La poco favorable y muy desastrosa elección municipal de Santa María del Pacífico, Parte 1

Los hechos y personajes que a continuación se relatan no tienen nada, (pero nadita que ver con la situación real del país), y si el lector llega a creer que estos personajes o hechos tienen similitud con la realidad, sepa de una vez que todo se trata de una mera coincidencia.

Había una vez un hermoso y pintoresco pueblo costero llamado Santa María del Pacífico, ubicado en el trópico de algún país del América Central, bendecido con un clima cálido  y encantador, (que encanta mucho más a los extranjeros), rodeado de una exuberante selva tropical llena de coloridas guacamayas y vasta vegetación, adornado con impresionantes playas de arena negra y con un imponente mar azul celeste, sus coloridas casitas estilo colonial, que recordaban el pasado de la conquista española, le daban ese espíritu de pueblito mágico, en sus calles se podía percibir el aroma del café, el tabaco y la caña de azúcar. 

Yo nací y crecí en este hermoso paraíso, rodeado de toda clase de exuberantes maravillas de la naturaleza, pero también rodeado de desigualdades sociales, analfabetismo y pobreza. Debido a que el puerto de Santa María del Pacífico era una de las principales y más importantes terminales marítimas del país, desde 1980 había sido utilizado por el crimen organizado para el tráfico de drogas ilegales, lo cual había debilitado al sistema de justicia del municipio, los juzgados de paz de Santa María del Pacífico eran conocidos por su lentitud burocrática y su impunidad para los personajes pertenecientes al crimen organizado, también se había desatado la violencia, y los gatilleros andaban a sus anchas en sus calles.  Muy contadas veces vi que aquellos pertenecientes al crimen organizado fueran remitidos al Juzgado de Instancia de la cabecera y ni hablemos de la extradición, la cual solo le toco atravesar a unos pocos, de mala suerte y a los que se les había volteado.

El alcalde (desde que yo tengo uso de razón), se llamaba Pedro Manrique, era un hombre de mediana edad, regordete y con una nariz tan prominente que parecía la nariz de un ratón, tenía una personalidad horriblemente desagradable (especialmente con los periodistas), tan desagradable, que jamás en mi vida le vi tener un poco de empatía por aquellos que eran menos afortunados que él, y nunca le vi tener el más mínimo interés por la situación económica y social de Santa María del Pacífico, yo me preguntaba qué persona en su sano juicio habría de darle su voto a un ser tan vil, porque, sorpresivamente en cada contienda electoral salía vencedor.

Dibujo a lápiz, cortesía de Stock
Dibujo a lápiz, cortesía de Stock

La gente del pueblo le había puesto el apodo de “El Tacuazín”, porque era significativamente arrastrado y trepador, robaba cada centavo que entraba a las arcas municipales como si fuera una rata gigantesca, aprovechaba la nocturnidad para hacer sus fechorías, como un roedor nocturno y, además, su nariz regordeta se parecía mucho a la de los roedores. Por lo cual, era evidente que Pedro Manrique estaba emparentado con los tacuazines, esos roedores nocturnos, similares a las ratas que abundan en la América Central. 

Cuando yo tenía 23 años, un amigo de la infancia, (conociendo mi hartazgo por el reinado del Tacuazín y mi natural inclinación a las ciencias políticas), me persuadió de formar parte del equipo de trabajo de un nuevo candidato a Alcalde, un tal Alfonso Canalla.  Era hijo de una familia muy trabajadora, unos comerciantes del pueblo. Aparentemente, muy interesado por las costumbres e identidad cultural de Santa María del Pacífico, (dicen que hasta escribió un libro al respecto), me habían dicho que había estudiado Publicidad y Ciencias de la Comunicación en una universidad de la capital, que se había pagado sus estudios con mucho esfuerzo, porque era un hombre emprendedor y trabajador, que nunca le había interesado la política ni el sector público, (aparentemente, tampoco le interesaba el hueso municipal), pero que había decidido sumarse a la contienda electoral para combatir la perversa corrupción, la desoladora pobreza y la ineficiencia gubernamental que imperaban en el reinado del Tacuazín.

Dibujo a lápiz, cortesía de 123 RF
Dibujo a lápiz, cortesía de 123 RF

Me habían comentado que estaba vacante un puesto de asistente en su equipo de trabajo y que estaban buscando a un joven inteligente, trabajador y con ganas de cambiar las cosas, cuando Alfonso Canalla me entrevisto y vio mi Hoja de Vida me dijo: -Jorge, tú eres un joven muy inteligente, seguramente serás un valioso elemento en nuestro equipo-. Yo pensé que había de ser el asistente, pero poco tiempo después me di cuenta de que fui relegado a ser el multiusos de salario miserable, que hacía el trabajo de los haraganes, saca las copias, lleva la agenda, hace llamadas, redacta correos electrónicos, organiza los eventos y se encarga de básicamente, de todo. Alfonso Canalla buscaba llenar ese puesto con un joven trabajador e inteligente porque quería un asistente a quien pudiera pagarle un salario miserable y, aún más importante, quería a alguien que fuera lo suficientemente inteligente para hacer el trabajo de la partida de haraganes que integraban su equipo de trabajo. 

