La vida es fugaz, especialmente cuando se es joven. En medio de estudiar, trabajar, mantener una vida social, romances, familia y aventuras, los años parecen escapar rápidamente. A veces, entre tantos compromisos y expectativas, se pierde la noción del tiempo. En la búsqueda por ser “la mejor” en todo, uno se sobrecarga, y es fácil sentirse perdido entre tantas demandas.

El peso de querer destacar y cumplir con las expectativas de los demás puede ser agotador. En ese afán, uno termina haciendo las cosas por obligación, no por pasión. Ya no actúas por ti mismo, sino porque crees que es lo que se espera de ti. Se pierde el sentido de lo que realmente nos llena y da satisfacción.
Y, en medio de esa exigencia, existe una sensación constante de que nunca es suficiente. A veces, parece que nada de lo que hacemos tiene el valor que queremos otorgarle.
Pero, aunque todo esto pueda parecer abrumador, es importante recordar que cada uno florece a su manera. Así como las flores, cada uno tiene su propio proceso de crecimiento. Algunas lo hacen con espinas, otras sin ellas; algunas de colores vibrantes, otras más neutrales. Lo que realmente importa es que, sin importar cómo o cuándo florezcamos, lo hacemos de acuerdo a nuestra esencia y nuestras circunstancias.
En los momentos de mayor incertidumbre, cuando sientes que no puedes seguir, siempre hay esperanzas, pequeños destellos de luz. Esos momentos de belleza inesperada son la señal de que, aunque todo parezca oscuro, el proceso de florecer sigue en marcha. Siempre hay una luz al final del túnel. A veces, esa luz está en los momentos más pequeños, en los gestos de resiliencia que nos permiten continuar.

Es fundamental recordar que, por más dañados o perdidos que nos sintamos, el florecer no siempre es inmediato. Algunas flores, por ejemplo, tardan un año en abrirse. El tiempo de crecimiento varía, pero lo que importa es que, sin importar las dificultades, seguimos creciendo.
Cada paso, cada intento de seguir adelante, nos acerca a esa flor que estamos destinados a ser. No importa cuántos obstáculos tengamos que superar; la capacidad de florecer está dentro de nosotros, esperando el momento adecuado para brillar. Y así, a pesar de las espinas, de la espera o de las dudas, florecemos, porque es parte de nuestra naturaleza.

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Cristina Meyer
Estudiante de Periodismo en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Activista por los derechos de la mujer y la comunidad LGBTQ+. Me gusta desenvolver mis ideas a través de la escritura.









1 comentario
Excelente lectura, enhorabuena, me ha hecho clic y me ha motivado a la reflexión, muchas gracias por compartirlo.