Más allá de las ecuaciones: La ciencia como una ventana a la belleza de la cotidianidad y el pensamiento crítico

Si te pido que pienses en las clases sobre ciencia que has recibido ¿Las recuerdas con cariño? ¿Las memorias de los planos inclinados y la fricción todavía te atormentan? La ciencia es más que eso, es una llamada a maravillarnos por la cotidianidad.

Quiero que me hagas un favor y pienses por un momento en las clases de ciencia que has recibido a lo largo de tu vida. Puede ser en cualquier punto. Ya sea a nivel de educación básica, secundaria o incluso universitaria. Ahora, responde esta pregunta para tí mismo ¿Qué clase de recuerdos te trae? 

Luego de este pequeño ejercicio mental, lo más probable es que una porción significativa de la población guatemalteca no responda a la pregunta con particular cariño o con los recuerdos más benevolentes de estas asignaturas. 

Quizá dichas memorias se relacionan con la para nada estimulante rutina de reemplazar números de forma mecánica en una ecuación fría e indiferente, con la cruda y aparentemente improductiva memorización de datos o quizás incluso con el amargo recuerdo de un docente con complejo tiránico que confundía la educación con el miedo. 

En el caso de la física, es común que los recuerdos sean más bien pesadillas cuyos macabros protagonistas sean planos inclinados, piedras en caída libre o la condenada fricción de una superficie. 

Si este es tu caso, no te culpo. Es una reacción natural. Es de mi opinión que cualquiera tendría una reacción hostil ante una curso de las características antes mencionadas. Sin embargo tengo buenas noticias. La ciencia no es nada de eso. En lo absoluto. No es un conjunto de datos por memorizar o tampoco el uso robotizado de fórmulas que aparecieron por arte de magia. 

La ciencia, entendida desde un punto de vista fundamental, es algo que va más allá de los libros de texto o incluso de las ecuaciones mismas. Citando a Carl Sagan:

“La ciencia es mucho más que un cuerpo de conocimientos. Es una forma de pensar, una forma escéptica de interrogar al universo con pleno entendimiento de la falibilidad humana”.

La ciencia, bien entendida y enseñada, se trata de una experiencia liberadora y fundamental para una formación cívica completa.

Yo sé, las afirmaciones anteriores suenan demasiado románticas. Más aún si consideramos la percepción del público general sobre la ciencia. Si me lo permites, quiero invitarte a que momentáneamente reflexionemos sobre los alcances de la misma, y no me refiero a sus aplicaciones tecnológicas. Esto viene dado por dos puntos principales: Lo que nos revela y la forma en la que lo hace. 

1. ¿Qué nos revela la ciencia?

Históricamente, la ciencia nos ha permitido encender una linterna metafórica que alumbra nuestro lugar en el universo. Nos ha revelado maravillas sobre el mundo en el que vivimos y nos ha dado continuas lecciones de humildad en la forma de descubrir que no somos, para nada, el centro del universo. 

Por ejemplo, nos ha revelado que somos parte de un universo donde nuestro mundo es calentado y alimentado por un horno nuclear a 150 millones de kilómetros, un universo donde las imponentes tormentas son causadas por la misma interacción que envía señales en nuestro cerebro y donde hay una cantidad abrumadora de otros mundos moviéndose a través del espacio. Algunos tal vez con vida inteligente. 

Nos ha revelado que existen regiones del espacio de donde ni siquiera la luz puede escapar, partículas fantasmas que nos atraviesan en todo momento (Sí, incluso justo ahora) y  fósiles cósmicos de los primeros instantes del universo.

Agujero Negro
Agujero negro. Créditos: Event Horizon Telescope

Ni siquiera tenemos que alejarnos de nuestra experiencia inmediata para seguir enumerando ejemplos: Arcoíris, espejismos en la carretera, ondas de radio, una taza de café caliente. 

Estos últimos ejemplos pueden llegar a parecernos triviales y meramente anecdóticos, pero en su esencia esconden los mismos mecanismos que dan vida a los fenómenos más extraños, extravagantes y ridículos del universo, y por tanto, también comparten esas cualidades.

Lo cotidiano, lo insultantemente llamado "normal" también es parte de este universo tan interesante.

La ciencia nos ha presentado un universo mágico en su propio derecho. Uno regido por principios elegantes y bellos donde incluso lo más aparentemente insignificante tiene algo que ofrecer. 

Usualmente no nos detenemos a considerar lo extraordinariamente increíble que es el universo en el que habitamos, la costumbre de existir en él lo ha domesticado para nuestra percepción, somos tan dados a maravillarnos por mundos de ficción y fantasía y sus imposibilidades que olvidamos que habitamos un mundo rico en ellas.

La ciencia tiene el potencial de cambiar eso si somos receptivos a lo que nos tiene que decir.

Tormenta Eléctrica
Tormenta eléctrica. Créditos: Uğur İkizler

2. ¿Cómo lo hace?

