En esta época donde quien más grita, por más poder que tenga, no es quien siempre tiene la razón, discursos cargados de desinformación suenan más fuerte que las voces que promueven la empatía y la humanidad. Hace poco, Donald Trump habló durante un acto en la Casa Blanca, acompañado por su secretario de Salud, acerca de la supuesta “epidemia de autismo” y sus medidas para “erradicarla” sin respaldo científico. Más que un desliz en su discurso populista, encierra algo más grave: el desprecio a la diferencia, la tendencia a tratar lo diverso como un error a combatir y corregir.
El término neurodiversidad fue propuesto en los noventa por la socióloga Judy Singer. Un concepto tan sencillo como revolucionario: así como existe biodiversidad, existe diversidad neurológica.
Este nuevo enfoque busca romper con la idea de que existe una única forma correcta de pensar, sentir o existir. Cuestiona el nombrar las diferencias únicamente como patologías, porque hacerlo reduce y distorsiona la comprensión de los cerebros que operan distinto. Las personas neurodivergentes no procesan la información ni los estímulos de la misma forma que la mayoría, y eso no es un defecto: es parte de la variabilidad natural de nuestra especie.
Dentro de esta diversidad incluye a las personas neurotípicas, como las realidades neurodivergentes de las personas autistas, con atención divergente (conocido convencionalmente como TDAH), con altas capacidades, entre otros.
La neurodivergencia, por su parte, se refiere a las divergencias de algunos cerebros para percibir, pensar y sentir. Nuestras mentes, en su pluralidad, amplían lo que entendemos por inteligencia, emoción y creatividad. Una mirada desde el paradigma de la neurodivergencia fomenta una perspectiva no patologizante de las diferencias: no busca curarlas ni disimularlas, sino reconocerlas y darles espacio en la sociedad.
Eso no significa ignorar las dificultades ni las necesidades de apoyo que existen, sino comprenderlas desde la empatía, la dignidad y prácticas inclusivas.
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Es una forma de decir: nuestra manera de sentir y pensar no está rota, simplemente responde a un neurotipo distinto. Y en esa diferencia, he aprendido a encontrar respuestas, nombrar lo que somos y darle sentido a las experiencias.
En una cultura capacitista
Testimonios de las personas de la comunidad neurodivergente revelan que la cultura dominante estigmatiza, discrimina y segrega, desde su mirada capacitista. Podemos definir el capacitismo como el sistema en que por medio de actitudes, prácticas y políticas se excluye a las personas con discapacidad. En una sociedad que valora a las personas, neurodivergentes o no, únicamente por su capacidad de producir y de ceñirse a la norma.
Cuando alguien se sale del molde, cuando no puede sostener el ritmo de vida, el ruido, las luces, la presión, el sistema lo interpreta como deficiencia, no como diferencia.
Solo cuando la salud mental se quiebra se reconoce el problema (cuando entramos en crisis o burnouts), pero para “curar” lo que simplemente no encaja en la norma.
Yo también tuve esa visión limitada. Crecí percibiendo ese discurso de que “ser sensible” era algo negativo, un obstáculo que debía esconder.
Hoy sé que mi sensibilidad no viene de una fragilidad, sino otra forma de procesar el mundo, una expresión de mi neurotipo. Tener un cerebro que percibe los estímulos y las emociones con una intensidad distinta. Lo que antes sentía como una herida, ahora es una nueva forma de conexión.
Cuando el diagnóstico, a pesar de ser tardío, se vuelve espejo
Recibir un diagnóstico de neurodivergencia en la adultez es como ponerle subtítulos a tu propia historia. Todo hace sentido: las emociones intensas, la fatiga social, la incomodidad ante ciertos estímulos. Pero junto a la claridad, llega también el dolor: el de darte cuenta de cuántas veces tu diferencia fue interpretada como un defecto. Aunque también es un privilegio, poder llegar a este autoconocimiento dada la gran cantidad de mujeres o personas queer, que por ejemplo, nunca llegarán a tener un diagnóstico, reconocimiento y adaptaciones para su condición neurodivergente.
No pretendo hablar de neurodivergencias desde un punto de vista profesional porque, sencillamente, la intención es compartir desde la experiencia personal, desde la observación, la introspección y la búsqueda constante de sentido.
En esa búsqueda de información y respuestas a una vida marcada por las dudas y la sensación de incomprensión, solemos encontrar refugio en la investigación: papers, libros, tesis y conferencias. Gran parte de ese conocimiento proviene de profesionales entre los que puedo destacar al Dr. Devon Price, que también es neurodivergente, y que se ha atrevido a cuestionar el paradigma tradicional desde adentro, replanteado lo que significa hablar de neurodiversidad.
Frente a tantos profesionales desinformados, asociaciones y creadores de contenido que aún sostienen discursos capacitistas y patologizantes, son esas voces con experiencia neurodivergente en primera persona que, al mismo tiempo, ejercen desde la ciencia, la salud y la divulgación las que deberíamos escuchar más. Voces que nos recuerdan que no hay nada que curar, más que la desinformación.
En esos espacios comprendí esta analogía que me gusta usar para explicar los diferentes neurotipos que más que un error del sistema, son un programa en una versión distinta. Como si la sociedad fuese diseñada por y para “Microsoft”, nosotros simplemente somos diferentes formas de “Linux”: otros sistemas operativos, no menos válidos, solo diferentes.
