¿Qué hay detrás del sueño americano?

Conoce la historia de Luis, un sobreviviente a las atrocidades que se sufren al atravesar el desierto con una mochila llena de miedos y esperanzas con la meta de llegar a Estados Unidos como parte de la búsqueda de oportunidades y la manera de brindar una vida digna a su familia.

La historia de un sobreviviente

La economía guatemalteca se sostiene principalmente por las remesas enviadas por guatemaltecos migrantes que han logrado establecerse en Estados Unidos. La migración irregular (por no decir ilegal) es un fenómeno que necesariamente debe estudiarse a profundidad, si se desea entender la realidad social en Guatemala.

La migración ilegal es un fenómeno muy complejo que trasciende de Guatemala y Estados Unidos, hablamos de un problema que se extiende por toda Latinoamérica. Podríamos profundizar en las causas estructurales y sistémicas que provocan la migración irregular; sin embargo, podemos resumirlo en una frase más digerible y concreta:

Los latinos se ven obligados a huir de su país en busca de un futuro.

En mi columna anterior planteé un paralelismo entre las niñas asesinadas por el fuego y el Estado en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción en 2017 y una tragedia muy similar ocurrida en la frontera de México en marzo de 2023, en donde murieron 38 migrantes por el fuego. En esta ocasión, comparto con Telégrafo la historia de un sobreviviente a las atrocidades que se sufren al atravesar el desierto con una mochila llena de miedos y esperanzas.

Lectura recomendada: “Nunca les abrieron la puerta: Migrantes Guatemaltecos mueren quemados

Luis Castañeda es un hombre de familia y trabajador de 54 años. Actualmente, tiene un negocio muy altruista que brinda servicio de transporte a personas de la tercera edad. No obstante, establecerse en Estados Unidos no fue tan sencillo para Luis, así como no lo es para cualquier guatemalteco que decide migrar. Es muy común ver memes en redes sociales sobre “escapar de Latinoamérica” que responden a una narrativa que describe la salida de Latinoamérica como la meta a alcanzar para tener una vida digna, pero llegar a tu país de destino es tan solo el inicio de un sendero brusco y cuesta arriba. La historia de Luis es el perfecto ejemplo de esto.

Meme de ejemplo.

Luis se casó siendo muy joven, alrededor de sus 20 años y compartió con Telégrafo cómo llegó a tener un trabajo que le permitía sostener a su familia de forma digna como cobrador.

Como les sucede a muchos guatemaltecos, lamentablemente la delincuencia y la inseguridad del país lo obligaron a renunciar de dicho trabajo al sufrir un asalto violento. Haciendo su ruta, Luis fue interceptado por delincuentes que conocían de antemano su trayecto y que habían investigado previamente a Luis, pues mencionaron los nombres de su esposa e hijos para coaccionar y que no se resistiera al asalto; no siendo esto suficiente, los asaltantes lo golpearon y lo amarraron a un árbol para robarle el dinero que había cobrado y el transporte que utilizaba para movilizarse.

Después de sufrir un evento tan traumatizante, Luis decidió renunciar a su trabajo por seguridad propia y de su familia. En su búsqueda de un nuevo trabajo, Luis comenzó a sufrir progresivamente las repercusiones de otro problema social del país: el desempleo. Transcurrió el tiempo y Luis no pudo encontrar un nuevo trabajo. Esto repercutió en su salud, a tal grado de sufrir un derrame por el estrés y la impotencia que le provocaba el ver a sus hijos con hambre. En estas circunstancias de necesidad fue cuando surgió la idea de migrar hacia Estados Unidos.

Foto: Excélsior

El primer y desgarrador obstáculo que tuvo que enfrentar fue el de apretar su corazón y partir, a pesar de los ruegos y el llanto de sus hijos y esposa. El plan era cruzar la frontera en 15 días, pagar su deuda durante los primeros tres meses de trabajo, posteriormente, trabajar otros tres años para volver a su hogar. Para desdicha de Luis, su travesía se extendió muchísimo más.

Su hermana residía en Estados Unidos desde antes y fue ella quien le brindó el préstamo necesario para pagar un “coyote” y quien lo recibiría al llegar. Cabe resaltar que la mayoría de guatemaltecos que deciden migrar no poseen esta ventaja.

