Este texto seguro será muy diferente a lo que suelo escribir. Advierto que no incluye noticias, investigación, ni verificaciones, sino mi experiencia y pensamiento. Hace poco tuve que despedirme de un niño que, con el tiempo, se ganó una parte enorme de mi corazón. No entraré en detalles por respeto a la privacidad de ambos, pero a manera de contexto: fui su tutora.
Aunque se suponía que yo era quien debía enseñarle a él, resultó siendo al revés (y por eso el mundo de la educación es tan fascinante). Me despedí de él en contra de mi voluntad, pues mi tiempo ahora es otro y en la vida, hay que sacrificar algunas cosas para obtener otras (a veces sucede y requiere mucho coraje).
Decirle adiós fue difícil porque sabía que él no quería, y yo tampoco. No tuve la valentía de decirle directamente que no volvería a verlo con la misma regularidad de antes. Cuando llegué, sin analizarlo bien, le dije “pon atención porque hoy es el último día”. Él se asustó, noté su ansiedad y confusión porque no sabía exactamente a qué me refería yo.
Por supuesto, me preguntó varias veces qué quería decir y buscó confirmar que yo llegaría como siempre. A mí me gustaba preguntarle cómo le había ido en el colegio y que me contara algo de su día. Esa vez, me contó que una niña se había burlado de él por preguntar de quién era un libro, en lugar de leer el nombre del dueño. Esto me permitió tener una conversación que nunca olvidaré, y que comparto aquí:
—Es que siempre hace eso, se burla y me dice que no sé leer o cosas así —me dijo.
—Pero tú sabes que eso no es cierto, ¿verdad? —pregunté.
—Sí, pero ella siempre hace y dice esas cosas.
—Diferenciemos lo que es una opinión de lo que es la realidad. Si yo te digo que eres feo, ¿de verdad te vuelves feo? —cuestioné. Rápido me dijo que no.
—Bueno, acá es lo mismo. La niña y otras personas podrán decirte muchas cosas, pero son opiniones, no hechos. Está bien que te sientas triste, pero recuerda que tú conoces la verdad —le dije.
—Está bien, sigamos —me contestó al final de la conversación.
Yo estaba evitando llorar porque sabía que era mi forma de dejarlo que él siga su camino, y yo el mío. Aunque me entristece mucho, estoy muy agradecida por haberlo podido conocer y por darme cuenta de que me tomó cariño. Por otra parte, entendí perfectamente cómo se siente porque me vi reflejada en él, pero también entendí cómo se pudieron sentir las personas que en su momento, fungieron ese rol conmigo.
A mí también me pasó
Esto que pasó me dejó pensando un par de días, hasta concluir que irse no siempre es abandonar. Es algo que ya había aprendido y que entendí en su momento, cuando personas a las que yo amé o amo, se fueron. Algunas, por el curso lógico de la vida que termina en la muerte, y otras, porque las situaciones así lo exigieron.
El despedirse no siempre significa que la persona quiere irse o que no pueda volver a estar. A veces, significa que los roles cambiarán, que la constancia será menor o simplemente, que comenzará otra etapa. Escribir esa teoría es fácil, pero vivirla es muy doloroso. Lo sé porque me ha tocado —como a todos— ver que alguien se aleja de mí sin que yo quiera. Ahora también lo sé porque a mí me tocó irme.
Seguramente, volveré a ver al niño en algún momento. Puede que sea pronto, o en unos meses. Pueda que siga siendo un niño, o sea un adolescente o adulto. Pero esto me hace recordar que, aunque el tiempo pase, yo siempre recordaré la parte más significativa de lo que compartimos; al igual que otras personas a las que ya no veo periódicamente, pero cuyos recuerdos sigo atesorando.
También me hace recordar que el tiempo y la vida se pasan rápido. Por eso, valoro cada salida, conversación o momento que puedo tener con los que amo, y sentir que puedo aportar un poco de calidez en su realidad, es la satisfacción más grande que me queda.
Como es de esperarse, este texto es parte de un duelo. Es también, en atención a los —quizá diez— textos que mi psicólogo me ha pedido escribir y que no he hecho para no enfrentar la profundidad de mi dolor, o a veces por hueva. Aunque este surgió como iniciativa propia, he decidido dedicarlo a mis dos terapeutas como agradecimiento a cada minuto que me han brindado de su tiempo y a cada acto de cariño que han tenido hacia mí.
Porque, seguramente, muchas veces me atendieron cansados, enojados o preocupados por alguna situación propia. Aún así, siempre me han hecho sentir acompañada. Más allá de que sea su trabajo, es su calidad como humanos y nadie los obligó a creer en mí, pero lo hicieron. No sé si leerán el texto, pero sí sé que de alguna forma, sabrán que los quiero mucho.
Y al lector, gracias por leer un texto personal. Siempre he pensado que los géneros periodísticos no están hechos solo para informar o presentar datos fríos. Están hechos para transmitir realidades, emociones y vivencias. Esta es una propia, que decidí publicar porque tal vez alguien más se sienta identificado.
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Yolanda Tórtola
Periodista egresada de la USAC, comunicadora social y estudiante de Criminología y Política Criminal. Apasionada por intercambiar aprendizajes. Disfruto bailar salsa, revisar textos y leer novelas policíacas.










