“Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.”
Roberto Bolaño
Me llegó un correo electrónico sobre la póliza de seguros que la empresa contrataba para cada uno de sus empleados.
Traté de leerla con cuidado, deteniéndome y releyendo dos o tres oraciones pero era inútil. No entendía nada salvo lo último, no estaba asegurado por accidentes porque era muy joven, ni por enfermedades ligadas a la naturaleza de mi trabajo.
Creo que no había nada más por entender. Esas últimas líneas eran las únicas importantes, el resto del correo era pura palabrería que copiaban de la misma plantilla y se la enviaban a cientos de cuentahabientes como una forma de amortiguar la verdad.
Realmente no me importaba el seguro, sabía que algún día iba a morir. Me importaba más el dinero; aquel que me quitaban de mis salarios mensuales y lo transferían automáticamente a la aseguradora para que continuara enviándonos esos mensajes repetitivos.
Con Q15 entre la bolsa y gozando de plena salud, me indigné grandemente. Tomé el teléfono y en un acto fúrico llamé a mi jefe y le grité por casi diez minutos hasta que recapacité y me di cuenta de lo que hacía.
Terminé la llamada con un saludo cordial y con un discurso muy diplomático, que había aprendido a adecuar a distintas situaciones a través de los años: Yo entiendo que no es tu culpa y que no puedes hacer nada. Disculpa que te haya gritado, pero pensé que debía decírselo a alguien.
Mi jefe era un buen sujeto. Muy calmado y con una paciencia que parecía inacabable. Creo que por lo mismo, era capaz de escuchar nuestras quejas y darnos la razón. Pero no servía de mucho, ya que nunca podía resolverlas. Estaba maniatado por un sistema deplorable y burocrático al que no valía la pena hacerle frente.
Colgué el teléfono público en un golpe infantil. La rabia aún estaba ahí.
Estaba harto de estos arranques de ira que me invadían cada vez que recibía una noticia de este tipo. “Si no me tomara las cosas tan personales nada de esto sucedería” pensé, como tratando de justificar las acciones inhumanas de las grandes corporativas y querer ajustarlas a mi actitud, que era tan sencillo cambiar, como repetían los pastores y los motivadores en esas extensas charlas radiofónicas que se volvían redundantes después de los primeros quince o veinte minutos.
Escupí con fuerza en la banqueta como queriendo deshacerme del malestar en un gargajo rojizo y espeso.
Estaba enfermo. Tenía una úlcera péptica que sangraba cuando me enojaba y eso era cada vez más frecuente. Cuando sentía un sabor metálico que se mezclaba con mi saliva, sabía que había tenido suficiente; y que la cólera, que se había elevado hasta mi boca, debía ser expulsada.
Me había estado tratando con cápsulas de lanzoprazol y sucralfato. Obviamente por ser prescritas por mí mismo y no por un médico, solía exceder las dosis sugeridas en las instrucciones y los efectos secundarios como la náusea, la somnolencia y el dolor, se habían vuelto parte de mi rutina.
Estaba enfermo y el seguro no me cubría. Se protegía con la excusa de que la úlcera gástrica era algo muy común entre los trabajadores de oficina y estaba asociada al estrés, propio de la naturaleza de nuestra actividad.
A veces, se atrevían a aparecerse por la oficina a darnos unas pláticas sobre salud y seguridad.
Intentaban subsanar nuestros padecimientos con sobres de té de manzanilla y unos pequeños envoltorios de kaopectate; luego se aseguraban en enfatizar la limitada cobertura que el seguro brindaba y la enorme lista de percances que era incapaz de
cubrir.
Estaba enfermo, es cierto, pero estaba vivo. Aprovechaba mi condición y la torpeza de la aseguradora para acudir a los tristes centros de salud que facilitaba el Estado.
La atención era pobre, escasa. La burocracia, interminable. La única ventaja de esperar dos horas para ser atendido durante cinco minutos era que el Estado remuneraba el tiempo como un día laboral completo a través de la seguridad social, eso significaba que luego de las dos horas de espera, los cinco minutos de consulta y otros veinte minutos llenando los formularios de salida, tenía libre el resto del día.
