Ser joven en Guatemala: entre sobrevivir y construir futuro

Ser joven en Guatemala es no solo sobrevivir al abandono del Estado, sino alzar la voz, organizarse y resistir para construir un futuro justo y con sentido colectivo.

Era de madrugada cuando empezamos a subir el volcán. Llevaba una mochila pesada, pero no más que la que siempre cargo: libros, compromisos, angustias, sueños. Mientras mis compañeros hablaban de la cima, yo pensaba en cómo cada paso cuesta, en cómo ser joven en Guatemala se parece a esa subida una mezcla de cansancio, belleza y obstinación.

Nací en un país donde la juventud no es sinónimo de libertad, sino de sobrevivencia. Donde estudiar una carrera no garantiza trabajo, donde manifestar puede costarte la vida, y donde soñar es, muchas veces, un acto de rebeldía. Sin embargo, aquí estoy. Aquí estamos muchos. Viviendo entre dos fuerzas: la urgencia de sobrevivir y la esperanza de construir algo distinto.

Ser joven en Guatemala es como caminar por una cuerda floja. No caerse es ya una victoria. Cada día es un acto de equilibrio entre las expectativas de un sistema que exige productividad y la realidad de un país que no garantiza lo básico.

El 70% de los empleos son informales. El salario mínimo no alcanza para cubrir la canasta básica ampliada. La educación pública está deteriorada, y la educación privada es un lujo. En muchos hogares, ser joven significa trabajar desde temprano, cuidar hermanos, estudiar por la noche y luchar con ansiedad, depresión y miedo.

Muchas veces nos han dicho que somos el futuro. Pero ¿cómo se construye futuro cuando el presente aprieta tanto?

Hijas e hijos del desencanto

Somos una generación marcada por la crisis. Algunos crecimos durante el auge de las caravanas migrantes, otros vivimos las consecuencias de los Estados de sitio, otros vimos cómo nuestras compañeras eran asesinadas por ser mujeres. Algunos estudiamos durante la pandemia con la señal cortada, otros intentamos sobrevivir trabajando en un hospital, otros la vimos desde los cerros, donde no llegaba el Internet ni atención médica. 

Nos educaron para competir, pero aprendimos a resistir. Nos dijeron que el éxito era individual, pero descubrimos que solos no se puede. En medio del caos, encontramos sentido en lo colectivo: grupos estudiantiles, colectivos feministas, comunidades que se organizan para defender el agua o redes de apoyo emocional que armamos entre amigxs. 

Lo más triste no es solo el abandono del Estado, sino que muchas veces hemos normalizado esa ausencia. “Así es Guatemala”, nos dicen. Lo repiten hasta que suena a verdad, pero no debería ser así.

juventud en Guatemala resiste
La juventud existe en lo cotidiano, en lo colectivo, en la resistencia. Foto: Dayrin Hernández

La salud mental también es política

Una de las heridas más profundas de nuestra generación es invisible: el desgaste emocional. Hablar de salud mental entre jóvenes debería ser una prioridad, no un tabú. Porque no solo sufrimos por razones personales, sino por condiciones estructurales: pobreza, violencia, desigualdad, exclusión.

Ser joven en Guatemala es sentir que nunca alcanza el tiempo, que todo depende de ti, que el futuro está lleno de puertas cerradas. Es vivir con miedo de que te roben el celular en el bus, así como no poder pagar el mes siguiente de la universidad. Es cargar culpas que no te pertenecen: por no ayudar más en casa, por estar cansada, por sentirte perdida.

No basta con decirnos que “echémosle ganas”. Necesitamos políticas públicas que nos cuiden. Necesitamos que se reconozca que el cansancio también es una forma de protesta. Que parar no es rendirse. Que cuidarnos también es resistir.

A pesar de todo, hay una fuerza que no se apaga. La juventud guatemalteca no es solo víctima del sistema: también es semilla de cambio.

Cada vez más jóvenes participan en espacios de decisión, crean proyectos sociales, emprenden con sentido, se organizan para incidir.

He conocido a jóvenes que suben a los volcanes para encontrarse consigo mismos. A enfermeras que trabajan de día y estudian de noche. A artistas que hacen murales en zonas donde el arte siempre fue considerado un privilegio. A campesinas jóvenes que siembran su milpa, su lengua y su identidad en tierra fértil.

También hay quienes se van del país, claro. No porque no quieran quedarse, sino porque aquí no hay espacio suficiente para sus sueños. Incluso allá, en otras tierras, siguen luchando, envían remesas, y continúan queriendo volver. La diáspora también construye país. 

Hay días en que duele todo. Días en los que una se pregunta si vale la pena seguir. Días en los que la rabia arde y está bien. Porque esa rabia es necesaria. Es una brújula que nos muestra lo que no está bien. Es una fuerza que, si se canaliza, puede mover montañas. 

Jóvenes en Guatemala piensan crean
La juventud también crea, transforma, siembra. Artista: Dosk

No tenemos que ser siempre optimistas, pero sí necesitamos mantener viva la esperanza crítica. Esa que no idealiza, pero tampoco se rinde. Esa que dice: “esto duele, pero lo vamos a cambiar”. 

No estamos aquí solo para sobrevivir. También estamos aquí para vivir, para amar, para crear, para reír, para imaginar.

¿Y si Guatemala sí cambiará?

¿Qué pasaría si dejáramos de pensar que Guatemala es un caso perdido? ¿Si creyéramos que las cosas pueden ser diferentes, aunque no lo veamos aún?

Tal vez no tengamos todas las respuestas, pero sí tenemos muchas preguntas. Y en las preguntas también hay poder. Porque interpelan, incomodan, mueven.

Soñamos con una Guatemala donde la educación no sea un privilegio, donde los cuidados se compartan, donde podamos caminar por las calles sin miedo, donde el trabajo digno sea una realidad, donde se escuche a las comunidades, donde la naturaleza no se vea como mercancía, donde ser joven no sea una condena sino una posibilidad.

Ese país no se construye de la noche a la mañana, pero se empieza desde ya. En lo cotidiano, en lo mínimo, en lo invisible. Cada vez que decimos la verdad, aunque incomode. Cada vez que levantamos la voz. Cada vez que no dejamos que nos roben la ternura.

montaña como simbolo de esfuerzo y proceso
La montaña como símbolo del esfuerzo, del proceso, de seguir a pesar del cansancio. Foto: Dayrin Hernández

Epílogo: seguimos subiendo

Aquel día, después de horas de caminata, llegamos a la cima del volcán. El cansancio era inmenso, pero también la alegría. El viento soplaba fuerte y, por un momento, sentí que podía respirar sin peso.

Desde arriba, todo se veía distinto. No más fácil, pero sí más claro. Entendí que la montaña era un espejo. Que mi vida, la de muchas, es una constante subida. Pero también entendí que no estoy sola. Que hay una generación entera escalando, cayendo, levantándose.

Y que mientras subamos juntos, no hay cima imposible.

Artículo escrito por:

Dayrin Hernández 

Enfermera, activista política y por los derechos humanos. Promotora de educación integral en sexualidad. Estudiante de Relaciones Internacionales. Apasionada por el deporte.

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