Lección no. 1 que aprendí viendo The Office siendo un hámster de oficina

Navegamos por la relación de Jim y Pam para entender la complicidad como un refugio que vence a la idealización y a las sombras. Exploraremos la realidad de ver al otro con sus defectos, amándolo desde su verdad y no desde la fantasía. Amar es construir un lugar seguro, equitativo y duradero, donde la vulnerabilidad y la sincronía transforman la rutina en madurez, aceptando el romance como parte de la relación, pero no como su totalidad.

Esta tarde te busqué por la ventana,
pero ya no estabas.
El atardecer cayó sobre la ciudad
y entendí, sin querer entenderlo,
que tu nombre empezaba a borrarse
de mi memoria.

Esta tarde me abrazó
con su frío de diciembre,
como si quisiera recordarme
que alguna vez,
en tus brazos,
hubo calor.

Hoy te busqué en el celular
y, después de dos años,
solo encontré una conversación
que se detuvo al filo del silencio.

Nunca eres profeta en tu tierra.
A veces los amigos se van,
y las noches se vuelven largas
cuando buscas su rastro,
debajo de la ventana.

Y solo ves las milpas caídas 
como los recuerdos que habitan en ti.

Hay ausencias que llegan despacio, como una escena que se repite cada día hasta que un detalle cambia; es entonces cuando descubres que ese detalle era algo esencial, aunque no lo habías notado. The Office llegó en un momento en el que la necesitaba como un refugio, y terminó justo cuando tenía que aprender a dejar ir y crecer. Aunque suene extraño, este poema me llevó directo a Scranton: a esa oficina donde el amor, la rutina, el trabajo y la ausencia se vuelven pequeñas lecciones envueltas en comedia; en rituales que, al igual que aprendí a amar, ahora toca olvidar para seguir adelante.

Lo curioso es que, mientras releía estos versos que nacieron de un adiós —escritos entre turnos, llamadas de servicio al cliente y esas tardes en las que veo el sol caer detrás de las montañas—, pensé en algo que jamás habría asociado con un poema. Excepto, claro, por Ryan Howard; con él sí que citaría a Neruda diciendo: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Lo citaría especialmente el día que vio a Kelly Kapoor escapársele con el doctor indio y dejó un poema en el cesto de basura que casi hizo llorar a toda la oficina. (Por cierto, habrá spoilers en este artículo, así que si no los quieren, pasen al siguiente texto. ¡Jajajaja!).

Empecé a ver The Office hace exactamente dos años, cuando trabajaba para la campaña de Avon. En una de tantas veces que no pude alcanzar las métricas del call center, una supervisora me sugirió ver series en inglés. Tardé casi un mes en ver el primer capítulo (de una hora), ya que la tomé solo como una obligación para mejorar el idioma. Siempre he tenido una relación de amor-odio con las sitcoms porque, de cierta manera, me siento como en El Chavo del 8: con risas pregrabadas que me obligan a reír cuando no quiero, pero tuve que hacerlo. Además, para esa época, dedicar una hora a una serie me parecía demasiado tiempo. Al principio la sentí algo monótona, y solo la seguía porque ella me aseguró que me ayudaría a elevar mi nivel y entender mejor los idioms y las frases cotidianas.

Y me recomendó esa. Sí, esa serie. Esa historia absurda, incómoda, llena de clichés y bromas que hoy “funaríamos” sin piedad, pero que aun así sigue siendo una joya. A veces, esas miradas a cámara que parecen no significar nada —y que, en palabras de John Krasinski, solo le sirvieron para “hacerse una vida entera”— terminan siendo lo más importante. Lo que al principio parecía vacío, un día significó todo.

La veía en mis descansos, en mis almuerzos, en medio del caos del call center. Descubrí una forma de escapar y seguir aprendiendo aunque me sintiera agotado. Era un refugio frente a la rutina y las noches largas en las que me perdía entre la frustración y el miedo a no ser suficiente. The Office fue una luz en medio de tanta oscuridad, un lugar donde escondía mi conciencia del miedo y de la pregunta constante sobre qué pasará después de morir.

Porque The Office es una historia sobre aprender a ver lo cotidiano antes de que desaparezca; sobre la manera en que alguien puede estar en tu vida todos los días sin que notes cuánto te sostiene… hasta que ya no está.

