Pocos logros de la medicina moderna se comparan, en impacto y efectividad, con la inmunización. Las vacunas han salvado millones de vidas, erradicando o controlando enfermedades que durante siglos causaron estragos. Se estima que entre 3 y 5 millones de muertes se evitan cada año gracias a los programas de vacunación contra enfermedades como la difteria, el tétanos, la tos ferina, la gripe y el sarampión.
Sin embargo, pese a esta evidencia, el movimiento antivacunas ha ganado fuerza en la última década, impulsado por teorías conspirativas, campañas sistemáticas de desinformación y una creciente desconfianza hacia las instituciones. Las consecuencias ya no son abstractas: están cobrando vidas. Enfermedades que creíamos bajo control, como el sarampión, están resurgiendo en países donde su reaparición debería ser impensable.
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Sarampión resucita en EE. UU.: ¿El precio de la desinformación?
El caso de Estados Unidos resulta tanto ilustrativo como alarmante. Hasta la segunda semana de abril de 2025, el brote de sarampión ha dejado más de 700 casos confirmados, convirtiendo este año en el segundo con más contagios desde la década de 1990. Dos niños han muerto. Ambos fallecidos por una enfermedad completamente prevenible.
Este escenario ha llevado incluso a figuras históricamente contrarias a las vacunas a rectificar, al menos en parte. Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud durante el gobierno de Donald Trump y conocido por su activismo antivacunas, sorprendió al declarar:
“La forma más eficaz de prevenir la propagación del sarampión es la vacuna”
Sus palabras, publicadas en X (antes Twitter), generaron miles de comentarios, muchos de ellos cargados de ironía y críticas.
I came to Gaines County, Texas, today to comfort the Hildebrand family after the loss of their 8-year-old daughter Daisy. I got to know the family of 6-year-old Kayley Fehr after she passed away in February. I also developed bonds with and deep affection for other members of…
— Secretary Kennedy (@SecKennedy) April 6, 2025
No era para menos: durante años, Kennedy vinculó públicamente las vacunas con el autismo, sin respaldo científico alguno. Tan solo semanas atrás, promovía el aceite de hígado de bacalao y la vitamina A como supuestas alternativas para enfrentar el brote de sarampión.
Este giro sorprendente ocurrió tras años en los que Kennedy fue uno de los rostros más visibles de la desinformación sobre vacunas, promoviendo teorías infundadas y afirmaciones sin sustento sobre supuestos daños a la salud. Su resistencia a la evidencia científica alimentó una desconfianza que, hoy, cobra factura en medio de un brote que podría haberse evitado.
¿Qué está sucediendo con el sarampión?
En los últimos años se ha observado un preocupante resurgimiento del sarampión, consecuencia directa de la caída en las coberturas de vacunación infantil. Esto no resulta sorprendente, ya que cualquier descenso por debajo del umbral del 95 % en la inmunización permite la reintroducción del virus, comprometiendo la llamada inmunidad colectiva.

El sarampión es considerado la enfermedad más contagiosa que existe. Su indice básico de reproducción (R₀) se estima entre 12 y 18, lo que significa que una sola persona infectada puede contagiar a entre 12 y 18 personas susceptibles en un entorno sin inmunidad.

El retroceso en la cobertura vacunal responde a diversos factores como la pandemia de COVID-19 que impactó de forma considerable los programas de inmunización infantil, el crecimiento de los movimientos antivacunas y la proliferación de desinformación, que han alimentado la desconfianza en la seguridad y eficacia de las vacunas, debilitando uno de los pilares más efectivos de la salud pública.
Trump, Kennedy y la desinformación
En poco más de tres meses desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, su administración ha provocado una transformación profunda, y preocupante, en el panorama científico de Estados Unidos. El gobierno ha cerrado programas de investigación, bloqueado el trabajo en múltiples áreas del conocimiento, despedido a miles de empleados federales, incluidos científicos, y ha intentado ejercer control sobre las universidades.
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El nombramiento de Robert F. Kennedy Jr. como secretario de Salud en el gabinete de Donald Trump fue, desde el inicio, una decisión polémica. Un Abogado sin formación en salud pública y figura prominente del movimiento antivacunas, seria un candidato incompatible con la responsabilidad de encabezar la política sanitaria de cualquier nación… excepto en la de Trump.
La elección de Trump de rodearse de figuras como Kennedy, cuyo historial está marcado por ataques a la salud pública, refleja una política de desconfianza hacia la ciencia y las instituciones de salud.
Esta decisión, unida a la retórica del presidente sobre la pandemia de COVID-19, el mismo que animó a sus principales funcionarios de salud a estudiar la inyección de lejía en el cuerpo humano como método para combatir la COVID-19, y su postura contra la OMS, muestra cómo la desinformación puede moldear políticas públicas y poner en peligro a la población.
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Este episodio no solo revela la gravedad del resurgimiento del sarampión: también evidencia cómo la negación sistemática de la ciencia puede tener consecuencias directas y trágicas. Cuando la ideología eclipsa la evidencia, el precio lo pagan los más vulnerables. La salud pública no puede, ni debe, ser rehén de la desinformación.
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David Molina
Médico y Cirujano egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala, con especialización en Administración Hospitalaria y Maestría en Epidemiología de campo. Experiencia en salud pública, sistemas de información en salud, vigilancia epidemiológica y fortalecimiento institucional. Fundador y miembro de la Junta Directiva de Telégrafo.






