Más allá de la religión … Cuaresma y Semana Santa en Guatemala

Más allá de la fe y la religión, la Cuaresma y Semana Santa en Guatemala es un evento social y cultural que reúne a todos los chapines sin importar creencia. Entre aromas, sabores, texturas, sonidos e imágenes, esta época del año es sinónimo de arte y cultura para todo el mundo. El nuevo Patrimonio de la humanidad, sigue siendo la muestra de sincretismo más importante de nuestra historia. Siempre hay un lugar, recuerdo, memoria o instante que nos devuelve aquí… Nuestras calles jacarandas y nuestra existencia morada…

En el 2023, Guatemala fue puesto ante los ojos del mundo gracias a una de sus tradiciones más representativas. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró la Semana Santa guatemalteca como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En este contexto, se logra identificar todas las costumbres de esta época como algo que supera los límites de lo religioso y católico. Su importancia radica en la gente, la mezcla de nuestras tierras y la expresión artística.

Declaración de la Semana Santa guatemalteca como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en la Plaza de la Constitución, el 26 de febrero de 2023. // Fotografía: Gobierno de Guatemala

Guatemala se caracteriza por dos aspectos importantes, los cuales también son nuestra carta de presentación ante el mundo: la cultura Maya y la Cuaresma y Semana Santa. Esta última se convierte en un foco de atención que ha sido declarado patrimonio, pero el ¿Por qué? resuena en el ideario colectivo. Observemos la dinámica de nuestra cultura en este evento trascendental 

Las calles se visten de lila jacaranda entre los meses de febrero y abril. Los murmullos de los viejos barrios de la ciudad avisan que el tiempo se ha cumplido y los vecinos revisten cada una de sus casas con las costumbres adquiridas desde hace más de 500 años. El sol se vuelve sofocante y los templos deliran entre incienso y corozo; las plazas centrales, parques y lugares emblemáticos reviven entre las flores y el aserrín que se estrujan entre las marchas fúnebres.

El contexto histórico de toda esta amalgama de costumbres tiene su origen en el choque cultural producido durante el descubrimiento y conquista del continente americano. Los españoles, que fueron los predominantes conquistadores en nuestra área geográfica, trajeron consigo la religión cristiana católica. En este periodo histórico, las comunidades nativas y los inmigrantes europeos unificaron aspectos culturales que han perdurado hasta hoy, especialmente lo relacionado con la Cuaresma y Semana Santa. 

En este momento, la corona ordena la “evangelización” obligatoria a todos los habitantes de esta región, por lo que, las órdenes religiosas buscaron la forma de llevar a cabo el cometido y nuestras comunidades intentaron mantener su espiritualidad en medio del caos. Este proceso trajo consigo que, la época más morada se viviera de forma distinta a la de España. Las imágenes esculpidas en el nuevo continente se transforman en reflejos claros del mestizaje y las poblaciones indígenas, las procesiones toman tintes prehispánicos y las famosas alfombras, carrozas con plumajes y solemnidad unieron a la perfección la espiritualidad de los dos continentes.  

Este mestizaje religioso trajo consigo que Guatemala fuera reconocido como uno de los países con mejor imaginería, escultura y encarnado de la región. Cientos de escultores y amantes del arte empezaron a venir al país y crearon una de las colecciones artísticas más hermosas del mundo. 

En Guatemala, hay dos imágenes que presentan la apropiación de lo religioso como aspecto cultural y social. La primera corresponde a Jesús Nazareno de Candelaria en el Centro Histórico de la ciudad. Esta escultura cuenta con rasgos muy propios de las comunidades indígenas de nuestro país: tez morena, pómulos resaltados y nariz respingada. Esta imagen es la representación perfecta del mestizaje en nuestras tierras, creando un escenario cercano a la época del Pre Barroco Renacentista.

Jesús Nazareno de Candelaria en veneración // Fotografía: Asociación de devotos cargadores de Jesús de Candelaria.

Esta imagen fue colocada en el barrio indígena de la Ciudad Colonial, provocando que su veneración fuera casi exclusiva de estas poblaciones. Su capilla y devoción lograron que la religión católica adquiriera auge en aquellos vecinos. En momentos difíciles y el último traslado de la ciudad, las personas dejaron sus antiguas casas y siguieron a este nazareno, que hasta hoy sigue siendo referente de fe, devoción y expresión artística más importante. 

