Recientemente escuchaba una diferencia entre el duelo y la ausencia. Mientras el segundo es un periodo donde la presencia no es temporal y la circunstancia es remediable, la primera es una situación imposible de revertir y recomendable aceptar.
El duelo es una experiencia que puede vivirse por la pérdida de un abuelo, un amigo, un tío, un suegro y hasta una mascota.
No obstante, el proceso del duelo puede ser similar cuando se pierde una relación amorosa, una amistad o hasta un empleo que disfrutabas.
En cambio, una ausencia puede ser un proceso característico por la incertidumbre, ya sea por la separación, por una mudanza, un viaje o hasta una situación médica que te separa de tus seres queridos.
Recomendación del autor: Vestigios de las voces silenciadas: nuestros desaparecidos
Un relato rescatado
A continuación, un relato rescatado de octubre de 2022:
Uno, dos; uno, dos; uno, dos; uno, dos; uno, dos; uno, dos; uno, dos.
Una correa rosada, un juego de llaves con una cinta gris (gastada por el tiempo y el mal trato que le doy a las pertenencias) para colgar o poner en la muñeca.
Calles y avenidas. No recuerdo por qué intento de manera inconsciente no pisar la separación del camino. Gris, rojo, gris, rojo. Dos pasos en cada cuadro gris de cemento para saltar el rojizo del ladrillo.
Los árboles alcanzan a ser tres, cinco o hasta siete veces mi tamaño. Algunos los han recortado por seguridad de todos antes que se vengan abajo por el furor de las tormentas. Al podarlos, se ha marchado la sombra. El aire es la única opción que refresca al llevarse el vapor que nace del asfalto y concreto.

Pstch, pstch, pstch. Un sonido que me recuerda que no deambulo solo. Nunca solo. Puede que no conversemos, pero si nos entendemos. Un jadeo, pstch, dos jaleos, pstch, pstch.
Los años han pasado y se nota. En la última reunión familiar, me preguntaron por su salud.
– ¿Qué piensas hacer cuando llegue el momento?
No es algo que te complazca pensar, pero es preferible que se planifique. Evite la pregunta con alguna ambigüedad.
– No lo he pensado. He visto algunos lugares, pero no me convencen, respondí. Además, todo eso es dinero.
Justamente eso, dinero. No había trabajado en más de dos años. Caminar era un ejercicio para tranquilizar la mente.
Te podría interesar: “Nuestras Madres”: conociendo la verdad detrás de la verdad
Por las noches le cuesta dormir. Los jadeos son recurrentes aunque no se esfuerce. El silencio la intranquiliza. Ridículo, pero cierto.
Los motores, el bullicio y hasta mi presencia es más que suficiente para que concilie el sueño por horas. Nuestra relación cómplice nos calma el alma. Ella en su cuarto y yo en el mío.
Le aterran los juegos pirotécnicos. Prefiere entrar a mi habitación y ver televisión para pasar el rato.

Le digo: “No pasa nada. Todo está bien”.
Supongo que me cree. Este es su lugar seguro.
No me he fijado, hemos llegado a la entrada del parque
Revelación
Muñeca vino a mi casa en septiembre de 2008, era una perrita con el pelaje dorado y blanco que apenas cabía en mis brazos.
Aún estaba estudiando la primaria cuando la conocí. Un animal muy juguetón y con una energía casi infinita. Su momento de calma era la alimentación, lo cual estaba prohibido alterar.

No te pierdas: Todos los lutos que vivimos y callamos
Desde ese momento fue parte de la familia. A cargo de todos y de nadie. Responsables de darle comida, del paseo, de acompañarla y hasta bañarla. Nunca habíamos criado un animal o convivido con uno.
Nos equivocamos una y mil veces, y como buenos ignorantes tampoco pedimos consejo.
Ella nos tuvo paciencia y amor. Aunque los profesionales dicen que los perros no pueden sonreír, su andar y gozo eran suficientes pruebas para compartir la emoción.
Consentida y viajera. Cambio de casa y de ambientes, pero su esencia jamás fue diferente. Pasaron los años y Muñeca regresó a mi casa. También de cariño le decían “Mela”, una combinación entre su nombre y su color caramelo.
Salir a correr era lo nuestro y siempre estaba dispuesta a avanzar más o dar otra vuelta. Corriendo o caminando, había una complicidad.
El tiempo pasó y fue una indomable. No tuvo crías y siempre fue desafiante con el sexo opuesto. No se dejaba intimidar por callejeros ni domésticos.
En más de una ocasión fue violenta. Las cicatrices de mi mano lo demuestran, pero son tatuajes de mil aventuras y regaños.
La pandemia del covid-19 llegó y nuestros hábitos también. Para 2022, sus fuerzas fueron menguando y sus siestas fueron más constantes.

También te gustaría: El arte de perder: ¿Es un desastre?
Había ocasiones que ya no se levantaba cuando regresaba a casa, pero abría sus ojos con ese brillo característico y agitaba su cola.
Al abrir la puerta, la buscaba y revisaba si había comido.
El momento llegó y el 28 de mayo de 2024 me vio por última vez.
Ese duelo es diferente por la pérdida de un ser humano, pero la relación con ella vale lo mismo. La despedida era predecible, pero nunca fácil.
Confesión
El sábado 26 de abril, dos viejas amigas partieron a un viaje. Ellas se conocieron desde niñas y aun pasando la barrera de las seis décadas seguían hablando y compartiendo.
Conversar y compartir un café era un escape del resto del mundo, volvían a ser las mismas cuándo se conocieron.
El viaje era una salida más. Su primer destino era Mazatenango, Suchitepéquez, pero su objetivo era pasar el día en Retalhuleu en un parque acuático.
Una sugerencia más: El duelo y su complejidad
Eligieron que unos conocidos las llevarán, así podían pasar un mejor momento como pasajeras en la parte trasera del carro. Su salida fue de madrugada con el espíritu de “aprovechar el tiempo”.
No obstante, su trayecto fue interrumpido por un camión que las chocó casi de frente en Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla.
Una de ellas es mi mami.
La ausencia es tan fuerte como el duelo, pero se distingue por la incertidumbre, la frustración y hasta la desesperación.
Ella volverá, pero aún no se sabe cuándo. Mientras tanto, corresponde esperar.
En esos momentos anímicos de flaqueza se ponen a prueba otros lazos que te brindan tiempo, un abrigo, un desayuno y hasta abundante provisiones que no habías pedido. Las llamadas y mensajes se multiplican.
Continúa la lectura: Carta para un abuelo…
Sin saberlo, esos otros se turnan para preguntar y acompañarte a la distancia o sin temor a acercarte a preguntar “¿cómo estás?”.
Lo hermético del asunto es para no recibir palabras vacías de personas que tal vez no le importas lo suficiente o caerán en palabras clichés para “cumplir”.
Sea la ausencia y el duelo que puedas estar pasando, contar con una red de apoyo auténtico será clave para sentirte acompañado. No sustituirán ese “vacío”, pero pueden aliviar el dolor.
En memoria de Álvaro, Fernando, Julio, Marco Antonio y Muñeca.
Related Tags
Gabriel Morales
Periodista egresado de la USAC. A veces fotógrafo, otras redactor y algunas autor de críticas fílmicas o sociopolíticas. Creyente de la libertad, la educación y la democracia. Siempre estudiante. Miembro de la Junta Directiva de Telégrafo.














