“Mijo, acompañame a hacer el pan para la Semana Santa. Llevemos unos cinco canastos con servilletas y dos manteles para cubrirlos. Ya reservé nuestro espacio para llevar y quebrar los huevos que vamos a mezclar con la harina y la levadura. Andá a dormir ya. No te olvides de que mañana madrugamos y le decís a tu hermana que también se va con nosotros.” Estas eran palabras que mi bisabuela le decía a mi abuelo todos los años de su niñez, la cual, él poco recordaba.
En el occidente del país, especialmente en Santa Cruz del Quiché, se celebra la Semana Santa con distintos platillos. Estos se empiezan a preparar desde una o dos semanas antes si no se quiere correr durante la semana mayor. Las panaderías locales son las que mayor movimiento tienen. El olor a pan fresco se siente en las calles desde las 5:00 de la mañana, hasta que se cierran las puertas por la tarde. Las góndolas quedan totalmente vacías. Las personas que salen tarde de la jornada laboral saben que deben madrugar al día siguiente si quieren unas cuantas “cazuelejas”, tostadas y champurradas.
Lo recuerdo como una semana culinaria, más que espiritual. Iniciaban los preparativos desde el Lunes y Martes Santo, días en que se cocinaba una miel elaborada con panela, durazno, coyoles, coco, canela y hojas de lima. El Miércoles Santo dejaban preparado un “chompipe” que, al día siguiente, se cocinaba en pepián, junto con tamalitos envueltos en hojas de milpa, acompañado de fresco de jamaica con hielo.

Llegaba el Jueves Santo y las casas se llenaban de visitas de familiares, visitas de compadres, de amigos y demás, en las que se intercambiaban canastos de pan recién horneado. Se acompañaba con un plato de miel con frutas y se ofrecía una taza de chocolate artesanal para beber. Los anfitriones no aceptaban un no como respuesta, a pesar del calor que pudiera haber por la temporada. Esto sucedía mientras se ponían al día y se platicaba de los planes para esa semana, previo a despedirse.

Posterior a ello, se alistaban para ir a misa por la tarde. Mis abuelos decían que era una costumbre familiar especial de la época, pero más que eso, es una tradición, ya que sucede en un momento particular del año y se trata de conmemorar una festividad importante, referente a la partición de pan en la última cena.
Me alegra saber que muchas personas, aún siguen con dicha tradición. Me emociona saber que aún se hacen largas filas para comprar pan hasta agotarlo. La melancolía se asoma cuando recuerdo con cariño la niñez en la que pasé la Semana Santa en occidente. No olvido las reuniones con los abuelos, primos, primas, tías y tíos. Esto es un recordatorio de que ya no podemos regresar el tiempo, pero son momentos que forman parte de la historia que queremos contar. Muchas de esas personas ya no están, sin embargo, las risas y recuerdos se quedarán guardados en mi memoria y en mi corazón.
Related Tags
Isabel Velásquez
Un salto cuántico a la vez. / Me gustan los temas ambientales, ciencia y diversión. Inga. Química