La segunda imagen es venerada y procesionada en la tercera capital de nuestro país, la Antigua Guatemala. El templo de la Escuela de Cristo alberga a la reconocida Virgen de Soledad, escultura que cuenta con rasgos de una mujer mestiza: piel morena, ojos grandes, mirada profunda y pómulos resultados. Es también reconocida a nivel latinoamericano como una de las más bellas, lo que coloca a Guatemala como un ente representativo de la nueva escuela escultórica de la corona española.

Virgen de Soledad de la Escuela de Cristo // Fotografía: Hermandad de la Escuela de Cristo

El pasar de los años permitió perfeccionar cada una de las prácticas de fe en cada rincón del país. Entre más se extendía la religiosidad, más tintes distintos mostraba. Cada comunidad, aldea, caserío y ciudad fueron adquiriendo costumbres que lograron hacer de esta tradición algo dinámico y cultural, que traspasaba lo ya conocido, y nos transporta a lo hermoso del sincretismo guatemalteco. 

Hoy, las costumbres más importantes son las procesiones. Las imágenes de pasión son tesoros que el pueblo católico resguarda con gran recelo y la comunidad artística admira. De estas, hay algunas que son emblemáticas y forman parte del ideario colectivo, entre las que podemos mencionar:

  • La procesión de Jesús de la Caída, que cada quinto de Cuaresma logra reunir a casi 1 millón de personas en la Ciudad Colonial; su devoción y admiración es tanta por la naturaleza de la escultura. Personas que vienen desde la capital hasta de países hermanos como El Salvador. 
  • La procesión de la Reseña con Jesús Nazareno de la Merced, quien es conocido como patrón Jurado de la Ciudad de Guatemala desde 1717. Esta procesión se realiza desde hace más de 300 años y es adornada con flores que los feligreses ofrendan durante el recorrido procesional; se caracteriza también por la enorme cantidad de personas de la tercera edad que salen a su encuentro.
  • Procesión de Jesús Nazareno de Candelaria, que reúne a más de 30,000 devotos y devotas cargadores. Con una duración de 21 horas, se convierte en la procesión más larga de la Semana Santa. 
  • Santo Entierro de Santo Domingo en la ciudad capital. Se le conoce como el Santo Entierro más antiguo de América y cuenta con el conjunto escultórico más antiguo. La Virgen de Dolores es reconocida como una de las más bellas y el parteaguas más antiguo de la escultura guatemalteca.

El papel de la Semana Santa dejó de ser puramente religioso, ya que, une a toda la comunidad guatemalteca a través de otros aspectos que giran en el entorno socio religioso de la época, entre los que se pueden mencionar: la gastronomía, el arte, la economía, lo cultural, lo televisivo, el diseño gráfico, la música y hasta nuestra historia.

De lo religioso a lo cultural

No hay guatemalteco que no haya visto una procesión en su vida; ya sea por televisión, en las calles de su comunidad, en los centros religiosos más importantes o a través de la tradición oral, todos sabemos que durante cierta época del año las iglesias católicas preparan muebles inmensos que transportan imágenes que son veneradas. 

Esta explicación superficial y general es la que conocemos, si no formamos parte de la religiosidad popular. Este contexto logra que ya no sea objeto religioso, sino cultural, porque identifica a todo un país en la comunidad internacional. 

Las personas, de una manera u otra, forman parte de estas costumbres. Desde formar parte de una comunidad de vecinos que cierran la cuadra para realizar alfombras, hasta las comidas de la época que se realizan en casa o se comen en lugares emblemáticos de la ciudad. Este aspecto cultural no discrimina religión, color de piel, aspectos económicos o idioma; todos formamos parte.

Procesión penitencial en Quiche durante Viernes santo // Fotografía: Adrian Sherrat

Las poblaciones indígenas conmueven nuestros corazones al tener tintes distintos para conmemorar esta fecha. Entre trajes típicos, ceremonias de origen maya y procesiones hermosas, hacen que en cada pedacito de tierra se viva de forma diferente nuestra Semana Santa.

