Estoy cansada de escuchar su voz aguda con entonaciones graves para agregarle dramatismo a su diálogo prefabricado.
Su cuerpo parecía temblar cada vez que abría la boca con una ira contenida y le gustaba mucho cuando se imponía tanto que no te quedaba más opción que hacerle caso. Los pequeños detalles la enloquecían y hallaba un pequeño placer en las confrontaciones a base de nimiedades del hogar.
Parecía hechizada y veía el mundo como su pequeña obra teatral siendo cualquier personaje ajeno a ella un antagonista de su heroína personal.
Tengo un recuerdo vivido de ella, mientras realizaba los preparativos para la cena navideña. Su cuerpo se desplazaba con una facilidad teatral para alumbrar su solemnidad en lo que parecía el ritual de su vida.

Murmuro una oración, elevando el rostro hacia el cielo con los ojos regios y muertos; el chompipe graznaba, ebrio tratando de zafarse de la severidad de su agarre, mirando horrorizado su fatídico destino.
Le soltó el pescuezo, agarró sus alas con fuerza y las amarró. Agarró su pico y lo vio a los ojos, sin piedad, acercó un cuchillo que resplandecía con la luz del sol y le cortó el pescuezo.
La sangre empezó a correr en el guacal azul, salpicando primero una gota gorda, hasta deshacerse en un hilo constante que salpicaba pequeñas gotas carmín en el suelo de concreto. Su rostro estaba manchado, y ella cerraba los ojos con fuerza murmurando la misma oración con la que le quitó la vida al ave, sonreía un poco con los labios cerrados, y su rostro era paz.
Yo permanecía escondida en la sombra de una esquina, miraba horrorizada la sangre.
El chompipe se apagó, quedando su cuerpo de piedra sujetado en el aire meciéndose levemente en el patio.
Mirándola no percibí ni un cambio en su semblante, estaba duro, estoico. Se me pusieron los pelos de punta con el leve recorrido de un escalofrío en mi cuerpo.

Nos quedamos allí un rato, en silencio. A la distancia se escuchaba unos pájaros cantar, y el zumbido de una abeja, entonces de repente dejo de ver el ave y me volteo a ver enojada.
¿Qué haces allí parada? Ayúdame a desplumarlo.
Empecé a caminar temblorosa, indecisa, pero sentí su mirada molesta sobre mis piernas queriéndose quebrar por mi lentitud; exasperada ponía los ojos en blanco y negaba con la cabeza, los labios apretados.
Caminé más rápido y me puse cerca del ave esquivándola a ella, ella comenzó a arrancar las plumas con violencia.
Me quedé viendo un rato, paralizada con los ojos llorosos, pensando en lo cruel que era la muerte.
No me vas a decir que te vas a poner a llorar. ¿Me vas a ayudar o no? Porque si no vas a hacer nada productivo mejor vete de aquí que solo estás estorbando.
Sentí la garganta cerrada, y a pesar de que me quería ir, mis piernas no se movían. Comencé a quitar las plumas una por una. Las plumas eran tersas al tacto, su suavidad me sorprendió. Parecía inverosímil el hecho de que a pesar de que se había realizado un acto tan cruel, la esencia del ave más allá de su muerte seguía intacta.
Pestañeaba con fuerza para no llorar, y hacia el chasco intento de amarrar mis lágrimas, pero estas se resbalaban en mi mejilla.

Ella ignoró mi llanto, irguió su cuerpo y alzó el mentón cuan monarca intocable. Mientras desplumamos el chompipe me vio directamente a los ojos.
Lloras como sí fueras tú el ave.
El aire se pauso. Su rostro inexpresivo no revelaba la intención de sus palabras. Sus labios se despegaron, se acercó a mi cara hasta que percibiera su aliento con olor a dentífrico, cuando un plato se quebró en la cocina.
Giró y desapareció a donde estaba mi padre.
El tono de sus voces se elevó tanto que parecían darse a balazos con palabras, tronando todo a su paso. El estruendo de sus voces era una retorcida orquesta que se interrumpió por el impacto de las ollas, el portazo de las puertas de la alacena y sus pasos secos.
Yo me quede viendo el chompipe en silencio con una urgencia que me picaba en los pies, pero el miedo de que ella encontrara la tarea a medias me congelaba.
Las esferas negras del chompipe no brillaban, estaban pegadas a su cráneo, sin reflejos. Me pregunté brevemente cuando tendría los ojos así y si sería pronto.
Sus gritos me sacudieron. Su rostro rojo, parecía un globo flotante cerca de mi rostro. Los gritos eran tan fuertes que no los distinguía, su voz parecía deslizarse dentro de mi cabeza estallando todo lo que estaba dentro.

