Tenía 12 años cuando me interesé por primera vez en algo político de nuestro país, ¿y cómo no hacerlo? Si fue el momento en el que se daban las manifestaciones en la plaza. Apenas estaba en sexto primaria y fue entonces cuando decidí qué era lo que iba a estudiar, pero faltaba tiempo y, aunque es una etapa de cambios respecto a ideas y la forma de ver la vida, al momento de formar una opinión, el comentario recibido era: “Estás muy joven”.
Pasaron los años y llegué a mi primer año de universidad y como ya había anticipado años antes, llegué a estudiar Ciencia Política. Conforme fue avanzando mi vida universitaria, me fui involucrando en más procesos de política estudiantil, siendo primero representante de salón y posteriormente parte de la Asociación de Estudiantes (AECP), al igual que cuando decidí estudiar política (casi 10 años atrás), la coyuntura del país y de la universidad se prestaba para participar.
Nos encontrábamos primero en las manifestaciones de los miles de estudiantes que nos negábamos a que nos impusieran a un rector que no había sido electo y que se estaba robando nuestra universidad, y con las manifestaciones, la universidad tomada y las múltiples muestras de rechazo hacia el usurpador, los comentarios que se escuchaban sobre el estudiantado era que “estábamos perdiendo el tiempo”, pues “éramos muy jóvenes” para entender qué es lo que estaba pasando a nuestro alrededor.
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Luego de eso y aun con la pelea por la universidad viva, tuvieron lugar las elecciones generales del país y sus posteriores consecuencias a nivel nacional. El país paralizado, miles de manifestaciones a nivel nacional y en gran parte, jóvenes liderando las mismas, pero el comentario que se escuchaba nuevamente era el mismo “son jóvenes que no saben lo que hacen”.
Y es que este es un comentario que se escucha en todos lados, no solamente en la política, pues nuestra sociedad completa es adultocentrista.
El adultocentrismo es una corriente de pensamiento que sostiene que las personas adultas tienen legitimidad para concentrar el poder y definir las normas sociales, situando sus perspectivas y decisiones por encima de los jóvenes.
Para esta sociedad, ser joven está mal, y nunca se tiene la edad suficiente para poder opinar o decidir en cualquier aspecto, sea cual sea el área de especialidad. Un ejemplo claro es cuando personas mayores no quieren recibir cierta atención médica porque el doctor o la doctora son muy jóvenes (a pesar de contar con un título profesional).
Incluso en nuestros propios hogares, en reuniones familiares no falta el típico comentario de “sos muy patojo, no sabes de qué hablas”.
Personalmente, otra de mis grandes pasiones, además de la política, es la Semana Santa, donde soy parte de una hermandad en la que participó durante todo el año. En la procesión logré llegar a uno de los cargos con más responsabilidad de la misma, teniendo prácticamente todo el cortejo procesional a mi cargo con 22 años, a lo cual la lluvia de comentarios y críticas llegaron únicamente por mi edad y no por mi labor.
Pues bien, hoy (20 de febrero) cumplo 23 años y me hago una sencilla pregunta: ¿cuándo, entonces, se deja de ser “demasiado joven” para ser tomado en cuenta?
El comentario lo he escuchado en primaria, en básicos, al inicio de la universidad y ahora que estoy llegando al final de la misma. Por lo que ya no se trata de una simple cuestión de formar pensamiento ni se limita a ser una opinión por el nivel académico que se tiene, simplemente la sociedad se reniega a dar paso a un cambio generacional, porque los que pensamos distinto a lo acostumbrado, lo hacemos “porque estamos muy jóvenes”.
Ejemplos no faltan en un país que normalmente ningunea a los jóvenes. Recibimos más críticas por nuestra edad que por las acciones que realizamos, ya sea el caso de diputados, deportistas, músicos, doctores, etc. Muchas veces se nos juzga únicamente por la edad, cuando, sin temor a equivocarme, podría afirmar que somos los jóvenes los que más involucrados estamos en el movimiento del país.

Mientras pensaba en el texto le di muchas vueltas a cómo enfocar la dificultad de ser joven y el objetivo del mismo; entonces recordé unas palabras que me brindó mi mejor amiga en alguno de los textos anteriores y es el comprender “qué quiero dejarle al lector”.
Por lo que quise recordar que el adultocentrismo no se trata de una simple opinión moral o un pensamiento aislado, sino que es algo que verdaderamente afecta a los jóvenes y niños, pues hacia la juventud se brinda menos respeto y empatía, minimizando (por ejemplo) emociones con comentarios como “son modas de patojos”, cuando son sentimientos reales los que se experimentan y en el entorno formativo se espera una obediencia casi sumisa, que genera una limitación en el desarrollo de ideas.
Además, podemos mencionar en el ámbito político un ejemplo. La Ley de Juventud pasó años estancada por no ser una prioridad en los intereses personales de quienes legislan, o como los ataques entre diputados y bancadas contrarias, que en lugar de fijarse en la forma de actuar, se refieren a la edad de los diputados, llamándolos “niños”, “muchachitos” o “mocosos”, que según ellos no deberían estar ahí.
Por esto es que quiero invitar a los jóvenes a que no nos desanimemos y no tengamos miedo de tomar el liderazgo de nuestros espacios en la sociedad, pues tenemos grandes ideas y grandes propósitos. No debemos dejar que nadie opaque la revolución que queremos lograr y, como dijo Bad Bunny, “tú también deberías de creer en ti”.
También instó a los adultos a no continuar estas “cadenitas” repetitivas de minimización, pues en algún momento también fueron jóvenes, también tuvieron opiniones y seguramente fueron minimizados por la generación anterior. Recuerden esa necesidad de ser jóvenes y tener esa chispa de vida para poder lograr grandes cosas; recuerden lo difícil que es hacer (cualquier cosa) siendo joven.
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Javier Navarro
Estudiante de ciencia política, fan de los datos curiosos, defensor del pensamiento crítico y opiniones propias. Siempre con algo que decir.