Nuestras abuelitas aún resguardan aquellas recetas exquisitas que nos devuelven a nuestra niñez. Los famosos envueltos que se realizaban desde el Miércoles Santo, porque en los días “Grandes” no se toca ni un cucharón. El curtido con buen vinagre que dura tantos días sin refrigerar, que se come durante toda la semana, para lograr descansar. El delicioso mole que se convierte en el postre cúspide de nuestra Cuaresma y el fresco de súchiles, que elimina el cansancio de las largas jornadas bajo el sol. 

Todo esto tiene origen gracias a la Semana Santa Católica, y a pesar de que, no se practique la religión, se carguen procesiones o se realicen alfombras, forma parte de un ideario colectivo innegable, que nos une a todos. 

El cerrar negocios durante el Triduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo) porque son días de guardar, o que esté estipulado como el descanso más largo del año para los estudiantes y trabajadores, no es casualidad, el cultural. 

La famosa costumbre de creer que pegándoles a los niños los Sábados Santos, los ayuda a crecer en estatura o que el Viernes Santo no se habla a las 3 de la tarde, siguen siendo parte de nuestra crianza, directa o indirectamente. No hay chapín que no use el complemento “Santo” después de nombrar los días de dicha semana… es parte de nuestra esencia. 

El tema aquí es separar lo religioso de lo cultural, porque siempre hay algo que nos recuerda que en esta época logramos un momento de felicidad. Desde el puerto, otro país, comiendo o en las calles viendo procesiones, todos tenemos buenos recuerdos.

De lo religioso a lo artístico

Guatemala es un país lleno de cultura y arte en cada rincón, siendo la Cuaresma y Semana Santa la ventana más grande para demostrar lo bello que las manos guatemaltecas pueden crear. La historia llevó a que, por muchos años, la reproducción y creación de arte fuera totalmente religioso; sin embargo, estas joyas escultóricas forman parte de nuestro patrimonio, y ahora de la humanidad completa. 

Todas las costumbres de la época engloban cierta área del arte. En los famosos huertos, los maestros alfareros utilizan la plástica para recrear escenarios perfectos sobre la vida de Jesús, los floristas embellecen cada rincón de la iglesia, los artistas visuales crean alfombras multicolor que son admiradas en todas las formas, los electricistas trabajan arduamente para iluminar el telón y los vecinos ofrendan cada una de sus cosechas en forma de agradecimiento. 

En las famosas procesiones, los carpinteros admiran las tallas perfectas de los muebles procesionales, los admiradores del arte observan con magnificencia cada punto del adorno procesional, el cual ha sido hecho a mano totalmente. Los maestros plásticos y escultores muestran su talento en las imágenes y tallas que complementan el mensaje procesional y los músicos escuchan con atención las piezas musicales fúnebres.

Virgen de Soledad, templo de Santo Domingo // Fotografía: Yo Cucurucho

La Semana Santa es la muestra artística más grande que ofrecemos y, sobre todo, efímera y móvil, siendo única en su género. A diferencia de España, cada año el tema procesional cambia, y con seis meses de anticipación, los artesanos de cada hermandad, cofradía, asociación y grupo de apoyo trabajan arduamente para que su obra maestra mire los rayos del sol y sea toda una evangelización didáctica para los feligreses.

De lo religioso a lo económico

El motor económico de nuestro país está muy concentrado en el sector informal, lo que provoca que cientos de familias salgan a las calles con ventas y artículos para poder sobrevivir. En un país con tantas desigualdades sociales, se busca la primera oportunidad para poder generar dinero. En las actividades religiosas de la época, miles de ventas salen a las calles con gastronomía y objetos de interés común que van creando un escenario colorido y alegre, a pesar del trasfondo religioso de soledad. 

Cientos de madres solteras, padres de familia desempleados, niños que necesitan trabajar y abuelitos que buscan sobrevivir, adquieren materia prima, carretas, churrasqueras, mesas, sillas y demás para llevar a los espectadores un pedacito del sabor, olor y color de nuestra cultura. 

Las procesiones son un motor económico importante para las personas, haciendo énfasis de nuevo, sin importar la religión o creencia espiritual.

Los aserraderos, mercados y vendedores de pino unen sus fuerzas para vender la materia prima necesaria para la elaboración de las efímeras alfombras. Las cererías y ventas de corozo afuera de los templos ofrecen a los feligreses un poco de lo hermoso de esta época. Las famosas empanadas invaden las calles y logran que degustemos lo sabroso de nuestra Semana Santa.

