.

Fue un momento fugaz, pero lleno de significado. En ese instante, sentí una oleada de calidez y electricidad recorrer todo mi ser, como si el universo entero estuviera conspirando a nuestro favor. No había necesidad de palabras; ese beso hablaba por sí mismo, comunicando todo lo que sentíamos el uno por el otro en ese momento. Cuando nos separamos, nuestros ojos se encontraron en un entendimiento mutuo, en complicidad. 

Con una sonrisa tímida, ella rompió el silencio. “Lo siento, no sé qué me ha pasado”, murmuró, con una mezcla de timidez y valentía en su voz. “No tienes que disculparte”, respondí suavemente, sintiendo mi corazón latir con fuerza en mi pecho. “Estoy feliz de que hayas encontrado el valor para hacerlo.”

Después de ese momento de incertidumbre, decidimos que era muy tarde y debíamos regresar cada uno a casa. Me ofrecí a llevarla; lo cual ella agradeció y tomamos rumbo a su apartamento. Durante el camino, compartimos algunas risas y conversaciones triviales, tratando de despejar la tensión que todavía colgaba en el aire. Aunque ninguno de los dos mencionó el beso, ambos sabíamos que había cambiado algo entre nosotros, algo que no podíamos ignorar.

Finalmente, llegamos a la puerta de su casa. Nos detuvimos frente a ella, sin saber qué hacer a continuación. “Gracias por traerme y no solo pedirme un Uber”, dijo finalmente, con un tono de gratitud en su voz.

Bajé del auto para poder abrirle la puerta, ella empieza a sacar las llaves de su bolso y antes de despedirse, dio un paso hacia adelante. Su mirada llena de determinación y su mano buscando la mía. Sin una palabra, se acercó lentamente, sus labios encontrando los míos en un beso dulce, pero cargado de emoción. Fue un gesto inesperado, pero bienvenido. 

Cuando nos separamos, quedamos mirándonos el uno al otro, nuestros corazones latiendo al unísono en medio de la quietud de la noche. “Nos vemos pronto”, susurré, apenas audible sobre el latido apresurado de mi corazón.

Ella sonrió, una sonrisa llena de promesas y posibilidades. “Hasta pronto”, respondió, antes de darme un último abrazo y desaparecer a través de la puerta, esperé que ingresara y luego subí nuevamente a mi auto.

Mientras manejaba de regreso a casa, con el sabor de su beso aún fresco en mis labios, supe que este no era el final de nuestra historia, sino apenas el comienzo. Nos volveríamos a encontrar, eso estaba claro. Y cuando lo hiciéramos, estaríamos listos para enfrentar lo que sea que el destino tuviera reservado para nosotros. Porque cuando dos almas están destinadas a encontrarse, el universo siempre encuentra la manera de unirlas una vez más.

Créditos: Alejandro Solórzano
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