Una experiencia que despertó mi curiosidad
Nunca había entrado a un apiario. Hace poco tuve la oportunidad de hacerlo y, para ser sincera, no imaginaba todo lo que iba a descubrir. Me puse por primera vez un traje de apicultura y entré entre cientos de abejas. Estar rodeada de ellas, escuchar ese zumbido constante y acercarme a sus colmenas fue completamente diferente a observarlas simplemente volando entre las flores.
Pude sostener en mis manos uno de los marcos del panal cubierto de abejas y observarlas muy de cerca. Nos hablaron de su importancia para nuestro ecosistema, de los distintos integrantes de la colonia, de las funciones que cada uno desempeña y de la enorme diversidad que existe entre las abejas. Incluso tuvimos la oportunidad de probar la miel directamente de la colmena.
Entre todo lo que aprendí aquel día hubo algo que se quedó especialmente en mi mente: nos explicaron que las abejas tienen comportamientos que podríamos comparar con tener su propio “basurero” e incluso su propio “cementerio”.
Y pensé: ¿cómo puede una sociedad formada por seres tan pequeños alcanzar semejante nivel de organización?. Esa curiosidad me llevó a investigar un poco más y descubrí que aquello que había visto y escuchado durante mi visita al apiario era apenas el comienzo.
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Una pequeña sociedad de miles de habitantes
Una colonia puede estar formada por decenas de miles de abejas y, aunque cuando las observamos podrían parecernos iguales, dentro de ella existen diferentes funciones.
Normalmente encontramos una abeja reina, que es la hembra reproductora de la colonia. Su principal función es poner los huevos que permitirán su continuidad. Su nombre podría hacernos imaginar que es quien gobierna y da instrucciones a las demás, pero no funciona exactamente así. La reina cumple un papel fundamental en la reproducción y sus señales químicas influyen en la organización social, mientras que la vida de la colmena depende de la interacción y cooperación entre miles de individuos.
Las abejas obreras, todas hembras, constituyen la gran mayoría de la población. Y aquí fue donde realmente me sorprendí con la cantidad de tareas que realizan: limpian las celdas, alimentan y cuidan a las crías, atienden a la reina, producen cera, procesan y almacenan alimento, ayudan a regular la temperatura, vigilan la entrada, defienden la colonia y salen en busca de néctar, polen y agua.
Además, una obrera no necesariamente realiza la misma función durante toda su vida. Las más jóvenes suelen comenzar con labores dentro de la colmena y, conforme pasan los días, pueden asumir otras responsabilidades hasta convertirse en recolectoras. Incluso esta distribución puede cambiar según las necesidades de la colonia.
Así que la próxima vez que observemos abejas volando frente a la entrada de una colmena, quizá estemos viendo mucho más de lo que imaginamos. Algunas estarán vigilando; otras regresando con alimento y otras preparándose para salir nuevamente.
Y luego están los zánganos, los machos de la colonia. Curiosamente, nosotros utilizamos la palabra “zángano” para referirnos a una persona que no quiere trabajar. Después de conocer un poco más sobre las abejas, la comparación me parece algo injusta.
Los zánganos no realizan las numerosas tareas de las obreras. Su función biológica principal es reproductiva: aparearse con una reina y contribuir así a la continuidad genética de la especie. No todos hacen lo mismo, ni necesitan hacerlo. Y quizá allí haya una primera enseñanza: cada uno puede aportar desde la función que le corresponde.
Una obra de ingeniería construida con cera
No solamente me sorprendieron las abejas. También me llamó mucho la atención la construcción del panal. Sus conocidas celdas tienen una disposición hexagonal. A simple vista podría parecernos solamente una forma bonita y característica, pero detrás de ella existe una extraordinaria eficiencia.
Al compartir sus paredes, los hexágonos permiten aprovechar muy bien el espacio, almacenar una gran cantidad de alimento y construir utilizando relativamente poca cera. Miles de pequeñas celdas encajan unas con otras prácticamente sin desperdiciar espacio. Resulta difícil observar un panal de cerca y no maravillarse.
Las abejas no han estudiado geometría ni calculan ángulos y medidas como nosotros; sin embargo, el resultado de su comportamiento colectivo produce una construcción extraordinariamente eficiente. A mí esto me hizo pensar que hacer algo mejor no siempre significa utilizar más recursos, sino aprender a aprovechar mejor lo que tenemos.