La Famosa Casa de los Súchiles en el centro histórico // Fotografía: Rolando Estrada

De lo religioso a la costumbre y el recuerdo

Con el cambio de los tiempos y la lejanía de la época de adoctrinamiento, el tema de la religión se ha vuelto un aspecto de decisión propia, sin la influencia directa de la sociedad.  En este sentido, muchas de las personas que siguen yendo a algunas actividades lo realizan por costumbre y recuerdo a aquellos que amamos. 

Jóvenes y adultos cuentan en las aceras como la Semana Santa significa algo más profundo que el puro gusto de ver arte en su máxima expresión. El recuerdo de abuelitos, familiares, lugares, momentos e instantes nos hace volver a este lugar, a pesar de los años. El recuerdo de ir con nuestras abuelitas a ver las procesiones, las anécdotas de nuestros papás corriendo para llegar al turno, o promesas que se han realizado y nos mueven los sentimientos. 

Siempre hay alguna calle, esquina o lugar de la Semana Santa que nos mueve el pensamiento y nos saca las lágrimas. Todos tenemos una anécdota.

Grupos de familia que han recibido frente a sus casas imágenes de devoción desde hace muchos años y que cada generación ha ido manteniendo viva la tradición porque les recuerda quienes son. En esa sala familiar de las casas antiguas de nuestro Centro Histórico, el retrato de los abuelos es el llamado inmenso a preservar quienes somos. 

El hombre siempre recurre al pasado para recordar quién es, a donde va y el porqué sigue aquí. En ese pasado siempre hay plasmado un momento de la semana más morada del año guatemalteco. 

Esas filas moradas interminables de devotos cargadores muestran diversidad de pensamientos, acciones, formas de demostrar fe e historias del porque hoy siguen ahí. Las miles de madrileñas moradas intensifican el sentido de la Semana Santa, que van cargando entre distintas formas de amor, lo importante que es preservar lo nuestro… lo que somos. 

Nuestras abuelitas, entre oraciones, rosarios y fe, nos muestran que hay un sentido religioso en toda nuestra existencia. El sentir su fe y ver su devoción conmueve el alma. En sillas de ruedas, bastones y lento caminar, ellos siguen resguardando una de las costumbres con más secretos, pero más transparentes de nuestra existencia como guatemaltecos. Esas inmensas calles que cobran vida durante este periodo de tiempo, y que mueren al pasar la fecha.

Devotas cargadoras, Viernes Santo, iglesia la Recolección // Fotografía: Cucurucho en Guatemala.

Estamos ya en la época donde el estruendo de las marchas rompe el silencio de un lugar que se quedó atrapado en el tiempo. Con casas tan antiguas como la ciudad misma. Con lugares tan hermosos y estructuras imperdibles para el paso de las procesiones. Antigua Guatemala y la zona 1 se vuelve peatonal y morada, porque el incienso nubla y pone nuestros ojos sobre aquellos muebles que muestran el talento plástico de nuestras manos. 

Lo religioso es central, pero la Semana Santa va más allá. Este año, cada vez que observemos balcones con flores moradas, veladoras, procesiones, ventas de comida, huertos, vía crucis y demás, recordemos que es parte de nuestra esencia social y no religiosa. Es deber nuestro y del Estado resguardar estas costumbres, porque hoy, son parte del patrimonio de la humanidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad de su autor. Revista Telégrafo firme con su compromiso de promover el pensamiento crítico y libertad de expresión en la sociedad guatemalteca, brinda espacios abiertos, auténticos y sin filtros para que personas de distintos sectores de la sociedad puedan expresarse, sin embargo, la publicación de este artículo no supone que el medio valide su argumentación o la verdad de sus conclusiones.
You May Also Like
Leer más

Logorama: Un ejercicio para repensar las marcas

Un nuevo día, el sol sale junto al cantar de los pájaros. A tempranas horas ya hay movimiento en esta inmensa ciudad. Desde ya nos presentan las personalidades de nuestros primeros personajes, policías hablando sobre el zoológico y lo depresivo que puede ser, hasta que de repente visualizan a un aparente criminal y empieza una feroz persecución.
Leer más