Hay que ser idiotas

Hace pocos días me sorprendí en un almuerzo familiar alineado con una tía católica mientras defendía el voto por un cambio pese a lo que decían sus amigas y en cambio, supe que serían las últimas cervezas con ese primo buena onda que afirmaba, con semblante serio y un tono de voz grave, que todo daba igual porque los gringos ya habían decidido los resultados. “No puede ser”, pensé.

Como en cualquier otra campaña política, los encuentros y desencuentros en éstas últimas semanas han sido abundantes. Hace pocos días me sorprendí en un almuerzo familiar alineado con una tía católica mientras defendía el voto por un cambio pese a lo que decían sus amigas y en cambio, supe que serían las últimas cervezas con ese primo buena onda que afirmaba, con semblante serio y un tono de voz grave, que todo daba igual porque los gringos ya habían decidido los resultados. “No puede ser”, pensé. Que la discusión política se redujera a este cúmulo de interacciones adulteradas por nuestras propias limitaciones, plagadas de momentos degradantes y hostiles. Da ganas de hacerse apolítico, de hacerse el idiota, al menos en el sentido que los griegos le daban para nombrar al ciudadano indiferente a los asuntos públicos.    

A pesar del reparo que siento y consciente de mi necesidad de agradar a los demás, ha sido inevitable –no voy a mentir, ha sido un alivio– marcar distancias con ciertas personas por sus recientes posturas políticas. No sé si esto sea síntoma de madurez o su contrario, pero hace tiempo decidí, imitando al buen Jep Gambardella en la Grande Bellezza, que no iba a perder más el tiempo en cosas que no me vienen en buena gana. Y compartir con quienes prefieren un modelo autoritario y corrupto a uno democrático y libre –uno que procure impunidad a otro que promueva un Estado de derecho, uno que imponga una visión reducida a otro que sea respetuoso con la pluralidad– no me apetece en estos momentos.

Con cada separación me pregunto si me convertí en ese insoportable sujeto que alguna vez juré no ser; ese obsesionado que vomita como disco rayado su monólogo aleccionador y mide a las personas según sus opiniones. Sin duda tengo mis épocas de bilis y miradas sobre el hombro, días que quizás han sido meses desquiciados en los que después terminó en ese análisis culposo en el que prometo moderación, tomar cierta distancia y un esfuerzo titánico por “tender puentes” de comprensión. Pero luego sigo el hilo de mi reflexión y veo que mis demandas supuestamente “radicales” circundan en una idea tan básica como la de una democracia y un Estado funcional para todos que pierdo cualquier atisbo de vergüenza y la necesidad de castigarme. Porque, aunque es verdad que necesitamos puentes, los necesitamos construir entre quienes comparten un mínimo de reglas escritas y no escritas, no con quienes su única regla es el “todo vale”. Por eso es que hay ciertas intolerancias, como la que tengo hacia ciertos simplismos autoritarios y otras acrobacias mentales, que estoy dispuesto a tolerar. Aunque a veces preferiría mejor solo hacerme el idiota, pedir otra cerveza y cambiar de tema con el primo buena onda.

Lo ideal es manejarse con cierta flexibilidad, pero las idas y venidas de los golpistas y tramposos durante estas elecciones me han sobrepasado. No puedo ver un video más, escuchar ni leer otra tontería que tenga relación con la desgastante coyuntura. Pareciera que, a la inversa de los griegos, aquí los idiotas son los que se interesan por los asuntos públicos. Y estoy sorprendido de la bajeza que he visto desfilar, y no precisamente de los políticos, sino la de muchos ciudadanos que se han prestado a la desinformación y crispación del ambiente, que además conscientemente –sin que medie una relación de necesidad– votarán por el continuismo de retroceso. 

Allá ellos, a mí no me alcanzarían las mentiras para conciliar el sueño después de entregarle un voto a la alianza criminal que existe de facto. Y disculpen la candidez, pero en este punto de inflexión, cuando las diferencias son tan obvias que hasta los ciegos las ven, no logro aceptar, así como dijo Marta Elena Casaús en TanGente, que exista alguna disyuntiva o que en esta elección haya elección posible. Hoy no hay tibiezas, vuelva mañana.

Por eso es que sea o no el resultado esperado, después del 20 de agosto me alejaré y procuraré ser más idiota, a lo griego y no griego para variar. Pero puede que sea necesario aplazar estos planes para después del 14 de enero porque solo puedo hacerme el idiota si la democracia se mantiene y nuestros derechos están asegurados. Solo así podré volver a mis afanes más personales, a saludar al primo buena onda y ser más idiotas, o lo que vendría a ser libres en su sentido moderno. Libre de la política, libre de esas preocupaciones.

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