Pero mi inclinación natural hacia las ciencias políticas y mi necesidad de trabajar hicieron que me quedara en el endemoniado puesto, y así fue como viví de primera mano la historia que hoy le cuento al lector, vi éstos hechos con mis propios ojos y oí toda la sarta de tonterías que he de contar con mis propios oídos.

Dibujo a lápiz, cortesía de Alamy
Dibujo a lápiz, cortesía de Alamy

Un sábado soleado, en la plaza del pueblo, se había programado un espacio para  que los candidatos a Alcalde pronunciaran sus discursos y dieran a conocer su plan de gobierno municipal a la población, ese día Alfonso Canalla llegó con su característico traje sastre azul y su sombrero de paja, porque le gustaba disfrazarse del amigo del pueblo y por su parte el Tacuazín llegó con lujoso y entallado en un traje sastre blanco, tan entallado que parecía ser que al pobre se le iba a cortar la respiración. 

El eslogan de campaña de Alfonso Canalla era
Juntos cambiaremos la historia y el eslogan de campaña del Tacuazín era Mi compromiso es con Santa María del Pacífico, el discurso de Alfonso Canalla estaba enfocado en su combate a la corrupción y al malvado Tacuazín, dijo que él iba a traer la seguridad de vuelta al municipio, que no iba a ser amigo de los del crimen organizado, que iba a traer el desarrollo y la prosperidad al municipio y otro poco de promesas ridículamente vacías, que solo representaban la buena labia que tenía el candidato, porque nada de lo prometido tenia pinta de formar parte de un verdadero y estructurado plan de gobierno municipal. 

El discurso del
Tacuazín comenzó con un intento deliberado de blanquear su imagen, dijo que él no era tan desgraciado como se pensaba,  que nunca se había robado ni un centavo de las arcas municipales, (hasta lo juró por la vida de su santa madre), que tenía buenas intenciones, pero que no había podido trabajar bien, porque los de la capital no le habían dado los recursos necesarios, (aunque literalmente llevaba más de una década sentado en la silla municipal), que el pueblo le diera una nueva oportunidad para demostrar su buena voluntad. Que ahora si iba a construir escuelas, hospitales y hasta un gimnasio municipal, que iba a coordinar con el Alcalde de la capital para construir un metro moderno que transitara por Santa María del Pacífico hasta la capital, promesas y más promesas.

El somnífero e hipnotizador efecto de las palabras labiosas del Tacuazín y de Alfonso Canalla habían comenzado a hacer efecto sobre el público y ya algunas gentes les estaban aplaudiendo su sarta de patrañas, semejantes a dos ponzoñosas cobras reales, los candidatos a Alcalde hipnotizaban a toda la audiencia para después devorarla. 

Luego de los hipnóticos discursos, se pasó a una pequeña rueda de prensa, donde un puñado de periodistas estarían realizando preguntas a los candidatos a Alcalde y allí fue donde ardió Troya, mi querido lector. 

Señor Manrique, ¿es cierto que tiene vínculos con el narcotráfico? 

Señor Canalla, ¿qué experiencia tiene en el sector público? 

Señor Manrique, ¿cómo piensa gestionar la construcción del metro? 

Señor Canalla, ¿cómo piensa combatir la corrupción? 

Señor Manrique, ¿es verdad que existe una causa judicial que lo vincula con actos de corrupción?

Dibujo a lápiz, cortesía de IStock
Dibujo a lápiz, cortesía de IStock

Los periodistas comenzaron a bombardear a los candidatos con distintas preguntas, y éstos viéndose acorralados por los periodistas y temiendo que les botaba todo el efecto somnífero de sus discursos, dieron un espectáculo digno de un Oscar de Hollywood. De un momento a otro, el Tacuazín se desplomó en el suelo de la plataforma que les habían preparado para pronunciar sus discursos. ¿Será que le había dado un infarto? La gente del público comenzó a gritar y de repente, la plaza se llenó de histeria, Alfonso Canalla, como era tan bueno y tan humanitario, fue corriendo a ver qué le había pasado a su pobre contrincante. 

Pidió ayuda a tres hombres fornidos del público para que se llevara a cuestas al
Tacuazín a la clínica más cercana para que pudieran revivirlo, calmó la histeria del publico desbocado, recomendó que todos fueran a sus casas y como buen samaritano, prometió cuidad del pobre Tacuazín hasta que se pusiera mejor.  El mitin quedó cancelado y las preguntas incomodas silenciadas, ya se rumoraba en las calles que Alfonso Canalla era un gran líder, que había manejado la situación con mucha inteligencia, que había demostrado amor por sus enemigos y que había actuado con mucha nobleza. Aunque seamos honestos, hizo lo que toda persona en su sano juicio haría si su compañero se desploma de la nada, yo me temía que una alianza maliciosamente se orquestara entre el Tacuazín y Alfonso Canalla, me había imaginado que el Tacuazín se dejaría ganar, para que el otro gobernara, en apariencia, porque el Tacuazín seguiría siendo el Tacuazín, mis sospechas terminaron ser ciertas, y me enteré de ello una noche cálida de mayo, pero esa historia se la contaré al lector en otra oportunidad. Por ésta vez me despido, pidiéndole al lector que éste pendiente de mis maravillosas aventuras y desgracias como asistente de Alfonso Canalla, Adiós. Jorge Castillo. 

Continuará…

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