Luis Castañeda [con lágrimas en sus ojos y voz quebradiza] compartió que aún conserva intacta la imagen de su esposa llorando al acompañarlo a tomar el primer autobús para partir y como le fue casi imposible tomar valor para irse. Más fue el propio amor a su familia el que le infundió el coraje necesario para subir a ese autobús, aún con el dolor de dejar sus seres amados a flor de piel.

Fuente: The New York Times

Llegar a México no representó mayor dificultad, era un grupo de cinco personas las que se disponían a cruzar la frontera; cuatro hombres y una mujer, Rosalinda. Según el coyote, en alrededor de una semana cruzaron la frontera sin problemas. El grupo fue detenido, pero Luis y Rosalinda fueron los únicos del grupo que permanecieron juntos, ya que las autoridades creyeron que eran esposos y este hecho definió el futuro de su travesía.

Castañeda estaba totalmente decidido a llegar a su destino debido a que el hecho de tener que despedirse de nuevo de su familia le parecía una agonía insoportable, así que en compañía de Rosalinda, decidieron intentar cruzar la frontera nuevamente. Esta vez iban solos y sin ni un centavo.

Luis tenía prisa por llegar con su hermana, ya que el cumpleaños de su hija se aproximaba y su anhelo era enviarle algo como regalo para aliviar el dolor por su ausencia. El día en el que cumplía años su hija, estaba sentado en una acera de Tapachula llorando. Rosalinda en un gesto de humanidad se acercó a Luis con un cubilete con una vela para celebrar la fecha especial; la amistad que habían cultivado en la adversidad les daba coraje a ambos para seguir su camino.

Transcurría el tercer intento de Luis y Rosalinda para atravesar México cuando fueron detenidos de camino a Tijuana. Cabe resaltar que trabajaron de Estado en Estado para sobrevivir y reunir todo el dinero posible para continuar su viaje. La policía migratoria interceptó el autobús en el que se encontraban y comenzaron a elegir al azar a los detenidos, una de las detenidas fue Rosalinda. Ella en ese momento se limitó a sostener el brazo de Luis y decirle “que te vaya bien” y bajar del vehículo para ser esposada por la policía. Luis pudo seguir su camino sin inconvenientes; sin embargo, demostrando ser una persona increíblemente humana; bajó del autobús y se entregó a las autoridades para no abandonar a su amiga. Estuvieron detenidos durante cinco días antes de ser transportados de regreso a Tapachula. Durante todo ese tiempo, Luis no hacía más que atesorar aquel gesto de solidaridad que Rosalinda había hecho por él con aquel cubilete con una vela el día del cumpleaños de su hija.

Fuente: Voz de América

En su cuarto intento por cruzar, Luis y Rosalinda deciden tratar de llegar a Tijuana en tren y escabulléndose de los militares, finalmente logran llegar al muro. Luis había partido de Guatemala un 12 de octubre y su llegada a la frontera de Estados Unidos fue a finales de noviembre, para esta fecha su familia ya lo daba por muerto. Estando cerca del muro, la sensación era muy abrumante al ver lo inmenso que era y sin tener idea de cómo cruzar, esperaron a que cayera la noche sentados en una banqueta. A oscuras comenzaron a notar como grupos de personas comenzaron a aglutinarse y por su aspecto y vestimenta fue evidente que se disponían a intentar pasar.

Comenzaron a seguir a un grupo cuando fueron encañonados por un coyote que les exigió tres mil dólares para integrarse a su grupo o de lo contrario llamaría a la policía para que los deportaran. Fue así como Luis pudo comunicarse con su hermana con un teléfono que le proporcionó el coyote para pedirle el dinero prestado, siendo esa la forma en que su familia se enteró que seguía con vida.

La hermana de Luis y el esposo de Rosalinda le enviaron el dinero al coyote. Este último llevó a los protagonistas de nuestra historia a pasar la noche en un catre lleno de sangre, suciedad y otros fluidos corporales. A pesar de dormir en una cama en condiciones insalubremente deplorables, durmieron con una comodidad que no habían tenido desde hace varios meses. Para su desdicha, el coyote al que le pagaron tres mil dólares cada uno, nunca apareció para ayudarlos a cruzar el muro.