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Una danza que indica el camino
Otro de los comportamientos que más me sorprendió fue descubrir que las abejas pueden comunicar a sus compañeras dónde encontrar alimento mediante una danza.
Cuando una recolectora encuentra una buena fuente de néctar o polen, regresa a la colmena y puede realizar la conocida danza del meneo, cuyo recorrido recuerda la forma de un ocho. Y no es simplemente un movimiento curioso.
La duración del tramo central en el que mueve su abdomen está relacionada con la distancia a la que se encuentra el alimento, mientras que el ángulo de su movimiento comunica la dirección, tomando como referencia la posición del sol.
Esto me pareció fascinante: una abeja encuentra algo valioso y regresa para comunicar a las demás dónde encontrarlo.
No pude evitar relacionarlo con nosotros. Cuando encontramos algo bueno, una solución o simplemente aprendemos algo que puede ayudar a alguien más, compartirlo también tiene valor.

Limpieza, prevención y cuidado
Pero todavía me quedaba aquella curiosidad que había surgido durante la visita: ¿realmente las abejas tienen algo parecido a un “basurero” y un “cementerio”? No exactamente como nosotros los imaginamos, pero detrás de esas expresiones existen comportamientos reales.
Las abejas mantienen cuidadosamente la higiene de la colmena. Retiran residuos y materiales que podrían representar un riesgo e incluso pueden detectar determinadas crías enfermas, parasitadas o muertas y eliminarlas antes de que el problema pueda extenderse.
También existen obreras que retiran abejas muertas o material de cría muerta fuera de la colonia. Este tipo de comportamiento se conoce como necroforesis y contribuye a disminuir posibles fuentes de contaminación y enfermedades.
Esto me hizo pensar en algo muy sencillo: tan importante como cuidar aquello que necesitamos conservar es también saber identificar y retirar a tiempo aquello que puede causar daño.

Una alarma que no necesita palabras
Durante la visita también aprendí algo que seguramente recordaré la próxima vez que una abeja se acerque a mí. Las abejas cuentan con un sorprendente sistema de comunicación química. Cuando perciben una amenaza, y especialmente durante la defensa de la colmena, pueden liberar feromonas de alarma que alertan a otras y ayudan a coordinar su respuesta.
Esto no significa que, si matamos una abeja, automáticamente aparecerá un ejército para atacarnos. Pero sí ayuda a comprender por qué, especialmente cerca de una colmena, reaccionar con golpes o movimientos bruscos no es una buena idea.
Me pareció increíble pensar que, mientras nosotros necesitamos palabras, sonidos o gestos para advertir a otros de un peligro, ellas poseen un lenguaje químico que nosotros ni siquiera podemos percibir.
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No todas las abejas son iguales
Otra cosa que me fascinó fue descubrir precisamente eso: no todas las abejas son iguales. Existen miles de especies y algunas tienen características que les permiten desenvolverse mejor en determinados ambientes.
Los abejorros, por ejemplo, están especialmente adaptados a ambientes fríos y templados. Su cuerpo está cubierto por abundantes pelos que contribuyen al aislamiento térmico, y se ha observado que especies de climas más fríos pueden presentar pelos más largos. Y existen otras que parecen pequeñas joyas voladoras.
Las llamadas abejas de las orquídeas, presentes en las regiones tropicales de América, pueden mostrar impresionantes tonalidades metálicas verdes, azules o cobrizas. Los machos de estas abejas recolectan sustancias aromáticas de distintas fuentes, incluidas determinadas flores, y algunas especies mantienen relaciones muy particulares de polinización con ciertas orquídeas.
Una con características que le ayudan frente al frío; otra adaptada a una relación muy particular con ciertas flores.Esto también me hizo pensar que no todos necesitamos ser iguales. A veces nuestras diferencias son justamente las que nos ayudan a desenvolvernos mejor en el lugar donde estamos.

Cuando hace frío, juntas producen calor
La adaptación no termina en las características individuales. También existe una sorprendente capacidad colectiva para controlar el ambiente dentro de la colmena.
Cuando hace demasiado calor, las obreras pueden ventilar moviendo sus alas y utilizar agua y evaporación para ayudar a refrescar el interior. Cuando hace frío, pueden generar calor mediante actividad muscular y agruparse para conservarlo.
Una sola abeja difícilmente podría regular la temperatura de una colmena. Miles trabajando coordinadamente sí pueden hacerlo. Quizá esta sea una de las imágenes que más me gustan de todo lo que aprendí: cuando el entorno se vuelve difícil, cada una aporta algo para hacerlo más llevadero para las demás.
