IGSS: donde el duelo se convierte en trámite

No pensé en escribir un día un artículo que fuese de la experiencia de perder a mi papá y enfrentarme, en medio del duelo, a la frialdad del IGSS. Fueron cinco años donde me sentí asfixiada por la burocracia y el maltrato institucional y quise creer que en el fallecimiento todo se detendría, pero una vez más convirtió cada trámite en una carga emocional. Quiero hacer constar que lo siguiente es un testimonio que busca honrar la memoria de mi padre mientras cuestiono la deshumanización del sistema público de salud.

ADVERTENCIA: Este texto aborda experiencias de duelo, pérdida familiar y situaciones dolorosas vividas dentro del IGSS. Invito al lector a aproximarse con sensibilidad y consideración, recordando que detrás de cada trámite hay una historia humana y un corazón que atraviesa momentos difíciles.

DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: El presente artículo refleja exclusivamente mi experiencia personal y mis percepciones como familiar de un afiliado. No constituye una imputación legal, médica ni administrativa contra persona o institución alguna, sino un testimonio humano escrito desde el duelo.

EN MEMORIA DE GUSTAVO A. DÍAZ 1967-2025

El último año me he aferrado a una frase que intento repetirme cuando las cosas no marchan bien: «Estoy bien con lo que tengo, porque la vida siempre puede demostrarte que todo puede ser peor.» Y sin duda, la última lección que me dejó mi papá no vino directamente de él, sino del entorno que lo rodeó cuando ya no podía defenderse. Una lección amarga, injusta y que nadie debería aprender en carne propia.

Podría decir que el desgaste emocional que hoy asocio con el IGSS comenzó después del 20 de noviembre de 2025, pero no sería del todo cierto. Tal vez inició en 2020, cuando mi papá empezó a enfermar; se intensificó en 2023, cuando las visitas se volvieron cada vez más frecuentes; estuvo a punto de colapsar en 2024 y, finalmente, estalló este año.

Sería deshonesta si negara que existe enojo y frustración acumulada hacia la institución. Aquella noche de jueves, poco antes de la medianoche, recibimos la llamada que nos comunicó su fallecimiento. Mi mente se resistía a aceptar la noticia. Intentaba convencerme de que debía verlo con mis propios ojos para creerlo, como si aún existiera un margen para el error.

Mientras me preparaba para ir a reconocerlo, recibí otra llamada. No habían pasado ni dos horas y ya se nos solicitaba definir quién asumiría responsabilidades legales y presentarnos de inmediato. En ese momento, sentí que el hecho más doloroso de mi vida estaba siendo tratado como un procedimiento más. Colgué. La sensación de furia e impotencia fue inevitable. 

El momento de reconocerlo fue devastador. Nada te prepara para esa imagen que queda grabada de forma permanente en tu retina y sentimientos que a pesar del tiempo, nunca conseguirás comprender. El dolor, el enojo, la impotencia, la incredulidad. Al día de hoy, sigo sin entender que sentí esa noche, puede que pase mucho sin entenderlo. Tampoco te preparan para lo que viene después: repetir despedidas, ver una y otra vez a quien amas reducido a un cuerpo dentro de una bolsa. 

La manera en que se gestiona ese proceso puede sentirse profundamente insensible; para quien acompaña el duelo, deja la impresión de que se trata simplemente de cumplir pasos administrativos.

Desde mi vivencia, en esos pasillos fríos sentí que mi papá dejaba de ser padre, persona, historia, para convertirse en un expediente. Y con ello, el familiar parece reducirse también a una molestia más dentro del sistema. 

Creí que ese sería el punto más bajo, pero los trámites posteriores al fallecimiento demostraron que el desgaste no había terminado. Pasó más de una semana sin que la oficina central tuviera registro del deceso. Los requisitos para acceder a la Pensión por riesgo de Vejez (IVS) me resultaron abrumadores. Las certificaciones negativas y la imposibilidad de exhibir el expediente hicieron que cada gestión se sintiera como estrellarse contra una pared.

Hoy las cosas siguen siendo difíciles. No porque el duelo no avance, sino porque cada recuerdo de esos procesos despierta nuevas emociones. Y quiero aclararlo: no escribo desde el deseo de generar odio o repudio. Al contrario, escribo porque creo que concientizar también es una forma de honrar. Aunque resulte doloroso admitirlo, el IGSS es una institución necesaria y desde mi vivencia, considero que merece ser cuestionada cuando falla en humanidad.

A lo largo de este camino, conocí a algunas personas dentro del sistema que sí mostraron sensibilidad y sería injusto no reconocerlo. A decir verdad, puedo contarlas con los dedos de mis manos. Sin embargo, también enfrenté actitudes duras, comunicación poco empática y respuestas que, en momentos de vulnerabilidad extrema, se sienten desproporcionadas.

Hoy solo me quedan el silencio y las lágrimas que he contenido y las que he dejado salir. Pienso en cuánto luché por mi papá, en lo que él aportó durante años dentro de esas paredes, pagando puntualmente para recibir una atención digna. Desde mi experiencia personal, me quedó la sensación de que en nuestro país ni en vida ni en muerte recibimos lo que merecemos. 

Por eso escribo esto. Porque no quiero que su memoria se pierda entre sellos y firmas apresuradas. Porque él fue mucho más que un expediente. Porque su historia —y la de tantos otros— merece ser contada.

Escribo para recordar a mi papá, para que su nombre siga aquí, respirando entre mis palabras. Escribo como una forma de protesta silenciosa y como un testimonio para quienes han sentido lo mismo. Escribo para invitar a otros a preguntar, a dudar, a exigir información clara y, cuando sea posible, buscar segundas opiniones médicas.

Desde mi experiencia como hija, sentí que el diagnóstico llegó demasiado tarde, algo que ya había sido señalado años antes en el ámbito privado y que fue confirmado tiempo después dentro del sistema público. Esa vivencia marcó profundamente mi forma de ver la salud y la atención institucional.

Deseo que este texto llegue a quien aún está a tiempo de cuestionar, de informarse y de acompañar con mayor cuidado a quienes atraviesan estos procesos. Ojalá sirva para que mi papá sepa que su dolor no quedó en vano. Que sigo aquí, luchando con palabras, por él y por quienes todavía siguen con vida. Porque por ellos, la lucha aún merece la pena.

Este texto no constituye una imputación legal, médica ni administrativa contra persona o institución alguna, no se atribuyen responsabilidades legales o médicas.

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