La memoria que el sistema no puede borrar

A través del caso de Joshua y Lucía, esta crónica narra la eliminación de expedientes de estudiantes en la única universidad pública de Guatemala —la USAC—, exponiendo la indignación ante la represión institucional y reafirmando que, aunque el sistema borre un registro, no puede borrar el costo, los años ni la dignidad del esfuerzo.

Todo comenzó el miércoles 15 de julio. Era un día como cualquier otro —soleado, lento y tranquilo—, uno de esos días en los que simplemente disfrutaba de mis vacaciones universitarias. Como a mediodía, la calma se terminó. Mi grupo de amigos de la carrera, empezó a llenar el chat de notificaciones. Leía mensajes confusos que nos instaban a revisar si seguíamos apareciendo en el registro estudiantil.

—Me expulsaron —escribió de repente Joshua en el grupo. Recuerdo haberme quedado mirando la pantalla, procesando esas palabras. «Seguro es solo una falla en el sistema», pensé. No me cabía en la cabeza que, en estos años, pudieran existir medidas represivas de esa gravedad. Le pregunté por el grupo si estaba totalmente seguro de lo que decía. —Estoy seguro —me indicó él—. El sistema de la facultad me dice que no estoy inscrito para asignarme a las clases de este semestre.

Lo peor vino después. Al intentar entrar al portal principal del Departamento Registro y Estadística (RyE), el error era más aterrador. El sistema le devolvía un mensaje seco: no existía ningún expediente estudiantil bajo su nombre. Al poco tiempo, Lucía escribió en el chat entre risas nerviosas, de esas que solo salen cuando intentas no llorar. A ella también la habían borrado.

Joshua pidió permiso en el trabajo para ir a la ventanilla de RyE. Iba acompañado de otros dos estudiantes que enfrentaban el mismo problema. Allí, la respuesta institucional no fue una solución, sino una abrumadora indiferencia. «Ay, mi hijo, usted no es el primero», le soltaron con total desinterés, para luego dar paso al hostigamiento y la vigilancia con drones. 

A pocos metros de cruzar los portones del campus, la Policía Nacional Civil (PNC) los interceptó para acorralarlos. «Aparte del nerviosismo porque no sabíamos qué pasaba con nuestros registros, fue el miedo infundado […]. El que hayan accionado como accionaron ese día levantó muchas cosas: miedo, temor y los nervios de punta», recuerda Joshua sobre la sensación de verse perseguido por exigir su derecho a estudiar.

Mientras que Lucía ingresó al portal solo por solidaridad con Joshua, pensando que se trataba de un fallo de saturación. Al ver la misma pantalla vacía, sufrió un ataque de pánico en pleno trabajo. Entre lágrimas y buscando aire, llamó a su madre: «Mamá, me expulsaron». 

Para ella, significaba perder dos carreras universitarias al mismo tiempo. Al presentarse al campus con Joshua y otros cuatro compañeros, enfrentó el acoso de la seguridad y una larga espera que terminó, una vez más, con las ventanillas cerradas en su cara. «Si no hubiera sido por mi red de apoyo y por la mano de Joshua diciéndome que todo iba a estar bien, no lo habría soportado», confiesa sobre el momento en que sintió que su futuro se desmoronaba.

Pronto nos dimos cuenta que lo ocurrido a Joshua y Lucía no era un fallo técnico ni un caso aislado, es un claro caso de criminalización. La realidad nos golpeó rápido, cerca de 50 estudiantes de la USAC estaban en la misma incertidumbre. En cuestión de días, matrículas y registros académicos enteros desaparecieron sin dejar rastro.

Lo que más indignación causaba entre nosotros era el patrón que compartían los afectados: en su mayoría, eran compañeros que habían mantenido una postura crítica frente al fraude en la elección de la rectoría de Walter Mazariegos. Sin una notificación previa ni explicaciones claras por parte de las autoridades, simplemente había borrado sus expedientes.

Para estos alumnos, esto no era un error, sino una medida para neutralizar la resistencia estudiantil dentro de la universidad. Lo que empezó como un miércoles cualquiera, de esos que parecen «fotocopias» de otros días, terminó convirtiéndose en el inicio de algo más complejo y oscuro. Sostener la esperanza y la lucha colectiva no es sencillo cuando el país parece fallarte.

Es fácil borrar un expediente en una base de datos con un clic, lo que no pueden borrar en un sistema son las tres horas diarias perdidas en el tráfico para llegar a clase, el dinero ahorrado pasaje a pasaje, las desveladas con café y el cansancio acumulado en el cuerpo. Borraron el registro, pero no su dignidad. 

Una pequeña crónica dedicada a mis amigos, compañeros y a los muchos estudiantes que están viviendo esta situación.  

Imagen compartida por Lucía y Joshua, editada con Gemini para el efecto de boceto.

Nota de la autora: Se utilizó inteligencia artificial de Google para realizar el esqueleto de este texto y transcripción de audio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *





Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad de su autor. Revista Telégrafo firme con su compromiso de promover el pensamiento crítico y libertad de expresión en la sociedad guatemalteca, brinda espacios abiertos, auténticos y sin filtros para que personas de distintos sectores de la sociedad puedan expresarse, sin embargo, la publicación de este artículo no supone que el medio valide su argumentación o la verdad de sus conclusiones.
You May Also Like
Leer más

¿Con cuánto tiempo de anticipación debo de avisar mi renuncia?

A lo largo de nuestras vidas, la mayoría hemos pasado por este escenario. Ya sea por diversas causas, crecimiento profesional, económico, nuevos retos, entre otros. Sin embargo, al estar cerca de poder dar la noticia a nuestros superiores, entran varias cuestionantes. Una de ellas es, ¿cuál es el tiempo de anticipación con el que debo de avisar?, acompáñanos en este artículo en el cual te explicaremos a grandes rasgos como se establece en el marco legal de nuestra República.
Leer más