Pequeñas, pero indispensables
Después de aquella experiencia comprendí que detrás de cada cucharada de miel existe muchísimo más de lo que vemos: geometría, adaptación, comunicación, limpieza, protección, distribución de funciones y cooperación. Pero también comprendí que la importancia de las abejas va mucho más allá de la colmena y de la miel que producen.
Al desplazarse de flor en flor en busca de alimento, transportan polen y contribuyen a la reproducción de una enorme variedad de plantas. Gracias a la polinización, muchas especies pueden producir semillas y frutos, continuar sus ciclos y alimentar, a su vez, a otros seres vivos.
Esta relación entre las abejas y las plantas es un extraordinario ejemplo de mutualismo. Mientras la abeja obtiene de las flores recursos que necesita, como néctar y polen, al desplazarse entre ellas transporta el polen y favorece la reproducción de numerosas especies vegetales. Las dos se benefician y, lo más interesante, es que ese beneficio no termina allí.
De esa relación surgen semillas y frutos que servirán de alimento a otras especies. Árboles, frutas, vegetales y plantas silvestres forman parte de esa enorme red de vida en la que las abejas y otros polinizadores desempeñan un papel fundamental.
Resulta sorprendente pensar que criaturas tan pequeñas puedan contribuir a procesos tan grandes. Y quizá allí esté una de las cosas que más me dejó pensando después de conocerlas: podemos recibir aquello que necesitamos y, al mismo tiempo, aportar algo a los demás.
Dentro de la colmena ninguna abeja necesita hacerlo todo. Una recolecta mientras otra cuida. Una vigila mientras otra limpia. Una genera calor mientras otras se agrupan. Una encuentra alimento y regresa para comunicar a las demás dónde está.
Cada una aporta desde aquello que le corresponde. Y mientras realizan esas pequeñas tareas necesarias para su propia supervivencia, también están contribuyendo a algo mucho más grande fuera de su colmena.
Lo que aprendí al final de la jornada
Conocer de cerca el mundo de las abejas cambió mi manera de verlas. Detrás de su pequeño tamaño descubrí una sorprendente capacidad de organización, adaptación y cooperación, pero también comprendí mucho mejor la enorme importancia que tienen para la naturaleza.
Esta experiencia me dejó pensando que cada especie que habita nuestro planeta tiene su importancia, su propia forma de vida y, si nos detenemos a observarla, algo que puede enseñarnos.
En lo personal, mientras más conocía sobre las abejas, más difícil me resultaba no maravillarme. Su manera de comunicarse, organizarse, construir, protegerse y trabajar juntas me hizo pensar que solo un Ser Supremo pudo haber creado semejante inteligencia en un ser tan diminuto. Para mí, observar la naturaleza también es una manera de reconocer la grandeza de Dios en aquello que muchas veces pasa inadvertido ante nuestros ojos.
Y me quedo especialmente con algo: no necesitamos hacerlo todo para hacer la diferencia. A veces una pequeña acción, sumada a muchas otras, puede terminar siendo parte de algo mucho más grande.
Ahora, cuando veo una abeja volando de flor en flor, seguramente la observaré de otra manera. Y si alguna vez has sentido curiosidad por entrar a un apiario, te animo a vivir la experiencia. Escuchar el zumbido de cientos de abejas a tu alrededor, observar de cerca un panal, conocer cómo viven y comprender un poco mejor todo lo que hacen es algo difícil de explicar hasta que se vive.
Yo entré por curiosidad y salí admirándolas mucho más. Quizá te suceda lo mismo.
Agradecimiento
A Gabriel, apicultor que nos acompañó durante la visita al apiario y compartió con nosotros sus conocimientos y experiencia. Muchas de sus explicaciones despertaron mi curiosidad y fueron el punto de partida para seguir investigando y escribir este artículo.
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Marilú Retana
Celebrante y acompañante certificada en el duelo; con conocimientos de tanatología, logoterapia y psicología positiva. Interesada por conocer el comportamiento humano y aportar positivamente a la humanidad. “Trabajo cada día para fortalecer mis valores y mi espíritu, con responsabilidad y humanismo, me esfuerzo por cambiar la vida de las personas, haciendo actos de amor que inspiren a crecer, a celebra la vida y a tener esperanza”









