La importancia del correcto acompañar en el adiós.

Ninguna cualidad y ningún esfuerzo permite escapar de la muerte y sin avisar, se vuelve real; abandona el plano de lo abstracto y cobra protagonismo. Un amigo enfermo, un padre mayor, un compañero que tuvo un accidente, uno mismo; de pronto la muerte le arrebata la identidad a algo que forma parte de nuestra vida y lo absorbe, devolviendo un pequeño remanente de lo que fue pero no sin costo; nos exige verla, y nos exige que reconozcamos su presencia.

Estar vivo; esa experiencia que, muchas veces, se da por sentado y que carece de significado inherente, pero que permite embarcarnos constantemente en la búsqueda de las herramientas para personalizar este regalo sin forma y saldar la deuda intransferible que se tiene únicamente con uno mismo.

Este enfoque, hace que se viva constantemente, con visión de túnel, lo cual permite enfocarse únicamente en el largo camino por delante, el cual está lleno de expectativas y oportunidades, ignorando todo alrededor. Un camino lleno de posibilidades que desconoce el concepto de la muerte y lo vuelve algo ajeno, aunque no lo sea.

¿Por qué algunas veces decidimos ignorar la idea de la muerte?

Podría ser porque el pensamiento de la muerte arroja, sin preguntar, una rutina que no es propia, donde constantemente estás viendo sobre tu hombro para asegurarte que no está cerca. Esta constante incertidumbre no permite estar seguro de lo que se debe hacer, de lo que va a pasar e incluso, pone en duda si es posible disfrutar de las cosas.

Además, en la actualidad, los hospitales son el principal lugar que suele ofrecer mejores posibilidades para la prolongación de la vida. Lamentablemente, por esto, los hospitales dejan de ser únicamente un lugar curativo y se convierten en un asilo, donde las familias pueden aliviar la carga de cuidar a los enfermos y continuar con su vida, como de costumbre. Esto puede provocar en la persona que necesita la atención médica un profundo sentimiento de abandono.

Por otro lado, para la mayoría de los guatemaltecos, los servicios de salud a su disposición son deficientes y muchas veces, las instalaciones son deplorables. Por lo que es común encontrar espacios con olor a secreciones humanas, sábanas sucias y desborde de pacientes. Esto lleva a que se cree la idea de que la muerte es fea, sucia y que debería ser escondida.

Créditos: Simone Dalmasso

Lo anterior, convierte a los hospitales en el ambiente natural para que la muerte ocurra; generando anticipación y estrés que se ha normalizado.

¿Todas las muertes son iguales?

Depende de las circunstancias y los contextos individuales. Actualmente, la complejidad de una enfermedad terminal pone en evidencia la vulnerabilidad del ser humano ante el dolor, el sufrimiento y cómo esto lleva a enfrentar situaciones nunca antes pensadas, acentuando la crisis subjetiva que acompaña al paciente y en menor medida, a familiares y amigos.

El necesitar ayuda por la complejidad de la enfermedad terminal, ha llevado a una medicalización de la muerte que, como consecuencia, llevó a que un proceso común que antes tendría un desenlace en un ambiente cálido y familiar pero ahora, es un proceso frío y áspero, al que muchos le temen. 

Ahora, se presentan casos, donde la muerte ya no le pertenece siquiera a quien la está atravesando. La medicalización de la muerte muchas veces se convierte en un proceso organizado por burocracia institucional y la considera algo que debe causar la menor perturbación posible. 

Entonces, no todas las muertes son iguales, pero la mayoría comparte que ya no es vista como un fenómeno natural y cuando sucede, es vista como un fracaso y/o, dependiendo del contexto, un negocio perdido.

¿Cómo cambiar el enfoque de la muerte?

Aceptar que existe es el primer paso y aceptar que no se puede negar la muerte, podría ser el segundo. Con ello se acepta que su presencia es disruptiva, pero al mismo tiempo, no siempre es fatalmente inesperada. Hay que reconocer que cargar con este peso es molesto porque lleva a cuestionar si realmente somos dueños de nuestra vida y si gobernamos nuestra existencia.

Este sentimiento de ser finitos puede ser aterrador, pero permite apreciar realmente que todo se acaba y lo único que persiste, es el amor que se da a las personas. Por ejemplo, el hecho de experimentar duelo posterior a la muerte es un reflejo de las emociones que se tenían cuando se compartía la vida y es hasta ese momento, en que somos realmente conscientes de la pérdida de algo realmente importante.