Habían llegado demasiado lejos para rendirse, así que a la noche siguiente volvieron a intentar cruzar, esta vez toman más distancia de los grupos de personas y lograron observar como las personas cruzaban el muro por debajo cavando agujeros. Rosalinda cruzó por el agujero sin problemas. En el momento en el que Luis estaba cruzando, sintió como alguien lo tomaba de los tobillos y con fuerza lo sacaba del agujero regresándolo a México, era otro coyote. Luis comenzó a gritarle a Rosalinda que corriera, pero ella devolviendo el gesto que Luis había hecho por ella, cruzó el agujero de regreso para no abandonar a su amigo. Este coyote tenía el mismo modus operandi que el anterior, amenazó con entregar a Luis a la policía, así como violar y matar a Rosalinda si no le pagaban por el derecho de usar su entrada. No tuvieron más opción que llamar a sus familiares en Estados Unidos para pedirles el dinero, nuevamente. A este punto, no esperaban que el coyote apareciera; no obstante, este coyote sí apareció.

Fuente: Asociación Pop No’j

Al llegar al otro lado, una persona los estaría esperando y debían esconderse en el lugar que esa persona les indicara. Cuando cruzaron, el cómplice del coyote levantó una lámina y le ordenó a Luis que se acostara boca arriba y a Rosalinda que se acostara boca arriba sobre él y así lo hicieron. Al acostarse, Luis sintió la espalda completamente mojada y un hedor insoportable, ya que estaban escondidos en fosa séptica. Cualquier ronquido, suspiro o mínimo ruido, era suficiente para que la policía fronteriza los encontrara mientras patrullaban y los deportaran. En esta ocasión, serían transportados hasta Guatemala, en esos momentos de tensión estaban apostando al todo o nada.

Luis y Rosalinda creyeron que debían esperar al amanecer para que alguien fuera por ellos como les habían indicado. Pasaron cuatro días sin comer ni beber nada escondidos entre heces fecales y aguas negras.

Luis estaba al borde de rendirse con el cuerpo totalmente entumecido y era tanta su desesperación que estaba a punto de salir de la fosa para ser deportado, a pesar de todo lo que habían sufrido para llegar a ese momento. Justo durante esa noche escucharon a lo lejos sus nombres “Luis… Rosalinda…”. Salieron apurados de su escondite y pudieron ver una camioneta negra estaba cerca y como alguien les decía “metanse boca abajo”; mientras otras veinte personas hacían lo mismo.

Finalmente y después de tanto sufrimiento, Luis y Rosalinda habían logrado llegar a Estados Unidos, pero su odisea aún no había terminado. Al llegar, el coyote los llevó a un hotel. Les dijo que ahí pasarían la noche y que a la mañana siguiente los irían a recoger. El hotel parecía un hotel de lujo y al entrar pidieron una habitación, la recepcionista que también era latina, llamó a migración.

Quiero hacer un paréntesis y detenerme aquí:

Luis y Rosalinda son latinos. Al igual que ella; se vieron obligados a huir de su país. Al igual que ella; persiguiendo el supuesto sueño americano. Al igual que ella y aún así esta mujer decidió llamar a migración para que los deportaran pudiendo decirles que se fueran.

En cuanto vieron a la policía, salieron corriendo y transcurridas unas horas, fueron interceptados por un vehículo conducido por el coyote. Resulta que se habían equivocado de hotel.

Los llevaron a un cuarto de hotel en pésimas condiciones. Ambos podían ver por la ventana un McDonald ‘s, mientras los coyotes les arrojaban tan solo una botella de agua cada cierto tiempo. “Si sus familiares no llaman en tres días, los matamos”, les dijeron. Se encontraban en Los Ángeles y el esposo de Rosalinda que vivía ahí, fue por ella a las pocas horas. Al despedirse se abrazaron con mucho cariño y el esposo le dejó su número de teléfono a Luis para que pudieran seguir en contacto. A los pocos minutos, ambos regresaron a donde se encontraba Luis esperando a su hermana para darle un menú de McDonald ‘s para que saciara su hambre. Luis expresó que jamás había disfrutado tanto de una comida como la de ese día. Fue indudablemente un pequeño momento de alivio entre tanta amargura que habían experimentado durante más de tres meses de trayecto.

