Mejores Amigos…

Estando enamorado en secreto de su mejor amiga de toda la vida, decide expresar sus sentimientos componiendo una canción. La graba en el estudio de un amigo y la sube a YouTube sin decirle nada. En su salida normal de viernes, la canción empieza a sonar y su amiga reconoce su voz, revelando finalmente, el amor que él ha guardado en silencio.
Créditos: cotton bro estudio

Me encuentro de nuevo en el boliche, el refugio que ambos hemos compartido desde la adolescencia. Con aroma a nostalgia, conversamos sobre todo aquello que vivimos ahora como adultos y no podíamos imaginarnos de niños. Sentada frente a mí, con su taza humeante y ese gesto tan suyo de morderse el labio inferior cuando está pensativa. Ella es Lu, mi mejor amiga y la chica que ha sido mi cómplice, mi confidente y aunque jamás se lo he dicho, el amor de mi vida.

La conocí en el primer día de primaria. Ella llevaba dos coletas y una sonrisa capaz de iluminar el aula entera. Nos hicimos inseparables al instante, compartiendo secretos, risas y lágrimas, nuestra mayor sorpresa fue saber que vivíamos apenas a tres casas el uno del otro. Y es que, por aquel entonces, no me dejaban salir a la calle y no nos habíamos encontrado. 

“¿Recuerdas cuando veníamos acá después del colegio?”, le digo, intentando mantener la conversación ligera mientras mi corazón late desbocado. Ella me sonríe y asiente, sus ojos brillando con ese toque de complicidad que siempre ha sido nuestro lenguaje silencioso.

“Sí, y también cuando me ayudaste a ganarle a las brujas en el torneo de boliche”, responde entre risas. Su risa, tan cristalina y contagiosa, siempre ha tenido el poder de desarmarme. 

Todos piensan que somos novios. Y cómo no pensarlo. Nuestros amigos y familiares lo dan por sentado, como si fuera la conclusión lógica de una historia que lleva escrita tanto tiempo. A veces incluso yo mismo me lo creo, atrapado en la ilusión de que un día, ella cruzará esa delgada línea y tomará mi mano de una manera diferente.

“Lu”, empiezo, con la voz un poco temblorosa 

– ¿Alguna vez te has preguntado por qué nadie se sorprende cuando decimos que no estamos juntos?

Ella se detiene un segundo, el tiempo suficiente para que mi estómago de una voltereta. “Supongo que es porque estamos tan cerca, que parece lo más natural,” dice, encogiéndose de hombros.

Natural. Esa palabra resuena en mi mente como un eco. ¿Qué podría ser más natural que estar juntos, realmente juntos? Pero ahí está el miedo, el temor a arruinar lo que tenemos por el simple capricho de un sentimiento reprimido.

“¿Y tú, te lo has preguntado?”, me dice de repente, sus ojos buscándome con una intensidad que me hace estremecer.

Me quedo en silencio, mi mente una maraña de pensamientos. ¿Qué puedo decirle? ¿Qué cada vez que la veo, siento que el mundo se detiene? ¿Qué he soñado con besarla más veces de las que puedo contar? Respiro hondo, reuniendo el valor que he pospuesto durante años.

“Sí,” respondo finalmente, “Me lo pregunto todo el tiempo.”

Sus ojos se agrandan un poco, la sorpresa dibujada en su rostro. Este es el momento, me digo a mí mismo. No hay vuelta atrás. Pero antes de que pueda decir algo más, la idea me golpea como un relámpago.

Una canción. ¿Por qué no se me ocurrió antes? He pasado tantas noches componiendo, usando la música como mi arma y aunque ella lo sabe, no entiende por qué hago tantas canciones de amor, sin saber que es la musa. 

De camino a casa, mi mente corre a mil por hora. Fragmentos de letras y riffs de guitarra empiezan a formarse en mi cabeza. Abro mi libreta de composiciones en cuanto llego a mi cuarto y empiezo a escribir:

“Nos conocemos desde niños,

Llámale casualidad, pero me suena

A que era el destino….”

Las palabras fluyen. Paso horas buscando la melodía, asegurándome de que cada nota transmita lo que mi corazón siente. La guitarra que toco de niño y con la que hemos cantado canciones con Lu, me hace encontrar el riff que suena perfecto.

Mi amigo Red tiene un estudio de grabación. He grabado muchas canciones con él y este es un pedido especial. Le llamo al día siguiente y le explico lo que quiero hacer.

“Claro, bro, ven cuando quieras,” dice Red, siempre dispuesto a ayudarme.

El sábado, llegué al estudio con una mezcla de nervios y emoción. Red me recibe con una sonrisa y un abrazo.

“Así que esta es especial, ¿eh?”, pregunta mientras ajusta el equipo.

“Sí, es para Lucía,” respondo, sintiendo el peso de esas palabras. Él asiente, entendiendo sin necesidad de más explicaciones. Conoce nuestra historia, sabe lo que ella significa para mí.

Empiezo a tocar y la música llena el pequeño espacio del estudio. Red ajusta los niveles y cantando en el micrófono, la canción fluye…

“Nos conocemos desde niños,

Llamale casualidad pero me suena

A que era el destino….”

Red me mira desde el otro lado del cristal, asintiendo con una mezcla de aprobación y emoción. Grabamos varias tomas, asegurándonos de que todo suene perfecto. Luego pasamos a la etapa de cocreación en la que él es un experto y vamos juntos armando la canción para que retrate lo mejor posible

“Esto es genial,” dice Red mientras empaqueta el archivo en un USB. “Estoy seguro de que le encantará.”

“Espero que sí,” respondo, mientras espero que me envíe la canción. Pero en lugar de mandarla directamente a Lucía, decido subir la canción a YouTube. No sé exactamente porque, tal vez es el miedo, tal vez es la esperanza de que ella la descubra por sí misma y sepa que es para ella.

Subo el video con una simple descripción: “Mejores amigos”. Las primeras horas pasan sin novedad, algunos amigos comentan y la canción empieza a tener algunas vistas. Pero no le digo nada a Lucía, esperando que el destino haga su parte.

Unos días después, estamos en nuestro lugar habitual, estamos hablando sobre cualquier cosa y nada a la vez, cuando de repente, la melodía familiar empieza a sonar en los altavoces del lugar. Mi corazón se detiene un instante, reconociendo los acordes de inmediato.

Lucía se detiene a mitad de una frase, sus ojos abiertos de par en par. “Espera,” dice, ladeando la cabeza. “¿Esa es tu voz?”

Asiento lentamente, sintiendo el calor subir a mis mejillas. “Sí, es la canción de la que te hablé.”

Ella me mira con una mezcla de sorpresa y algo más profundo. “¿La subiste a YouTube sin decirme nada?”

“Sí,” admito

Lucía me mira y en sus ojos aprecio un torbellino de emociones. “Me encanta”, dice suavemente, sus ojos brillando con lágrimas. “¿Es para mí?”

Asiento de nuevo, sin palabras para expresar lo que siento. “Siempre ha sido para ti, Lu.”

Creditos Cottonbro Studio y Alejandro Solórzano

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