Con el ciclo sin fin de cambio entre el conflicto y la resolución que trae el luto, el valor de la muerte se hace visible y hace ver que es inherente a la idea de que cada persona es única. El luto que nace por la pérdida de un miembro valioso de la sociedad; irremplazable, inimitable. Quizá, el último gesto de amor y/o respeto a la vida humana, es permitirle a la persona morir con dignidad.

Desde la dignidad ¿Cómo se ve la muerte?

Permite evitar que se relegue meramente a un fenómeno que vive exclusivamente en el ámbito de lo biológico y permite reconocer que, aunque se esté muriendo activamente, no se ha dejado de vivir. Los anhelos, las emociones, su presencia siguen existiendo. Esto lleva a que se experimente desde empatía y cordialidad y no desde la conmiseración; desprendiéndose así de la idea que, si alguien necesita cuidados, lo hace menos valioso.

Permite proporcionar acompañamiento, quizá, hasta el final del camino, porque el dolor físico no puede ser compartido, ya que cada quien vive solo dentro de su propio cuerpo. Por lo que en este mundo donde nuestro limitado lenguaje no ha creado las palabras necesarias para expresar de manera apropiada lo que se está viviendo, pocas cosas se pueden comparar con el sentimiento que proporciona la solidaridad.

La etimología de la palabra sufrimiento proviene del latín sufferre, “sub” se refiere a “debajo de” y “ferre” a “peso”, por lo que el concepto hace alusión a “cargar un peso”. Aunque sea un peso molesto, voluminoso, pegajoso y persistente, quizá la carga compartida, podría hacer que sea más tolerable.

El final de la vida

Puede tomar algún tiempo reducir la velocidad y apreciar las pequeñas cosas, porque se entiende que la historia sobre el futuro ha desaparecido; no se reemplaza, simplemente desaparece. Y quien enfrenta el final de su vida lo sabe, consciente o subconscientemente.

Un estudio publicado en 2020, en la revista Palliative Medicine Reports, titulado “Expanding the Understanding of Content of End-of-Life Dreams and Visions: A Consensual Qualitative Research Analysis”, cuenta cómo los pacientes presentan sueños mientras duermen y visiones mientras están en vigilia durante meses, semanas, días, u horas antes de morir.

A menudo, incluyen a familiares o amigos vivos o muertos, experiencias significativas, mascotas, figuras religiosas, y/o destinos que, cuando no son descartadas como alucinaciones, demencia o delirio inducidos por drogas, desempeñan un papel importante en la trayectoria de la muerte al ofrecer consuelo psicológico y espiritual que permite la creación de significado a sus últimos momentos.

Es difícil documentar los últimos momentos de la vida, especialmente porque requiere una introspección íntima y personal que el paciente, quizá, no tenga energía para hacer. Entonces, aunque no se entienda del todo lo qué está pasando, una muerte con dignidad debería ofrecer armonía, mutualidad, y respeto.

¿Existe algo después del final?

Ni las grandes mentes de la ciencia, la filosofía o la religión, han podido responder a esta pregunta. Es por ello que la muerte, sigue siendo una sombra cuya presencia, solo se percibe tenuemente, relegada a la periferia de la vida.

Por lo que lo único que nos queda por creer, es una promesa sin fecha de entrega ni fecha de caducidad o, simplemente, el fin de la interacción entre cerebro y su medio, dando así un cierre para el individuo, donde después, solo queda la nada. 

Responder a esto podría satisfacer las fantasías de proyecciones psicológicas, de autosatisfacción, de afirmación del yo, y/o entender el resultado de reacciones neurobioquímicas y, finalmente, comprender si la muerte es un muro o una puerta. 

Comprender si la conciencia de uno mismo puede existir a pesar de no haber cuerpo, siendo dos sustancias independientes entre sí. Comprender si existe el alma o aceptar la falta de ella. Al final, en esta conversación, existe algo de valor en no saber si se está coqueteando con la infinidad o con la nada absoluta.

Independiente de qué suceda, en vida es importante que, si se tiene la oportunidad, se haga lo posible para que se dé el buen morir y recordar que hay que ser amables mientras aún tengamos tiempo, para que el último suspiro, no sea dado con angustia.

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