Eran las 8.30 de la mañana. Debía estar en la oficina a las nueve para culminar mi jornada hasta las siete. El enojo me había retrasado mucho, aún faltaban casi 12 kilómetros por recorrer; lo que significaba caminar dos cuadras para tomar un bus que me dejaría en la 7a. avenida, dónde debía tomar otro bus que me llevara al centro, pero se tardaba 15 minutos en la parada esperando a llenarse.
A esta hora y con este tráfico, posiblemente tardaría hora y media.

Llegaría tarde y nada podía evitarlo. Resignado a esta verdad y atenido a un dicho de un viejo compañero del trabajo que rezaba que si te vas a retrasar entonces haz que valga la pena, caminé dos cuadras y entré a la tienda frente a la parada de bus. Tenía Q15 entre la bolsa y unas cuantas monedas que sonaban en la mochila mientras me
desplazaba. Q21 con 75 centavos ahora.
Pedí dos bolsas de aguardiente y un vaso de duroport con hielo. Vertí el contenido de las bolsas en el vaso y me senté en la acera a tomarlo, contemplando a los transeúntes que corrían de una acera a otra esquivando los carros que aceleraban sobre la calle; contemplando, mayormente, como se iba el tiempo en esta ciudad inhóspita.
El alcohol ardía conforme a su llegada al estómago en cada sorbo, pero luego se disipaba en un efecto analgésico que solía durar más tiempo que los medicamentos convencionales.
Sabía que no era el mejor tratamiento, pero sí el más barato y eficaz.
El ardor del aguardiente se hacía cada vez más tolerable y el dolor abdominal había desaparecido por completo. Volví a escupir unas cuantas veces más sobre el asfalto como una especie de prueba rápida para calibrar mi condición. Los primeros esputos tenían un pálido color marrón, pero los que los siguieron se veían cada vez más transparentes y ralos.
“Necesito decirte que el problema no es que te hayas ido, el problema es que contigo se
fue mi gusto por cualquier cosa”.
Dije suspirando en un lamento, como si estuviese quejándome con alguien, pero era, sobre todo, con el tiempo con quien hablaba.
El tiempo que se contabilizaba en horas y las horas que se convirtieron en tres bolsas más de aguardiente que yacían tiradas sobre la banqueta.
Los cólicos se iban y venían. Nunca me había pasado. Generalmente desaparecían y no regresaban sino hasta bien entrado el día siguiente.
Continué escupiendo en la banqueta, pero ahora mi saliva se sentía pesada y amarga; y los gargajos, antes claros y delgados, eran ahora espesos y rojizos.
Pasé expulsando el malestar durante los siguientes 20 minutos. Fuera de mi cuerpo, éste se acumulaba en una poza gruesa de un profundo color corinto, asentada a mi lado junto a la banqueta.
Pensé en el trabajo, en mi tardanza, en el transporte público, en el tráfico, en la seguridad social, en el correo electrónico que envió el seguro, en el seguro mismo, en la madriza que le di a mi jefe, en mi jefe, en mi úlcera, en el aguardiente, en los Q21 que se habían vuelto siete y finalmente, pensé en mamá que había fallecido el año pasado y sus enseñanzas sobre la vida eterna a la que todos aspirábamos.
Me sentía enfermo, inútil, triste. Tomé el último trago de aguardiente que me quedaba sin saber que realmente sería el último.
Me acosté en la banqueta completamente borracho. Recordaba que para alcanzar la vida eterna primero debía abandonar la terrenal. Junto a mí se encontraba una pasta oscura y viscosa, pensé que así es como se ve la ira y el desasosiego.
Los escupitajos eran continuos y ahora se habían convertido en una tos violenta que prolongaba el dolor, y sentía como la sangre subía y bajaba de mi estómago hasta mi garganta provocándome arcadas.
Estaba enfermo, es cierto, y ya no sabía si estaba vivo.
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Jorge Roberto Aguilar Amado
Comencé en la literatura durante la adolescencia por medio de certámenes estudiantiles. He participado en festivales de poesía en Nicaragua, Honduras y México. He publicado poemas en revistas virtuales y en las antologías "Frente al silencio" y "Amor por los colores". En la actualidad, resido en París, Francia, donde trabajo en informática y dedica mi tiempo libre a la escritura y la fotografía.