Golpeó la porcelana en la mesa, sonando a través del comedor, hasta que se desvaneció en las paredes de la casa.
¿Ya terminaste? No tengo todo el tiempo del mundo a esperar que te termines la comida.
- Ya casi termino. – Balbucee.
¡Pues no te veo terminando la comida!, gritó.
Empecé a meterme grandes cucharadas en la boca,casi ahogándome con la comida. No podía respirar, pero ella seguía vociferando que me apuraba. El sonido de su voz se pegaba a mi cabeza, no podía ver nada más.
El cereal estaba enfrente mío, y pronto la leche comenzó a mecerse como grandes olas, grandes olas que nadaban en mi garganta sentían que me raspaba la garganta y la marea subía y subía…explotando.
De manera inesperada, tosí con tal fuerza que la leche me salió por la nariz. La mesa estaba empapada de restos de comida y la explosión también chocó con su rostro.

Me miró a muerte.
Me empezó a sacudir violentamente por los hombros. Las espinas de sus dedos se clavaban en mi piel, ardiendo más cada segundo, me soltó de golpe, choque contra el respaldo de la silla de madera golpeándome.
Lloré en silencio.
Más vale que limpies todo eso, cochina.
Su vestido dominical flotó por un segundo en el aire mientras se iba. Su presencia se evaporó con una suavidad que poco la caracterizaba, y solo era posible avistar si tenías un poco de suerte.
La rigidez de mis hombros cedió, y me encontré suspirando largamente, botando una ráfaga de aire.
El sonido del reloj cantaba una canción de intriga, pulverizando la pequeña tranquilidad que trataba vanamente de emitir el cobertor floreado de las sillas del comedor, pero especialmente la carencia de su presencia en ese momento.
Las ovejas de porcelana se burlaron de mí desde el centro de la mesa, y me quedé viendo fijamente la masa del cereal desparramada en la mesa.
La brutalidad con la que había escupido el cereal me había dejado la garganta adolorida, con el dorso de la mano torpemente intentando limpiar la boca.
Me levante, y deje ir la leche por el desagüe del lavaplatos. Tiré el plato, la cuchara chocó con un golpe suave, y comencé a subir las gradas.
El tragaluz empuñaba los rayos por todas las gradas, las motas de polvo brillaban flotando inquietas, escuche un portazo.
Caminé a mi cuarto, y un vestido largo de algodón celeste estaba recostado en mi cama con edredón de princesas, el conejo amarillo me miraba expectante, y comencé a cambiarme.
Los tacones de ella tronaban en el piso, cada vez se escuchaban más cercanas, hasta que abrió la puerta de mi habitación apurada.

Apúrate a ponerte los zapatos, ya nos vamos.
Me examino.
Lávate los dientes, y baja con tu Biblia.
Me puse las zapatillas blancas, que eran mis nuevas favoritas. Me gustaba el pequeño taconcito que había logrado convencer de que me dejaran usar y me sentía como una princesa. A veces jugaba a ser Cenicienta y me la pasaba corriendo por la casa soltando los zapatos.
El baño era oscuro. Mi reflejo me devolvió la mirada y me di cuenta de que tenía un bigote de leche seco en el labio.
Solté una risita, pero me callé enseguida, para que ella no pensara que me burlaba. Me lave los dientes con pasta dental de chicle. Saboreé la pasta un rato, me gustaba el nuevo sabor, me la trague y agarre otro poco que fui jugando mientras bajaba las gradas.
La sala estaba en silencio, y mis papás apenas cruzaban palabras.
Las puertas del carro tronaron. Escuchaba el suave ruido del motor, la radio estaba apagada y cada vez que papá pasaba por un túmulo murmuraba una disculpa seca.

Ella por su parte tenía el ceño fruncido, con los brazos cruzados miraba por la ventana y rehuía a cualquier roce con él.
Apesta el carro. Saber ni qué hiciste anoche. Por eso viniste tarde, ¿verdad?
Papá se quedó en silencio, mirándome por encima del asiento.
Allí si te da vergüenza.
Con sarcasmo soltó una risa helada. Me miró por encima del hombro, y volteo la vista al camino.
El carro se detuvo y papá me abrió la puerta. Me tomó por la cintura y me sentó en sus hombros, mientras caminábamos a la iglesia.

