La salud mental importa: Lo que descubrí sobre su relevancia a pesar de vivir en Guatemala

En ocasiones, subestimamos la importancia de cultivar nuestra salud mental porque priorizamos lo material o incluso el bienestar de otros. Sin embargo, es fundamental poner atención en nuestro estado emocional, así como exhortar a quienes están a cargo de las políticas públicas a poner el foco en esta área.

Hace seis años solía subestimar la importancia del acompañamiento psicológico. Hay dos razones principales que “justificaban” ese pensamiento erróneo: la primera es que existe toda una serie de creadores de contenido y charlatanes que difunden ideas equivocadas sobre el autoestima y la segunda, porque asociaba la terapia con un estado de optimismo exagerado e inconcebible en un país como Guatemala. 

Desmitificando la primera idea, he comprendido la diferencia entre el personal calificado (psicólogos, psiquiatras y psicoterapeutas acreditados que desempeñan su labor con profesionalismo y ética) y los “coaches” que abundan en el mundo real y virtual y que tergiversan ciertos conceptos relacionados con salud mental. 

Además, si bien existen libros de autoayuda barata cuyo mensaje subliminal se enfoca en que la persona produzca activamente y sea un eslabón más al servicio de un entorno utilitario y un sistema enfocado en el ser humano como objeto y no como sujeto, existen otras obras avaladas por profesionales de la salud que ofrecen soluciones reales a los problemas de tipo emocional.

Sin embargo, existía otra idea errónea y más poderosa sobre el acompañamiento terapéutico: el hecho de vivir en Guatemala. Mi mente no concebía la idea de salud mental en un país con desigualdad estructural, tasas altas de analfabetismo, desnutrición, un contexto político complejo, desempleo y subempleo, educación formal deficiente, entre otras situaciones.

Mi razonamiento era: ¿cómo puedo ser optimista cuando el tráfico de la ciudad me retuerce las vísceras y las personas en situación vulnerable me encogen el corazón? ¿Es posible ser feliz en la jungla urbana donde vivo y trabajo? ¿Puedo tener una mente saludable cuando recorro calles enteras donde el miedo me invade y el acoso sexual acecha en cada esquina?

Y peor aún: ¿cómo pueden ser felices las personas que viven en contextos más desfavorables, tomando en cuenta que el mío se considera privilegiado?  Para la mujer que hoy escribe estas líneas, sí hay respuestas positivas a estas interrogantes y una luz al final del túnel. No obstante, no se trata de una solución sencilla, sino compleja.

Crédito Unsplash

Mi percepción actual de la salud mental

La salud mental es una prioridad, aunque no lo percibamos así. Sin embargo, es un hecho que, cuando no todas las necesidades primarias están cubiertas (comida, vivienda y vestuario), puede convertirse en todo un desafío priorizar la salud mental. 

Ahora comprendo que acudir a terapia o bien, realizar cualquier actividad orientada a beneficiar mi salud mental y emocional es una buena decisión. Que mi mente y mi corazón deben convertirse en un espacio seguro para mí. Y aunque también para mí ha sido retador, al menos tengo la convicción que somos seres integrales, lo cual implica que debemos velar por nuestra salud física, mental y emocional. 

Pero también entiendo que la salud mental no está al alcance de todos a pesar que hay servicios gratuitos o de bajo costo, ya que acudir a una sesión representa una inversión de tiempo y de recursos que implican transporte y otro tipo de costos.

En ese sentido, la salud mental debe transformarse en una verdadera prioridad del estado, ya que el bienestar integral es un derecho inherente al ser humano. Debemos tener políticas públicas que impulsen programas formativos para que estos servicios sean accesibles a la población guatemalteca. 

Además, es crucial que Guatemala se convierta en un espacio seguro en todo sentido: que las necesidades básicas estén cubiertas, que las personas puedan acceder a servicios médicos acorde a su presupuesto, que existan más espacios recreativos en las distintas zonas urbanas y rurales, entre otros. 

Entretanto, aprovechemos cualquier recurso que tengamos para que nuestra mente y corazón puedan encontrar calma en medio del caos, desde audios relajantes para reducir el estrés hasta una red de apoyo en nuestro entorno. Y desde luego, no subestimemos el acompañamiento terapeútico. Recibir ayuda puede marcar una diferencia y un impacto positivo en nuestras vidas.  

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