Quizá sea por la soledad de diciembre que me abraza con más frío que antes, o por las rutinas que tanto extraño por la noche, o porque todos los fines de año los compartía con alguien a quien extrañaré para siempre. Quizá sea por eso que, al ver el final, no sentí que había terminado una serie, sino que una pequeña vida moría con ella. No lo sé, quizá solo sea nostalgia, pero aprendí mucho de esa vida que se fue con la serie.

Entonces, puedo decir con seguridad esto: The Office me enseñó más de lo que esperaba. Para mí, todo comenzó con un simple “Thank you for calling”, y sin darme cuenta terminé amándola, riendo y llorando. Ahora que la he finalizado, en una etapa llena de cambios, siento mucha nostalgia por quienes fuimos y quién seré ahora que me toca seguir adelante. Como dijo Andy Bernard: “Ojalá hubiese sabido que mis días de oro estaban pasando para poder abrazarlos más y no dejarlos ir”. O, en palabras más de la “chaviza” Gen Z y el Conejo Malo: “Debí tirar más fotos de cuando te tuve”, jajajaja.

Porque después de dos años y nueve temporadas que cupieron en mis breaks, en mis lunchs, en mis días libres o mientras el agua de la ducha golpeaba el piso, hoy lloré viendo il gran finale. Lloré porque, de alguna manera, me hubiera gustado crecer y aprender a ser mejor persona para poder vivir el amor que Pam y Jim se tienen y vivir esa evolución que ellos tuvieron juntos. Descubrir a un amigo tan excéntrico y leal como Dwight, o entender que todo inicio tiene un final antes de que los finales me golpearan tan duro y sin compasión.

Así que prepárate un té, ponte cómodo y acompáñame a descubrir las tres lecciones que The Office me dejó sobre el amor, la amistad y la despedida.

Pam Beesly y Jim Halpert son, de muchas maneras, el corazón de The Office. Ellos me enseñaron que el amor no siempre es una historia romántica de finales felices o perfección. Jim y Pam no solo se enamoran: se descubren. Son dos personas que llevan toda la vida sentadas una al lado de la otra sin darse cuenta de que ya son el lugar seguro donde pueden ser ellos mismos. A pesar de que a lo largo de la serie ambos tienen otras parejas, la complicidad y las miradas llenas de afecto nunca desaparecen. A diferencia de una comedia romántica tradicional, ellos nos confrontan con la realidad de amar.

A veces, el amor llega en medio del dolor de una herida: la de una chica comprometida con alguien que la minimiza o la ignora. Al inicio de la serie, Jim es un Simp en toda su extensión, enamorado de una recepcionista que no sabe qué quiere y se niega a renunciar a un lugar donde no la aman (Pam salía con Roy casi por costumbre). Jim, siempre atento, intenta que Pam lo vea, pero muchas veces ella lo mantiene en la friendzone.

Tarda varios capítulos en romperse ese molde. Entre la complicidad que se convierte en su propio lenguaje y las bromas a Dwight —que no son solo humor, sino sus rituales y mensajes en clave—, ellos se dicen: “Te veo y estoy contigo”. Su amor se construye con miradas a cámara y planes de sabotaje. Solo cuando Pam está a punto de casarse, Jim se atreve a confesarle que la quiere. Ahí reside la primera gran lección: para que algo funcione, primero debes aprender a expresar tus necesidades y hablar de lo que realmente sientes.

Jim tuvo que armarse de valor y romper el silencio. Aun con miedo, se declaró. Pam, a su vez, tardó en entender que con Roy no era el camino. Aunque Jim se marchó por un tiempo, ambos crecieron y entendieron que querer a alguien es tener esa complicidad que sólo ellos consiguen. Ese vínculo terminó rompiendo el círculo de conformismo  y abuso en el que vivía Pam por parte de Roy.

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Esto nos muestra el valor de decir lo que sientes aunque eso implique alejarse, porque irse amando a alguien no es fácil, pero es aún más difícil quedarse a amar en silencio. Después de cultivar vidas independientes, ambos se dan cuenta de que se quieren de verdad. Esas miradas, el admirar al otro y el apoyo silencioso los hicieron crecer y valorarse a sí mismos antes de compartir una vida juntos.

Desde mi experiencia personal, no hay nada más bonito que sentir orgullo por alguien que te inspira a mejorar. El amor de Pam y Jim va más allá de lo romántico; se vuelven compañeros, se apoyan y se permiten fallar. No necesitan ser perfectos, solo ellos mismos. Nos demuestran que un toque de manos o una mirada gentil es decir “te amo” con actos: construir un lenguaje propio, madurar juntos, ceder para no perder al otro y aprender a no minimizar lo que duele para ayudar al otro a crecer.

