Veo constantemente madres con sus bebés en la calle, en el supermercado, en restaurantes, en centros comerciales. Las veo paseando, jugando, cargando con sus pañaleras, su paciencia y su amor. Pero pocas veces las veo amamantando.
Y resulta un fenómeno curioso. No porque la lactancia materna sea un hecho extraño (al contrario), sino porque como madre lactante, sé que los bebés maman con frecuencia, a veces cada 20 minutos, especialmente cuando atraviesan crisis de crecimiento o necesitan consuelo. También porque soy asesora de lactancia materna, y he presenciado muchas veces cómo los bebés piden el pecho no solo para alimentarse, sino para calmarse, sentirse seguros, regularse, dormirse. Porque la lactancia materna no es solo nutrición: es también contención, cuerpo, hogar.
Sin embargo, no amamantamos a plena luz del día. No lo hacemos en medio de la multitud, en la plaza, en el parque, entre mesas de restaurante o en la fila del banco. Amamantamos (cuando podemos) en la comodidad del hogar, y muchas veces ni siquiera ahí, sino encerradas entre las cuatro paredes de una habitación, porque “da pena”, porque “incomoda”, porque “me miran”. Amamantamos en el vehículo antes de bajar a ese reencuentro con amigos o familia, rezando porque el bebé no decida pedir el pecho a mitad del almuerzo. Amamantamos en el baño o en la sala de lactancia, si es que hay una, porque alguien decidió que necesitábamos un “espacio especial” para alimentar a nuestros hijos, lejos de la vista de los demás.
Amamantamos con la manta. La famosa. La que no escandaliza. La que no levanta cejas. La que “respeta” a los demás más que a la diada que se funde en un momento vital. Porque eso es lo que hemos visto. Lo que aprendimos en la televisión, en las revistas, en las películas: madres que se tapan, que se esconden, o que directamente dan biberón, sin contexto ni explicación. Y así, como sociedad, nos escandalizamos ante una imagen tan natural como una madre que amamanta en público, libre y sonriente.
No sabemos cómo reaccionar. No sabemos cómo acompañar. No sabemos qué decir cuando una madre quiere seguir amamantando más allá de lo “esperado”. Incluso muchos profesionales de la salud, formados en modelos obsoletos, no saben sostener la lactancia y terminan recomendando lo contrario.
“Que la leche se vuelve agua después de los 6 meses”, dicen, cuando en realidad se trata de un líquido vivo, que se adapta a cada etapa del desarrollo del bebé. “Que después del año ya no aporta nada”, dicen, cuando está comprobado que la leche materna sigue cubriendo hasta un tercio de los requerimientos nutricionales de un niño. “Que afecta la salud mental del niño”, dicen, de una práctica que promueve el vínculo, la regulación emocional y el apego seguro. Y lo dicen con la soltura de quien desconoce por completo que lo que se construye en los brazos de una madre amamantando es la base del bienestar psicoemocional de toda una vida.
Se dicen tantas cosas sobre la lactancia… pero pocas veces se habla de lo más importante: de su poder. De su poder nutricional, inmunológico, emocional. Del impacto positivo de la lactancia más allá del año de vida tanto para el bebé como para la madre, incluyendo una reducción significativa del riesgo de padecer cáncer de mama y ovario. Del ahorro económico que implica para las familias. De los beneficios ambientales frente a los sistemas de alimentación artificial. De cómo la lactancia materna no solo alimenta cuerpos, sino que puede transformar sociedades.
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Porque sí: la lactancia materna es un acto profundamente revolucionario. No solo porque desafía los estigmas y prejuicios que aún la rodean, sino porque reclama el derecho de las madres a estar presentes, visibles, sostenidas. Porque interpela a un sistema que no respeta los ritmos de la infancia, que no protege la maternidad, que aísla en vez de acompañar.
La lactancia materna no es solo lo mejor para los bebés (eso ya lo sabemos todos). También es lo mejor para la sociedad. Porque madres que amamantan con apoyo, libertad y dignidad, crían hijos más seguros, más empáticos y más conectados. Y una sociedad construida sobre esos vínculos es una sociedad más justa, más humana y más sostenible.
La lactancia es política, es cuerpo, es comunidad. Y visibilizarla, defenderla y normalizarla en el espacio público es sembrar la semilla de un mundo distinto. Un mundo donde nutrir la vida no sea motivo de vergüenza, sino de orgullo. Un mundo donde amamantar no sea un acto solitario ni escondido, sino un derecho visible, protegido y celebrado por todos.
En el marco de la Semana Mundial de la Lactancia Materna (y en pleno siglo XXI) urge que como sociedad aprendamos a ver con otros ojos a las mujeres que amamantan. Y que nos comprometamos, desde todos los espacios, a defender su derecho a hacerlo con libertad, dignidad y presencia.

Escrito por: Isa Velásquez
Escritora guatemalteca, madre y fundadora de Mamá Amamantando. Especializada en crianza respetuosa y lactancia materna, ofrece acompañamiento a familias con un enfoque empático y cercano que promueve el bienestar integral de madres e hijos.










