A finales del siglo XIX y comienzos del XX, las epidemias recurrentes convirtieron a la poliomielitis en la enfermedad más temida de la época. Brotes que surgían una y otra vez sembraron pánico y marcaron la vida de generaciones enteras.
Quienes sobrevivieron a la infección a menudo quedaron con secuelas permanentes: ortesis para las piernas, muletas o sillas de ruedas; y, en los casos más graves, dispositivos que sostenían la respiración, como el pulmón de acero, creado específicamente para pacientes con polio.
Este fue el caso de Paul Alexander, que en el verano de 1952 y con apenas 6 años contrajo polio y quedó paralizado de por vida. Hoy, a sus 74 años, es una de las pocas personas en el mundo que todavía depende del pulmón de acero para poder respirar.
A mediados del siglo XX, el poliovirus circulaba por todo el mundo y cada año provocaba la muerte o la parálisis de más de medio millón de personas. Sin tratamiento efectivo y con brotes crecientes, la búsqueda de una vacuna se volvió urgente.
No fue hasta 1955 que se confirmó la eficacia y seguridad de la vacuna inyectable desarrollada por Jonas Salk: la vacuna antipoliomielítica inactivada (VPI), que utiliza virus de polio inactivados.
En 1962, Albert Sabin presentó una vacuna oral (VOP) basada en un virus de poliomielitis vivo atenuado. Su administración sencilla y su menor coste facilitaron la vacunación masiva y aceleraron la protección contra la enfermedad en comunidades de todo el mundo.
Hoy muchos países incorporan ambas vacunas en sus calendarios vacunales, combinando VPI y VOP para mantener la inmunidad poblacional y reducir el riesgo de reaparición de brotes.
¿Qué es la poliomielitis?
La poliomielitis es una enfermedad contagiosa causada por un virus que invade el sistema nervioso y puede causar parálisis en cuestión de horas. El virus se transmite de persona a persona, principalmente por vía fecal oral o, con menos frecuencia, a través de un vehículo común, como el agua o los alimentos contaminados, y se multiplica en el intestino. Las personas infectadas excretan poliovirus al medio ambiente durante varias semanas, lo que provoca una rápida propagación en áreas con malas condiciones sanitarias.
La poliomielitis afecta principalmente a los niños menores de cinco años, pero cualquier persona que no esté vacunada puede contraer la enfermedad, sin importar su edad.
Los síntomas iniciales de la infección son fiebre, cansancio, dolor de cabeza, vómitos, rigidez del cuello y dolores en las extremidades. Una de cada 200 infecciones produce una parálisis irreversible, generalmente de las piernas, y un pequeño porcentaje de estos fallece por parálisis de los músculos respiratorios.
Antecedentes de poliomielitis en Guatemala
- De 1949 hasta 1983, se registraron varios brotes de poliomielitis en Guatemala, los cuales afectaron principalmente a niños menores de 5 años. Sin embargo, con la introducción de la vacuna antipoliomielítica (OPV) en el país en el año 1972 y el posterior desarrollo de las estrategias de vacunación, se logró un impacto positivo en la reducción de los casos.
- No fue hasta 1985, con la implementación del Plan de Erradicación de la Poliomielitis, que se logró la eliminación de la enfermedad. En 1990, se notificaron los últimos tres casos de poliomielitis en Guatemala, correspondiendo a las áreas de salud de Totonicapán, Chimaltenango y Guatemala.
- En 1994, las Américas se convirtieron en la primera región del mundo en ser certificada libre de poliomielitis por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Certificación que se ha mantenido por más de tres décadas hasta la actualidad.
- En el año 2019 se detectaron tres VDPV (poliovirus derivados de vacuna) en aguas residuales de Río Platanitos, municipio de Villa Nueva y Aldea Cruz Blanca, Municipio de San Juan Sacatepéquez, Departamento de Guatemala. Estos solo fueron detectados en aguas residuales y no hubo transmisión de persona a persona, sin embargo, se concluyo que persiste el riesgo de reintroducción de poliovirus en Guatemala.
10 años sin alcanzar coberturas de vacunación
Tras tres años de pandemia, los sistemas de salud en Guatemala aún enfrentan retos importantes. Uno de los más preocupantes es el riesgo de reemergencia de la poliomielitis en el país.
Las coberturas vacunales contra la polio, que ya eran insuficientes durante la última década, se vieron agravadas por la llegada de la COVID-19. La emergencia sanitaria redujo la capacidad del sistema para ejecutar actividades preventivas clave como la vacunación y la vigilancia epidemiológica.
Desde 2013 no se alcanzan coberturas de vacunación superiores al 95% —el umbral estimado para mantener la inmunidad poblacional—, situación que deja a la población vulnerable ante la posible reaparición del poliovirus en Guatemala.

