Cuando se habla de “maltrato animal” el tema es sumamente amplio porque empiezan los dilemas a qué animales nos referimos y todos quieren hacer un listado a su conveniencia, muy amplio (que pretende incluir a los destinados para el consumo) o muy selectivo (solo los que conviven en los hogares). Otro tema que sale a luz inmediatamente es a quiénes se debe proteger y a quiénes no, pero esto varía incluso de cultura a cultura, lo que en una se considera como “mascota” en otra entra dentro de la dieta alimenticia común, también se da el hecho de la temporalidad, donde antes un animal considerado como un invasor del hogar hoy se cataloga y cuida como miembro del mismo.
Dejaremos por un lado el límite de convivencia y relación psicoafectiva que se puede llegar a tener con animales que convivimos, donde no podemos pedir a todos tener el mismo nivel de convivencia y apego, cada quien da lo que considera prudente y compensatorio.
Para efectos de nuestra reflexión, me referiré a los animales que como sociedad tenemos convivencia en el día a día y no precisamente solo en nuestros hogares, si no también, aquellos que por simple casualidad nos topamos en la calle o lugares de entretenimiento.
Me gustaría hacer un análisis rápido de la forma que como sociedad hemos abordado el reconocimiento de la dignidad y el derecho a no ser considerados como un simple objeto por el hecho de tener sistemas cognitivos y emocionales desarrollados, por mínimos que sean, versus el desprecio y odio que se pueda llegar a tener contra ellos.

¿Qué sucede en la actualidad?
Actualmente es común que las “mascotas” (entendido como aquellos animales que conviven en nuestros hogares) sean tratadas de diferente forma que cómo lo hacíamos en otras épocas, donde regularmente acceder a cuidados médicos y alimentos especializados era todo un lujo.
Hoy, las mascotas han llegado a ocupar lugares incluso preferenciales dentro de los hogares, situación que cada quien decide ceder o no, derivado de la conciencia generacional sobre el valor de ellas como acompañantes o incluso como agentes de bienestar psicoafectivo.
En muchos países, incluido Guatemala, aunque aún con muchas limitantes, ya existe legislación sobre el tema del cuidado y maltrato de los animales. Ocurre en todas partes del mundo que la legislación no es suficiente para motivar una sana convivencia entre las personas y los animales que conviven a diario con nosotros. Es claro que todo lo que pueda generar apego, y en ocasiones ser símbolo de estatus, resulta siendo hasta modelo de negocio, no siempre de forma honesta y legal, se genera trasiego y explotación de muchas especies de animales.
Las mascotas se han constituido en muchos hogares como miembros muy especiales que gozan de espacio y atención especial, llegando a provocar incluso conflictos dentro de la convivencia social.
Considero que el trasfondo de todo esto es la transición cultural que nos ha llevado de una amplia convivencia familiar, a pesar de todo lo que se pueda decir, a la necesidad de adaptarnos a los nuevos retos de espacios reducidos para vivienda y la imposibilidad de una libre procreación por falta de recursos y tiempo, o simplemente, no se adapta a los estilos de vida contemporáneos, donde las mascotas han venido a ocupar ese espacio en nuestros hogares.
Contradicciones
En contraste, también existe el repudio a cierto tipo de animales, por ejemplo, los que viven en la calle, o incluso a los que habitan en nuestras casas y solo los vemos como objetos de lujo o conveniencia, como aquellos que “cuidan la casa”, y eso repercute en el cuidado, la alimentación y el trato que le damos. Como muchas relaciones en nuestras vidas hemos llegado a “cosificar” a los animales, donde si no te ganas un espacio, tampoco te lo reconocemos.
Hemos trasladado la forma de relacionarnos entre nosotros al trato con los animales, donde no pocas veces la represión y el castigo es la forma de educación, donde si no aportas no vales y si yo te mantengo tú haces y te comportas como yo digo que debe ser.
Muchas personas encuentran refugio en ellos y por eso mismo los animales son maltratados como castigo indirecto a quien los cuida y ama. Si no sabemos ser tolerantes ni con nuestros semejantes en las calles, en donde hasta somos capaces de matarnos por diferencias, muchos menos podemos esperar tratar de mejor manera a los animales. No se debe de perder de vista que normalmente son seres que son conscientes y tienen desarrollado sentimientos hacia los seres con quienes conviven, de lo cual muchos podemos dar testimonio por casos conocidos.
Al no ser conscientes de todo esto tomamos a los animales en nuestras relaciones diarias como cualquier otro objeto. El maltrato animal no es más que la simple expresión de nuestra forma de relacionarnos con los demás, donde solo velamos por nuestros intereses y los demás que vean como salen. La legislación puede ser severa, pero en la medida en que no mejore las relaciones dentro de nuestra sociedad las relaciones con los animales tampoco cambiarán.
Quien aplica el maltrato animal regularmente tendrá dificultad para convivir con sus semejantes y no es consciente de lo que esto puede repercutir en su vida, los demás lo ven y, aunque no le digan nada, seguramente no lo aprobarán o seguirán su ejemplo, situación que da tristeza si son sus propios hijos a quienes les enseña esto, que no es más que seguir deshumanizando nuestra sociedad que ya navega en medio de olas de permisividad y pérdida de valores.
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Hugo Xicará
Licenciado en Teología, Profesor de Segunda Enseñanza en Filosofía y estudios en Contaduría Pública y Auditoría. Fiel creyente de que solo la unión del esfuerzo de todos nos permitirá tener un mejor país.