En la cotidianidad de Scranton hay belleza y profundidad. No es un amor “performativo” que intenta impresionar; son dos personas que aprenden a decir: “Aquí estoy y, cuando me necesites, seré tu apoyo”. Su relación evoluciona cuando Pam busca ser artista y enfrentan una relación a distancia. Superan el reto, se comprometen, se vuelven padres y enfrentan crisis más hostiles. Cuando Jim siente que la pasividad de la oficina no es suficiente y empieza a soñar con Athlead, llegan los días difíciles. Pam, luchando sola con dos hijos, llega a sentirse insuficiente. Es entonces cuando Jim le pide a la producción que le ayude a crear un video para demostrarle que ella es —y siempre ha sido— suficiente para él.

Jim y Pam nos enseñan que el amor maduro acepta los defectos y cuida del otro, incluso lidiando con la incomodidad de lo desconocido. Pero también es importante poner límites: Pam apoyó a Jim, pero le puso un alto cuando la mudanza a Philly los estaba fracturando. Incluso recurren a terapia de pareja porque sienten que se están perdiendo. Ahí nos dan la última gran lección: ceder no es perderse, sino aprender a caminar junto a quien amas.

Al final, Jim renuncia a un sueño profesional y Pam renuncia a su comodidad, sincronizándose para vivir un sueño familiar. Esa es la parte poética: el amor es más cotidiano que extraordinario, es aprender a renunciar a lo que nos hace sentir cómodos cuando sea necesario y ser responsables de nosotros mismos, no cargar de más al otro. Pero si aprender a estar cuando el otro lo necesite.. Narrativamente, nos muestran que la tensión no se crea gritando, sino esperando; que a veces debemos soltar para crecer y estar listos para avanzar juntos. Y humorísticamente… bueno, una simple mermelada en la mesa de recepción puede tener más historia que cien películas de Hollywood.

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La madurez de su amor se resume en dos frases icónicas. Jim (Temporada 3, Episodio 23):

“No fue amor a primera vista. Creo que me llevó un par de años darme cuenta de que estaba mirando a la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida”.

Pam (Temporada 9, Episodio 12):

“No me importa lo que tengamos que hacer, mientras estemos juntos”.

El amor es mejor cuando encuentras a un amigo en tu pareja, alguien que te valore desde tus fallas y tus virtudes. A diferencia del amor pasional —basado solo en el deseo y la idealización—, el amor compañero aterriza el sentimiento y cultiva la lealtad. Nos muestra que el amor se construye como una elección que nos pondrá a prueba, pero de la que siempre saldremos a flote si aprendemos a creer en el otro; después de todo, si la persona vale la pena, el riesgo se justifica. Es, a pesar de todo, una de las relaciones más sanas y estables que he visto.

Y esa es la parte que quería compartir contigo sobre el “amor compañero” en The Office. Por ahora, eso es todo por esta semana; espero que no te haya tomado más de quince minutos completar la lectura.

Antes de despedirnos (y mientras esperas la segunda parte la próxima semana), me gustaría que te detengas un segundo a pensar:

  • ¿Qué gran lección de vida o de amor has aprendido de las historias que consumes?
  • ¿Crees que el amor compañero es el objetivo final, o seguimos atrapados en la adrenalina del amor romántico tradicional?

Si te gusta analizar estas historias tanto como a mí, o si tienes una teoría sobre The Office que nadie más entiende, te invito a que sigamos la conversación en mis redes sociales. Podemos hablar de narrativa, de la vida o, simplemente, debatir por qué Jim y Pam nos arruinaron los estándares para siempre.

Allí podremos fangirlear un poco y encontraremos, por supuesto, el espacio necesario para discutir por qué Creed es el mejor personaje de la historia. Si te gustó esta primera parte, por favor, mantente atento a las próximas publicaciones de Telégrafo.

Nos vemos en el siguiente post.

Un abrazo,

Blackstone.

Escrito por: Gustavo Hernández

Hola soy Guss me gusta la escritura en todos sus ramas poesia, cuento, novela y me apasiona mucho el el anime, la literatura, el cine de terror y he publicado algunos poemas en antologias como poetas de quetzaltenango de Sion Editorial y 20-30 de la waffle Editorial y otros medios online. Actualmente estoy publicando una novela titulada abandono en Wattpad mi usuario es Black5tone. Y en mis momentos libres soy fotografo aficionado.

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