Además, estas revelaciones se deben a su herramienta más poderosa: El método científico. Más que ser una lista de pasos para realizar un descubrimiento, como usualmente se enseña, es la manifestación de la que, en mi opinión, es la máxima detrás de su efectividad: El hacer las preguntas adecuadas de la forma adecuada.

Al fin y al cabo, el método científico propone realizar una observación, hacer preguntas, plantear posibles respuestas y contrastar esas potenciales explicaciones con la realidad. 

La esencia detrás de esto es pensar analíticamente y tener claro que por más que nos guste una respuesta, esta solo es tan válida como la medida en la que es apoyada por la evidencia.

La actividad científica requiere coraje, creatividad y una fuerte dosis de pensamiento crítico.

No se puede aprender si no se está dispuesto a retar la credibilidad de lo que consideramos “hechos”, de proponer soluciones ingeniosas y de no tener miedo de colocar nuestras creencias bajo la intimidante luz de la realidad. 

Laser
Laser. Créditos: Mike_shots/Shutterstock.com

Estas son cualidades esenciales no solo para una persona de ciencia sino para cualquier ciudadano completo. 

Nuestra cotidianidad está infestada por noticias falsas y  desinformación, tanto nacida desde la genuina ignorancia como desde la malintencionada manipulación. 

Hemos visto el resurgimiento de movimientos de extrema derecha en la política internacional y la vuelta a la escena del pensamiento mágico. Tan solo basta con recordar algunos de los comentarios luego de la implementación de medidas como el uso de mascarilla obligatoria en tiempos de pandemia. 

Estamos en un tiempo donde el pensamiento propio y reflexivo se está viendo reemplazado por la inmediatez.

Estamos en un momento delicado como especie en el cual es imperativo armarnos de la razón y de un pensamiento incisivo para enfrentarnos a las amenazas que se ciernen sobre la democracia y sobre nuestra propia capacidad de razonar.  

Recordar la ciencia y sus métodos es encender una luz en la oscuridad que puede ayudarnos a ser ciudadanos mejor preparados para construir una comunidad sana, libre y reflexiva. 

Citando nuevamente a Sagan:

 “El método científico es una herramienta esencial para cualquier sociedad que pretenda sobrevivir y prosperar en el futuro”.

Créditos: Shibuya Crossing, Tokyo, Japan. Photo by Candida.Performa, Flickr. Creative Commons BY 2.0.

Reflexiones finales

Desde mi propia experiencia, tanto como físico, estudiante e incluso docente, creo que necesitamos colocar el reflector de la educación científica en el lugar correcto. Debemos resaltar la belleza de las revelaciones científicas, inspirarnos a maravillarnos de nuevo y a enternecerse por el cosmos en el que vivimos.

Paralelamente, debemos mantener un compromiso de enseñar la ciencia como una forma de pensar, como un método que nos permite experimentar nuestra cotidianidad detrás de los lentes de la curiosidad, la razón y el coraje. 

Una sociedad sana necesita ciencia, no sólo por sus aportes industriales o tecnológicos, sino por la profundidad de sus revelaciones y la efectividad de su tren de pensamiento.

Cielo nocturno.
Cielo nocturno.

Como punto final, quiero invitarte a que hagas algo más. 

La próxima vez que te vengan recuerdos de tus cursos de ciencias, no seas tan duro con esas memorias. Abre tu mente a la posibilidad de que la ciencia tiene mucho más que ofrecer que el trauma académico. Ve las estrellas, respira profundo el aire que te rodea y ve el suave movimiento de las hojas de los árboles. Quién sabe, tal vez incluso los planos inclinados puedan merecer una segunda oportunidad ¿No?

Escrito por:

Javier Rucal 

Pénsum cerrado de la Licenciatura en Física de la Universidad del Valle de Guatemala.

Terminando una tesis sobre el efecto de las oscilaciones Axión-Fotón en fuentes astrofísicas de altas energías y un diplomado en física teórica por parte del MCTP.

Experiencia docente y en proyectos de investigación.

Apasionado por la ciencia, la divulgación científica y también el sushi.

1 comentario
  1. Me pareció una lectura placentera que espero genere la curiosidad de muchos lectores para darle una oportunidad a lo más fascinante que hay, lo cual es la ciencia. A muchos les da miedo pensar en que somos literalmente nada, comparándonos con lo grande del universo, a mí, en cambio, me fascina descubrir nuevos horizontes mediante el pensamiento crítico, el método científico, pero más importante la curiosidad como mencionas. Felicidades por excelente escrito, que seguro llegará a muchos.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente responsabilidad de su autor. Revista Telégrafo firme con su compromiso de promover el pensamiento crítico y libertad de expresión en la sociedad guatemalteca, brinda espacios abiertos, auténticos y sin filtros para que personas de distintos sectores de la sociedad puedan expresarse, sin embargo, la publicación de este artículo no supone que el medio valide su argumentación o la verdad de sus conclusiones.
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