En una cueva, un hombre se despoja de sí mismo.
No le queda más que la herida
y un puñado de lágrimas que le nacen del pecho.
Allí, donde la roca se vuelve altar,
la pobreza florece como un misterio.
Ignacio llora y ora,
no para huir del mundo,
sino para amarlo desde otro fuego.
Comprende que servir
es la forma más alta de amar,
y que toda luz nace del barro.
Yo también tengo mi cueva:
no está en Manresa,
sino en esta tierra ajena
donde escribo para no olvidar que existo.
Aquí, mi exilio se convierte en oración,
mi dolor en semilla,
mi palabra en pan.
Y cuando cierro los ojos,
veo a aquel peregrino de Loyola
ofrecer su herida como espejo.
Me invita a seguir,
a no temer la oscuridad,
porque de ella – me dice –
nace la claridad del alma.
Escrito por Carlos Bojorge.
Te podría interesar: Nicaragua en Resistencia: Una Visión desde el Exilio








