Entendiendo el fenómeno humano de la esperanza

La experiencia humana individual y colectiva puede ser un lío lleno de frustraciones y contradicciones donde, algunas veces, parece que la plenitud y la coherencia solo existen en una utopía lejana. A pesar de ello, este constante reto humano suele ser apaciguado gracias al actuar del regalo evolutivo, junto a otras cualidades y capacidades, llamado esperanza.

Hacer el ejercicio de hablar de algo intangible puede ser complicado, especialmente porque es una sensación difícil de poner en palabras. A pesar de ello, puede ser entendida de la misma manera por la gran mayoría de las personas en el planeta, aunque no compartan límites geográficos, origen étnico, o cultura; parece que es una parte existencial, universal y multifacética, pero al mismo tiempo, es misteriosa y elusiva. Lo cual limita su estudio sistemático y científico.

A pesar de su complejidad y abstracción, la esperanza ha sido la musa que inspira escritores, poetas, músicos, o filósofos durante siglos. Un ejemplo de ello es cómo el concepto de esperanza puede remontarse hasta la época de los filósofos de la antigua Grecia, donde esta era traída al mundo luego de haber sido abierta la caja de Pandora (Figura 1); incluso desde el principio ha sido conceptualizada desde un paralelismo infinito con el dolor, siendo esta una herramienta para proporcionar alivio ante las situaciones que puedan provocar ansiedad, luto, y/o abatimiento.

Pandora abre la caja, liberando todos los males del mundo (por James Gillray, 1809.

¿Podemos aplicar objetividad a una idea que parece vivir en el ámbito de lo abstracto?

A pesar de su longevidad, solo recientemente la esperanza comienza a ser estudiada científicamente para ser utilizada por el personal de salud en campos como oncología, psiquiatría y neurociencia, donde se valida su importancia como un factor clave para la rehabilitación de los pacientes. 

Por ejemplo, un artículo publicado por la editorial SAGEpub, llamado “Metrics of hope: Disciplining affect in oncology” sugiere que la esperanza se define como una respuesta necesaria ante la adversidad, pero que esta necesita ser gestionada, mantenida y reorientada según el pronóstico. También sugiere que el rol profesional reside en mejorar el potencial para controlar las respuestas conductuales o emocionales. Concluye indicando que comprender la esperanza del paciente tiene el poder de individualizar cada caso y encaminarlo hacia el ámbito productivo que permite la optimización de la vida.

Otro ejemplo basado en un artículo publicado en Acta Psychiatrica Scandinavica llamado “Hope in psychiatry: a review of the literature” reune las conclusiones de 49 estudios donde sugiere que la desesperanza es una consecuencia directa y sintomática de la enfermedad mental y también una consecuencia indirecta del estigma y la discriminación, por lo que se necesitan intervenciones clínicas para reintroducir y sostener la esperanza. También sugiere que las intervenciones para promover la esperanza tienen más probabilidades de ser efectivas cuando se dirigen a los componentes cognitivo, conductual, afectivo y ambiental. A pesar de su importancia, concluye que es necesario hacer un consenso intercultural, puesto que existe escasez de pruebas de ensayos clínicos sobre intervenciones para promover la esperanza.

Como la esperanza puede ser considerada como un proceso cognitivo, es válido suponer que su origen reside muy dentro de la mente. Un estudio publicado en la revista científica Social Cognitive and Affective Neuroscience llamado “Neurostructural correlates of hope: dispositional hope mediates the impact of the SMA gray matter volume on subjective well-being in late adolescence” sugiere que existe asociación entre el volumen de la materia gris y la capacidad de sentir esperanza, puesto que el área motora suplementaria (Supplementary motor area) se encuentra en la zona del cerebro que vincula la cognición con la acción. Además, esta zona conecta con la corteza prefrontal (prefrontal cortex) la cual se encarga del pensamiento de orden superior. (Figura 2)

Obtenida de blog digital thebrain.mcgill.ca Evidencia región anatómica de las zonas mencionadas.

En otro estudio llamado “How dopamine enhances an optimism bias in humans” publicado en la revista científica Current Biology, explica que a un grupo de participantes se les administró un fármaco que mejoraba función de la dopamina y a otro grupo se les administró un placebo, luego se les asignó la tarea de proporcionar estimaciones ante diversos acontecimientos adversos. Los del grupo experimental tenían más probabilidades para hacer predicciones optimistas que los participantes del otro grupo. Se concluyó que debido a la superposición que existe entre el optimismo y la esperanza, existe la  posibilidad que la dopamina contribuya a la expresión de la esperanza.

El vehículo de la esperanza

La posibilidad de que la esperanza está ligada a las emociones permite entenderla, de cierta manera, cómo un vehículo para la supervivencia. Los seres humanos son seres emocionales que enfrentan situaciones que salen de su muy limitado control, entonces es necesario un vehículo capaz de navegar frente a la adversidad.