A pesar de todo lo que vivieron juntos, entre Luis y Rosalinda nunca surgió ningún tipo de sentimiento romántico o algún tipo de atracción. Su amistad, compañerismo y empatía surgió debido a que ambos se apoyaron mutuamente durante lo que sufrieron y ambos complementaban muy bien su equipo. Luis era el que lloraba más de los dos porque la melancolía que sentía al extrañar a su familia lo hacía pedazos y Rosalinda siempre lo animaba. Cada una de las veces que fueron detenidos y regresados a Tapachula, era Rosalinda la que decidía rendirse y Luis quien aportaba la motivación necesaria para seguir intentándolo y esto los llevó a lograr su cometido.

El 16 de diciembre, una prima de Luis fue por él, habían transcurrido dos días desde que Luis y Rosalinda se habían despedido. En este punto de la historia ahora en Los Ángeles, cualquiera creería que Luis sentiría un gran alivio y felicidad, pero no fue así. Todo lo que sentía en su corazón era una profunda tristeza al no estar con sus hijos y entre lágrimas, solo clamaba a Dios que lo regresara con su familia sano y salvo. El único consuelo que tenía era la voz de su prima que le decía: “Cálmate, eso es normal en los que vienen de allá”. Luis veía los rascacielos, los paisajes y todo le parecía horrible, lo único que pasaba por su cabeza era la sensación intrusiva de no querer estar ahí.

En este punto aún no había terminado el viaje de nuestro sobreviviente, aún hacía falta ir desde Los Ángeles hasta Nueva York donde lo esperaba su hermana. Su cuñado propuso mandarle dinero para que comprara un vuelo hasta su destino final, pero su prima los hizo descartar ese plan para evitar el riesgo de una detención en el aeropuerto. El cuñado de Luis voló hasta Los Ángeles y rentó un carro para transportarlo por carretera. Estando en Denver, Colorado, fueron interceptados por una patrulla.

El oficial de policía les pidió a ambos sus documentos y les indicó que el motivo de la detención era un simple exceso de velocidad. Al momento de pedirle al conductor los papeles del joven que lo acompañaba y enterarse que era una persona indocumentada, preparó sus esposas y se dispuso a detener a Luis para deportarlo.

Luis lloró como nunca nadie jamás ha llorado mientras estaba esposado en la patrulla, mientras el oficial lo veía por el retrovisor al encender la patrulla, se quedó quieto alrededor de dos minutos viendo cuánto sufría aquel joven desconsolado y en un increíble gesto de piedad, abrió la puerta, le quitó las esposas y lo dejó seguir su camino; únicamente con un ticket por exceso de velocidad. La misericordia de ese oficial de policía cambió la vida de Castañeda para siempre.

Fuente: NuevaYork.com

En Nueva York, Luis inició una vida típica de un latino en Estados Unidos. Salir a trabajar a las cuatro de la mañana, ir hasta otro Estado a trabajar, regresar a su casa a la una de la mañana para luego despertar a las tres de la mañana a repetir la rutina. Todo esto durante tres años para pagar la deuda que tenía que fue el doble de lo que tenía pensado en un principio. Luis siguió adelante con su vida y logró sacar adelante a su familia, no fue solo un sobreviviente a la migración sino también al atentado de las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 debido a que trabajaba para una compañía que se dedicaba a la limpieza de vidrios. Él tenía a cargo la limpieza exterior de las Torres Gemelas, pero esta historia será para otra columna.

Se dice muy a la ligera “quiero escapar de Latinoamérica”, sin dimensionar en lo más mínimo todo lo que esto implica y sin tener claro que a pesar de estar en Europa o en Estados Unidos, siempre seremos latinos y seremos discriminados por serlo estando en un país que no es el nuestro.

La historia de Luis Castañeda tuvo un desenlace feliz, ahora es un ciudadano estadounidense, establecido y con un negocio muy humanitario; sin embargo, migró hace casi treinta años y la crisis migratoria no ha hecho más que aumentar. En la actualidad, es aún más difícil establecerse en Estados Unidos.

El propósito al compartir esta historia es crear conciencia sobre todas las implicaciones de migrar ilegalmente y de todas las adversidades con las que una persona puede enfrentarse al hacerlo. 

 

Migrar es y debe ser un derecho humano, no una medida desesperada para huir de un país que no pareciera tener nada que ofrecer.

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