La cueva de Manresa

Carlos Bojorge evoca la experiencia espiritual de San Ignacio de Loyola en su retiro en Manresa como un espejo de su propio exilio. Desde la figura del santo que llora y ora entre las piedras, el autor traza un paralelismo íntimo: su propia cueva no está en España, sino en la tierra ajena donde escribe para sobrevivir al olvido. Con tono contemplativo y despojado, Bojorge hace de la oscuridad un lugar de revelación, donde la herida se vuelve espejo y el amor, servicio.

En una cueva, un hombre se despoja de sí mismo.

No le queda más que la herida

y un puñado de lágrimas que le nacen del pecho.

Allí, donde la roca se vuelve altar,

la pobreza florece como un misterio.

Ignacio llora y ora,

no para huir del mundo,

sino para amarlo desde otro fuego.

Comprende que servir

es la forma más alta de amar,

y que toda luz nace del barro.

Yo también tengo mi cueva:

no está en Manresa,

sino en esta tierra ajena

donde escribo para no olvidar que existo.

Aquí, mi exilio se convierte en oración,

mi dolor en semilla,

mi palabra en pan.

Y cuando cierro los ojos,

veo a aquel peregrino de Loyola

ofrecer su herida como espejo.

Me invita a seguir,

a no temer la oscuridad,

porque de ella – me dice –

nace la claridad del alma.

Escrito por Carlos Bojorge.

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