Es necesario entender que la esperanza no es estática, sino que evoluciona, ya que cambia según las circunstancias, permitiendo que esta sea reformulada y redirigida hacia los objetivos individuales; permite diluir la angustia. 

Como se ha podido deducir, es difícil entender la esperanza a un nivel individual y si se considera el nivel colectivo, la complejidad aumenta porque cada sociedad se caracteriza por una orientación emocional diferente que es determinada por diferentes ideas centrales, discursos sociales, creencias, mitos y memorias colectivas en determinados momentos históricos, entre otros.

Una experiencia colectiva que permite entender la esperanza como una fuerza transformadora es la pandemia de la CoVID-19 que atacó al mundo. Ante la crisis, se pueden generar cambios culturales, políticos y económicos que tienen consecuencias sociales. Los valores y comportamientos existentes pueden cuestionarse y transformarse creando nuevas ideas sobre qué es bueno para la sociedad y qué medidas deben tomarse para mejorar la situación de calidad de vida general y el entorno natural. 

Un ejemplo de esto es un estudio realizado entre los años 2020 y 2021, el cuál demostró que, a pesar de la innegable tragedia que representó esta pandemia, algunos afortunados grupos humanos aumentaron sus niveles de esperanza y disminuyeron sus niveles de estrés durante los años de pandemia. Este estudio publicado en el libro “Hope across cultures” evidenció que de las personas entrevistadas de los países de Nigeria, Australia, Sudáfrica, India, y Portugal, sentía mayores niveles de esperanza. Esto puesto que se potenció un cambio social que aumentó los servicios de apoyo y las personas comenzaron a utilizar mecanismos de supervivencia como la religión o el humor.

Puntos de convergencia en el arte

En el  ibro “Oxford handbook of positive psychology” en el capítulo de “Emociones positivas” se expone cómo la esperanza puede considerarse como una parte que interfiere en el bienestar, puesto que este no solo se logra mediante el placer, sino principalmente a través de los desafíos de la vida.

Los desafíos de la vida y el dolor de las crisis están siempre acechando y por ello puede ser difícil permitirse sentir esperanza, independientemente del contexto. Es importante recordar que, desde su concepción, la esperanza es la otra cara de la misma moneda a la que pertenece el dolor. Desafortunadamente, o afortunadamente, el dolor es un idioma que la mayoría puede entender y esto se evidencia en el arte. 

Un poema de Emily Dickinson, poeta estadounidense del siglo XIX, escribió:

Hope is the thing with feathers -That perches in the soul -And sings the tune without the words - And never stops - at all

Esperanza es la cosa con plumas Que se asienta en el alma, Y canta la melodía sin palabras Y nunca se detiene -- para nada.

Emily Dickinson

Vania Vargas, escritora guatemalteca, quien escribe:

Dijo la esperanza que nos adelantáramos, que luego nos alcanza.

Una escritora menciona una canción que a veces no podemos escuchar, pero que siempre sigue sonando y la otra habla de alguien que no siempre está a nuestro lado, pero que pronto estará; nunca hablan que esta desaparezca. Simplemente que a veces la perdemos de vista. Dos personas que nada tienen que ver con contextos, tiempos y experiencias diferentes. Siendo lo único que comparten la experiencia humana de la esperanza. Un pequeño ejemplo de cómo la humanidad está predispuesta a la esperanza y alude a la noción que como seres humanos, somos caminantes que aún no están definidos y aun así, tenemos características que podemos compartir.

En conclusión

Esta omnipresente sensación hace frente ante todos los ecos de lo que alguna vez ha salido mal y ante las imágenes que se crean de todo lo que puede salir mal, por lo que puede ser capaz de permitir que se experimenten los gestos milagrosos del mundo ya que es simple y accesible para la mayoría.

Al final, el ejercicio de entender la esperanza puede ser fortuito porque puede ser catalogado como una emoción, un proceso cognitivo, un recurso existencial, una actitud, una construcción social, un hábito formado. Al final, se resume en que es un misterio.

Un misterio carente de forma que se caracteriza como una apertura al espíritu con respecto al resultado que reivindica la incertidumbre proporcionando al humano esperanzado la libertad de dejar que los acontecimientos se desarrollen a su alrededor en su propio tiempo.

Ante la adversidad, es imposible retroceder y cambiar el inicio, pero la esperanza permite iniciar un nuevo rumbo y posiblemente, cambiar el final.

En palabras de Vania Vargas:

Dale pita a la esperanza.

Si revienta, 

que reviente lejos.

1 comentario
  1. Gracias por hablar de la esperanza en un amplio sentido, desconocía muchas cosas acerca de ella, desde mi perspectiva la esperanza está fuertemente ligada con la fe y una no existe sin la otra, bonito artículo!

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