Estudié en un colegio de niñas hasta los quince años. Recuerdo que entre las expectativas más comunes se encontraba el vestido blanco, el anillo de compromiso y todo aquello que engloba el ritual de boda occidental. En paralelo, aprendimos matemática, ciencias naturales y otras materias que despertaban vocaciones artísticas, humanísticas o científicas.
Combinar el matrimonio con una carrera profesional exitosa parecía tan sencillo como multiplicar números de un solo dígito. Ser madre se asemejaba con el disfrute que sentíamos al jugar con nuestras muñecas.
Sin embargo, la realidad dista mucho de esos sueños infantiles. Las niñas que crecimos en los noventa, ahora somos mujeres que nos enfrentamos día a día con el reto de desafiar esos paradigmas que nos heredaron nuestras ancestras, al mismo tiempo que todavía anhelamos concretar ciertos sueños.
En medio de todo esto, algunas mujeres cuestionamos si nuestras decisiones han sido correctas. Si realmente nos encaminan hacia la ansiada felicidad diseñada por los arquitectos del consumismo, la publicidad engañosa y la industria de la motivación personal (aquí excluyo a los profesionales éticos de la salud mental, por supuesto).
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El matrimonio guatemalteco en cifras
El Registro Nacional de las Personas (Renap) estima que desde 2022 se observa una disminución progresiva en las bodas guatemaltecas, año en el que se inscribieron 104,594 uniones nupciales. Posteriormente, se registraron 93,950 bodas en 2023 y 89,327 en 2024, una tendencia que evidencia mayor cautela en la formalización de las relaciones, señala la institución.
Según estimaciones de Renap, el año pasado hubo un incremento leve en comparación a 2024, siendo 90,068 matrimonios la cifra total. Sin embargo, estas tendencias han captado la atención de medios locales y extranjeros, quienes han enfatizado cómo la dinámica social en las relaciones amorosas ha sufrido cambios drásticos en los últimos años.
De acuerdo con Infobae, las cifras del primer trimestre de 2026 sugieren que la tendencia de la disminución de los matrimonios en Guatemala podría mantenerse. Según el medio extranjero, en este período se registraron 24,468 bodas en nuestro país.
Y si hablamos de las estadísticas que trascienden la frontera guatemalteca, diversos países cuentan con cifras que encienden las alarmas mediáticas y sociales sobre una disminución significativa de los matrimonios legalmente constituidos.
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¿Es malo casarse?
Evidentemente, no existe una respuesta concreta y única para ello, a menos que, por corrección política, sostengamos que “el matrimonio es la base de la familia y la familia, de la sociedad”. No obstante, el gregarismo humano va mucho más allá del “felices para siempre” o de un contrato legal.
En efecto, los seres humanos somos entes sociales, pese a que durante los últimos años se haya rendido un culto desmedido al individualismo que, lejos de fortalecernos emocionalmente, provoca exactamente lo opuesto en muchos casos. Sin embargo, la necesidad genuina de estar acompañados en distintos momentos de la vida trasciende el altar.
En otras palabras, los seres humanos podemos construir otros vínculos o, incluso, tener una vida sexoafectiva responsable sin que ello implique un matrimonio legalizado. Sin embargo, las uniones de hecho deben ser debidamente consensuadas, al igual que otro tipo de relaciones amorosas menos formales.

En el otro lado de la ecuación, se encuentra el matrimonio legalizado, una figura que cuenta con sus propias ventajas y desventajas. Desde luego, la unión nupcial ofrece garantías legales, la posibilidad de fundar un patrimonio en pareja de una manera más establecida y para quienes son miembros de una institución religiosa, este vínculo formalizado posee un valor mucho más significativo.
No obstante, en nuestras sociedades, las bases con las que cuentan la mayoría de parejas para formalizar su relación no son sólidas. La responsabilidad de esto recae principalmente en la capacidad real de constituir relaciones éticas y emocionalmente saludables.
Sin importar el vínculo que se construya, los adultos debemos responsabilizarnos de nuestras decisiones. Informarnos. Comprender qué implica casarse con nuestra pareja o decidir no hacerlo. El matrimonio no es un juego; es una decisión que jamás debe tomarse a la ligera, especialmente si se desea tener hijos o hijas.
Por otro lado, ¿la decisión de casarnos o no hacerlo nos afecta únicamente a nosotros mismos? ¿Cómo impacta lo colectivo en decisiones individuales de este tipo? En una próxima entrega, profundizaremos en este punto y otros aspectos.
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María Alejandra Guzmán
Periodista, redactora y gestora de actividades culturales en Guatemala con amplia experiencia en creación de contenido digital.