El análisis nacional de riesgo para 2021 muestra que el país pasó de riesgo medio a riesgo alto: el 75% de las áreas de salud se clasificaron como de alto (12) o muy alto riesgo (10).

Además, el 62% de los municipios quedaron en las categorías de alto (69) o muy alto riesgo (142), lo que evidencia vulnerabilidad territorial.

Vigilancia epidemiológica de poliomielitis
La vigilancia de la poliomielitis se realiza a través de la vigilancia sindrómica de Parálisis Flácida Aguda (PFA), la cual tiene entre sus objetivos principales mantener la certificación de erradicación de la poliomielitis en la región.
Sus objetivos específicos son:
- Detectar oportunamente los casos de poliovirus salvaje y la circulación de poliovirus derivado de vacuna.
- Investigar y dar seguimiento a cada caso sospechoso de Parálisis flácida aguda.
- Caracterizar los casos de Poliomielitis asociados a la vacuna.
Entre 2020 y 2022 se registró una reducción notable en la notificación de casos de PFA respecto al periodo prepandémico.
Como ejemplo, para la semana epidemiológica 33 de 2022 solo se notificaron 38 casos sospechosos mediante la vigilancia sindrómica de PFA, es decir, un 30% menos de lo esperado para ese periodo; además, menos del 8% del total de casos sospechosos recibió seguimiento a los 60 días.

Una vigilancia epidemiológica débil de las parálisis flácidas agudas aumenta el riesgo de que casos o brotes no se detecten a tiempo en Guatemala, especialmente entre poblaciones vulnerables (indígenas, migrantes, etc.), lo que agrava el problema de las ya bajas coberturas vacunales.
Experiencias personales: hablemos sobre las deficiencias actuales
La deficiencias señaladas en los párrafos siguientes no deben interpretarse como la opinión de un experto, sino como observaciones personales basadas en mi experiencia realizando vigilancia epidemiológica de parálisis flácida aguda en hospitales de referencia nacional y participando en mesas técnicas para elaborar planes de mitigación de enfermedades inmunoprevenibles en Guatemala.
- Guatemala no dispone de capacidad tecnológica para procesar muestras sospechosas de poliovirus. Para cada caso sospechoso se requiere enviar entre 5 y 20 g de materia fecal para análisis; al no contar con laboratorios nacionales equipados, las muestras deben remitirse al laboratorio de referencia del CDC en Atlanta (Estados Unidos), que tarda entre uno y tres meses en devolver resultados.
- La poliomielitis ha quedado olvidada entre muchos profesionales de la salud. Ante la ausencia de pruebas rápidas, el diagnóstico depende de la experiencia clínica del personal, y tras 33 años sin casos confirmados es probable que se confunda con otras condiciones como el síndrome de Guillain-Barré o la mielitis transversa.
- Los hospitales siguen operando en buena medida en la era del papel. Las hojas estadísticas, epidemiológicas y médico-legales se mantienen en formato físico, lo que dificulta la búsqueda, recolección y análisis de datos. A inicios de 2023, durante una búsqueda de casos compatibles en el Hospital Roosevelt, constaté de primera mano la necesidad urgente de digitalizar la información.

Una amenaza latente: queda mucho por hacer
Los sistemas de salud en Guatemala enfrentarán retos significativos en los próximos años. Aunque muchas generaciones crecieron en un mundo sin polio, las bajas coberturas vacunales, la vigilancia insuficiente y las limitaciones estructurales convierten al país en un terreno propicio para la reintroducción del virus.
Es imprescindible reforzar la vigilancia sindrómica de PFA, aumentar la cobertura de IPV y OPV, y mejorar la capacidad de respuesta en las áreas y poblaciones más vulnerables. Si no se toman medidas urgentes y sostenidas, existe un riesgo real de que el país vuelva a sufrir las graves consecuencias sanitarias, sociales y económicas de la poliomielitis.
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David Molina
Médico y Cirujano egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala, con especialización en Administración Hospitalaria y Maestría en Epidemiología de campo. Experiencia en salud pública, sistemas de información en salud, vigilancia epidemiológica y fortalecimiento institucional. Fundador y miembro de la Junta Directiva de Telégrafo.






