La maternidad y el trabajo de cuidado como pilar fundamental para la sociedad

La maternidad y el trabajo de cuidados sostienen la vida, pero continúan siendo invisibilizados y recaen principalmente en las mujeres, muchas veces en contextos de precariedad; estas condiciones no solo perpetúan desigualdades, sino que también impactan la crianza y reflejan la urgencia de una corresponsabilidad social que permita construir sociedades más justas.

Desarrollar este tema es complejo, tomando en cuenta que los cuidados aún están en discusión en muchas mentes machistas y escépticas de que parir y criar a las infancias es un trabajo. Espero poner sobre la discusión con total claridad el por qué el trabajo de cuidado es invisibilizado de manera sistemática y cómo es un factor para provocar guerras que mientras no sea reconocido en todas sus vertientes, se nos dificultará desarrollar sociedades de paz. 

Primero que nada, aclarar que no pretendo poner en discusión el deseo de la maternidad, me dirijo a los trabajos de cuidados y aunque  parten desde allí,  considero que esto es una decisión personal. Sin embargo, dentro de nuestras dinámicas sociales, puede que esto no sea tan simple. 

La maternidad sigue dándose en contextos de precariedad, agotamiento y violencia

Se espera que se lleve a cabo una maternidad plena sin las condiciones adecuadas para que las personas puedan crecer y desarrollarse emocional, psicológica, económica y profesionalmente. Las condiciones sociales y materiales se han llevado a extremos y consideramos que en esas condiciones se puede criar y acoger una vida humana sin repercusiones.

Crédito: Imagen generada por IA

El pasado 8 de marzo, las mujeres salieron a las calles con denuncias que se hacen frecuentes cada año. Desde el acoso hasta el reconocimiento del trabajo de cuidado que sigue en disputa, como si no necesitáramos de personas que cuiden a las nuevas vidas humanas o personas en general. 

Aunque negado, ese trabajo de cuidado sigue delegado a las mujeres, por lo que la discusión deberá abrirse para la vida de las mujeres y la carga que se sitúa en ellas, mucho antes de que puedan siquiera consentir sobre sí mismas. 

Las cifras de niñas embarazadas desde los 10 a 19 años en el 2025 cerraron con 56,889  registros de nacimientos, según datos del Observatorio en Salud Reproductiva (OSAR). La carga ideológica en las mujeres y la maternidad sigue siendo predominante en nuestra cultura. Seguimos sosteniendo la narrativa de que la maternidad debe sostenerse a como de lugar. Es para considerar alarmante que como sociedad se busque llevar a término embarazos en niñas o normalizar los embarazos en adolescentes. 

Que la maternidad se tome como un hecho hace pensar que toda mujer posible deba llevarla a cabo, sin considerar las condiciones. Mujeres pobres de clase media, acomodada o millonarias, están bajo la regla general de que en algún momento de sus vidas se convertirán en madres, por lo que nos desvía la mirada del problema que representa esa idea cuando una niña es embarazada o mujeres que consintieron una interacción sexual pero no un embarazo optan por un aborto y se les critica o se les niega. Al final, la sociedad está allí para justificar y silenciar, pero no se cuestiona. 

No consideramos la relación de las guerras alrededor del mundo y la preocupación por la “baja natalidad”, como si no supiéramos que es necesaria la reposición de las vidas que se van perdiendo. Como menciona Virginie Despentes en Teoría King Kong “los cuerpos de las mujeres solo les pertenecen a los hombres a cambio de que los cuerpos de los hombres le pertenezcan a la producción, en tiempos de paz, al Estado, en tiempos de guerra”. 

¿Cómo podría una madre oponerse a la explotación de sus hijos si como sociedad no se le permite tener las condiciones para criarlos? Uno de los métodos más utilizados para acrecentar el crimen organizado es utilizar jóvenes que por condiciones de precariedad deben quedarse solos en casa y recurren a las calles por necesidad, convirtiéndolos en blancos para la integración a pandillas, maras, narcotráfico o situación de calle.

Si con esto agregamos que la crianza se basa muchas veces en métodos de agresiones verbales, físicas o emocionales, obtenemos un excelente cultivo de crimen potencial. 

Se podría considerar que esto solo es de personas pobres en los caseríos o en los barrios, pero la posición económica nunca ha asegurado la realización de seres humanos íntegros. El caso de Jeffrey Epstein es un ejemplo: como millonarios utilizan su poder para conseguir satisfacer sus deseos a costa de vidas humanas y salir impunes. Banqueros, inversionistas, dueños de medios de comunicación, tecnologías y oligarquía que busca sostener la narrativa actual. 

Todas las personas tienen un factor común, la crianza. El modelo que actualmente manejamos se presta para seguir reproduciendo una sociedad sin amor. Un millonario nacido para perpetuar la riqueza, criado por una niñera, encontrará que el cariño se puede comprar. Un vacío que no podrá llenar ni haciendo explotar todo un país. 

Un niño pobre que no pudo ser cuidado por la sobreexplotación de una madre que buscaba sobrevivir será encontrado por aquellos que se alimentan de la necesidad. Un viejo refrán dice: “Aquel niño que no fue abrazado por su comunidad, al crecer le prenderá fuego para sentir su calor.” 

Una mujer obligada a ser madre no tendrá las condiciones para dar tiempo, afecto o atención y si agregamos una sociedad que se desentiende de los cuidados cuando la criatura ya nació, que solo está para juzgar y no para brindar apoyo, estaremos en este perpetuo infierno que nosotros mismos estamos construyendo. 

Los hombres deben jugar un rol activo en el trabajo de cuidado como parte del progreso. Estamos en un punto clave en nuestra historia que evidencia todas las posibilidades para mejorar. No obstante, se critica a la madre autónoma y no a los padres ausentes, se habla de crimen pasional en vez de femicidio. Consideramos que el trabajo de cuidado corresponde a las mujeres porque como sociedad, el hombre solo provee, pero proveer también implica afecto, cariño, emocionalidad. 

El deseo de producir una nueva vida debe venir con un valor más allá de lo “natural”. La sexualidad no se limita a la reproducción. Si solo eso fuera necesario, no estaríamos en las condiciones que estamos hoy. 

La política cultural de las emociones juega un papel fundamental para el desarrollo de la humanidad. Es imprescindible reconocer que los modelos arcaicos como el patriarcado nos enseñó que no sirve para crear una sociedad, sirve para jerarquizar y constituir roles que destruyen el avance de nuestra humanidad. 

Esta sociedad no ha entendido que como dice Despentes, “la prolongación del poder absoluto de la madre. Sólo ella sabe castigar, encuadrar, mantener a los niños en estado de dependencia prolongado. Un Estado que se proyecta como una madre todopoderosa es un Estado fascistoide.” 

No solo está la crítica hacia la repartición de las obligaciones en nuestra sociedad, sino lo que como personas dentro del sistema reproducimos con extremos. Todo requiere cooperación e implica ver más allá de intereses individuales.

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