No se tomaron de las manos, ella comenzó a avanzar más rápido adelantándose.
Los pasos pesados de papá me mecían y me sentía en un caballo, jugaba con su pelo negro deshaciendo los bucles de cabello que se curvaban sin ganas, formando unos colochos tristes.
En la entrada había muchas personas caminando con paso ávido a las dos puertas de madera grandes. Una señora, un poco anciana de cabello pálido, nos sonrió. Sentí que mi papá inclinaba la cabeza en señal de saludo.
Me tomo por la cintura y me bajo.
Chocaba con sus cuerpos largos, con la cabeza gacha miraba el baile de sus pies, la agilidad con la que se desplazaban entre los asientos de tela roja.
Nos sentamos un largo tiempo, mientras un señor canoso hablaba con un micrófono y alzaba los brazos al cielo, con la voz temblorosa y la cara bañada de sudor, sentía que estaba sufriendo, que expiraría en cualquier instante igual que el chompipe.
Bajo la voz un rato, y estalló en llanto, mientras la viejita que nos había saludado en la puerta se apresuraba al piano y tocaba una pieza suave.
Me gustaba, todas las personas agachaban la cabeza con los ojos cerrados, mientras otras se arrodillaban en sus asientos. Mi padre bajó la cabeza con los ojos abiertos meditabundo, mientras que ella se había parado con las manos hacia los cielos y murmuraba una oración.
Comencé a jugar con el moño del vestido, meciendo mis piernas al ritmo del piano, como una baletista con los pies en punta. Comencé a alzar mis manos como lo hacían todos, suavemente los movía sobre mi cabeza, comencé a reírme bajo, iba a hacer un grand plié sobre el asiento, cuando sentía sus espinas en mi pierna, retorciéndose, me clavo las uñas y de nuevo me vio con frialdad.
No podía llorar, aguante el dolor y me quede sentada inmóvil, hasta que me soltó.
La música dejó de sonar. El viejo siguió hablando en el micrófono, entonces unas señoras con vestidos uniformados pasaron una canasta con billetes, ella metía un sobre sonriéndole al ujier.

Era de las pocas sonrisas cálidas que se dibujaban el rostro, no me sorprendió tanto, siempre lo hacía con extraños, especialmente si eran de la iglesia.
Salimos de la iglesia, topándonos con una multitud que rodeaba el patio. Las conversaciones de todos parecían sincronizadas y cada cierto tiempo una risa resonaba alegre en el aire.
Ella se agacho ajustándose el vestido y me susurro.
Ya compórtate. Pareces la hija del diablo. En la casa vas a ver.
El estómago me dio un vuelco, me tomó de la mano apretándola, y busqué a mi papá para irme con él, pero había desaparecido.
Unas señoras con las uñas rojas se aproximaron, rodeándola, alegres la tomaban de la mano y chillaban lo lindo que estaba el día, lo bueno que había sido la prédica, lo grande que estaba la pianista, y lo linda que era.
Ella me volvió a ver con su sonrisa cálida.
Es una buena niña. Sus maestras siempre me dan cumplidos de ella en la escuela. La última entrega de notas fue abanderada, solo sostuvo la bandera, pero ella estaba emocionada con sus guantes blancos.
Las señoras sonrieron complacientes.
Ella se quedó viendo largamente mientras hablaba, con su sonrisa larga sus labios rojos se estiran a cada extremo, los dientes blancos relucientes.
La sonrisa intocable, estirada, tensa, más tensa, desfigurada, los ojos de piedra, y las cejas alzadas.
Me apretó la mano fuerte, le sonreí a las señoras y bajé la cabeza.
Se tocó la cruz de oro del cuello, sonriendo tanto. Más sonrisas.
Más sonrisas con los labios rojos y los dientes blancos, los ojos de piedra. Nos fuimos.
Se quedó sonriendo, pero la sonrisa ya no era cálida, era fría. Me miró pausando sus pasos por un momento, con la mano agarrada se inclinó a mi oído y me susurro.
Ya sabes que pasara en casa. ¿Verdad?
El carro se aproximó y nos subimos. El día ya había oscurecido y su sonrisa se había apagado.

Karissa Estrada
Tengo 24 años. Soy fotógrafa, cineasta y mercadóloga. Desde siempre tuve una pasión por el cine y la literatura. En el 2023 participé en el taller de introducción a la cinematografía elaborado por Casa Comal y el Festival del Ícaro, ayudándome a introducirme al mundo del cine, así mismo participé como oyente en un laboratorio de guion. Talleres de diseño de producción y cine documental. He ejercido en el campo como asistente de dirección, asistente de arte y continuista. Actualmente estoy trabajando en un cortometraje en desarrollo de mi autoría.