Representación y resistencia cultural
La cultura popular representa constantemente a personas neurodivergentes, aunque muchas veces no lo reconozca. El fenómeno del autistic coding, personajes que exhiben rasgos autistas sin ser nombrados como tales, aparecen en series, películas y libros con más frecuencia de la que imaginamos. Dentro de la comunidad, solemos identificar personajes como Anne de Anne with an E; Luna Lovegood y Newt Scamander del universo de Harry Potter; o Lilo, de Lilo y Stitch. Personajes sensibles con miradas singulares del mundo, que resuenan con experiencias del colectivo y forman parte de un imaginario compartido que nos identifica frente a la falta de representación real de una mayoría de las personas neurodivergentes.
Sin embargo, cuando la neurodivergencia sí se menciona de forma explícita, suele hacerse desde narrativas capacitistas y estereotipadas: el clásico personaje masculino, caucásico, introvertido y obsesivo. Esa representación limitada borra la existencia de otras realidades, como las de mujeres adultas extrovertidas y personas racializadas con altas capacidades, que también forman parte de este amplio espectro, pero cuya experiencia rara vez llega a nombrarse en las pantallas o en las páginas. Esto impide que encontremos representación y sigue reproduciendo los estereotipos que tanto daño hacen, siendo que las personas que no encajan en ese personaje, no sean reconocidas.

¿Por qué seguimos reduciendo la neurodivergencia a caricaturas o tragedias?
Considero que parte del problema es que la representación en medios sigue viniendo del norte global, mientras en América Latina aún nos falta seguir construyendo narrativas en nuestro propio lenguaje sobre lo diverso, lo neurodiverso.
Evolucionando términos
Hans Asperger, cuyo nombre aún se utiliza erróneamente para clasificar a personas autistas “de alto funcionamiento”, colaboró con el régimen nazi ayudando a diferenciar entre quienes “merecían vivir” y quienes no. Con el argumento de que los autistas “funcionales” resultaban útiles para la sociedad.
Esa lógica, que por perturbadora que parezca, sigue viva en nuestra sociedad: vales si produces, si encajas, si te adaptas. Aunque el término Asperger debería estar en desuso para los profesionales desde la publicación del DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición), sigue presente en la narrativa colectiva. Desde el activismo neurodivergente, aún es una lucha constante desmontar esa herencia y reivindicar el autismo como un espectro.
Comprender el autismo como un espectro significa reconocer que cada persona tiene sus propias necesidades, hiper o hiposensibilidades y formas únicas de experimentar el mundo. Además, no existe tal cosa como ser “un poco autista” o “muy autista”.
Debemos de reconocer las neurodivergencias como discapacidades dinámicas e invisibles que encarnan la diversidad dentro de la diversidad. La discapacidad, en este sentido, forma parte de la identidad personal, y no solo de etiquetas médicas.
El modelo social de la discapacidad sostiene que las limitaciones surgen principalmente de las barreras del entorno y no de las características individuales.
Al aceptar que ser autista, TDAH o AACC es vivir en condición de discapacidad, no implica verlo como algo negativo. Por el contrario, significa reconocer la amplitud del espectro y las necesidades de adaptar el entorno sin negar las dificultades reales que muchas personas enfrentan día a día. Solo desde esa comprensión profunda nos será posible brindar apoyos completos, dignos y ajustados a cada singularidad.
Nombrarse es resistir
Ser neurodivergente no es una enfermedad, es una identidad. Y en un mundo que insiste en medirlo todo, nombrarse es resistir. No es solo un asunto médico, sino político y cultural: tener derecho a existir sin tener que justificarlo.
He escuchado a jóvenes usar la palabra “autista” como insulto, incluso en redes sociales disfrazándola, como “bautista” con humor. Eso duele, porque demuestra que todavía no sabemos pronunciar la diferencia sin desprecio.
Las palabras crean realidades. Y mientras palabras como “autista” sigan siendo sinónimo de rareza o torpeza, seguiremos reproduciendo una violencia simbólica que atraviesa a las personas neurodivergentes desde la infancia.
La diversidad es lo normal
Aceptar la neurodivergencia no es negar las dificultades: hay personas que necesitan apoyos mayores, y eso también forma parte del espectro. Pero la diversidad es la norma, no la excepción. Cada cerebro tiene su ritmo, su manera de percibir, su modo de comunicarse y de sentir.
El desafío está en construir un mundo que no nos pida enmascarar lo que somos, adaptarnos y dejar de ser quienes somos para pertenecer.
Referencias
Muñoz, C. (2023). Soy neurodivergente: Una guía para comprender. Plaza Janés.
Price, D. (2022). Unmasking autism: Discovering the new faces of neurodiversity. Harmony Books.
Codina, S. (2022). Neurodivina y punto. Lunwerg.
Sánchez, B. (2021). Pues no se te nota: Camuflaje en autismo, altas capacidades intelectuales y TDAH. Editorial Planeta.

Escrito por: Sofìa Menchù
Comunicadora y diseñadora, artista, música y activista. Con formación en gestión cultural, social media y marketing. Apasionada por los procesos creativos que unen la divulgación, el arte y la transformación social.














