Acaba de iniciar el torneo de fútbol más importante del mundo (lo nombro así porque, según la FIFA, no podemos decir mundial por temas de derechos). Durante un mes, millones de personas se reúnen frente a una pantalla para seguir los partidos, convirtiendo al Mundial en el evento deportivo más mediático del planeta. Pero detrás del espectáculo deportivo existe otra realidad: la Copa del Mundo también es una herramienta de poder político.
Como señala Juan Carlos Barrón “la FIFA opera como una estructura supranacional capaz de influir sobre gobiernos, corporaciones y ciudades sede” y en este mundial está siendo más evidente que nunca.
Y aunque es la primera vez que es tan obvio, influido por el creciente papel de las redes sociales en la sociedad, no es la primera vez que el fútbol es usado como una ventana para la construcción de una narrativa política en diversos países, el deporte en sí “nació ligado a procesos de formación social y construcción de poder” como señala Sergio Varela, profesor de la Universidad Autónoma de México (UNAM).
Y esto cobró mayor fuerza en el momento en que las élites se apropiaron de la popularidad del deporte, pues se dieron cuenta del negocio y las ganancias que este representaba. Es aquí donde la Copa del Mundo tomó ese gran papel como instrumento de construcción ideológica.

Uno de los ejemplos más grandes tuvo lugar en la Copa del Mundo de Argentina ‘78, que aunque la sede fue electa durante un gobierno democrático, el Mundial fue organizado durante el régimen militar de Jorge Rafael Videla, mismo que utilizó el torneo para “limpiar” su imagen llamando “El Mundial de la Paz”.
Sin embargo, dicha coyuntura no fue beneficiosa únicamente para Videla, sino también para las madres que buscaban a sus desaparecidos, ya que se trata del torneo que quizá sea el más mediático a nivel mundial. Los pocos supervivientes han relatado cómo el ruido provocado por los goles de la selección argentina era utilizado para ocultar los gritos provenientes de los centros clandestinos de detención.

La cancha se ha convertido en un espejo de la sociedad y lo que pasa en los despachos es un reflejo de sus políticos. A lo largo de las décadas, numerosos líderes políticos han comprendido el valor simbólico del fútbol y han intentado beneficiarse de esta afición. Jacques Chirac apareció junto a la selección francesa campeona en 1998, mientras que en Brasil 2014 el gobierno de Dilma Rousseff buscó proyectar una imagen de estabilidad y liderazgo aprovechando la atención global del torneo.
De forma similar, Vladimir Putin convirtió el Mundial de Rusia 2018 en una vitrina internacional para mostrar una imagen moderna y fortalecida de su país. Más allá de sus diferencias ideológicas, todos entendieron algo en común: quien controla la narrativa del evento deportivo más visto del planeta obtiene también una poderosa herramienta de legitimación política.
Pero si durante décadas fueron los gobiernos quienes aprovecharon políticamente el Mundial, hoy parece ser la propia FIFA la que ha asumido un papel cada vez más activo en la construcción de alianzas y narrativas políticas. El mandatario estadounidense Donald Trump y el presidente de la FIFA Gianni Infantino han llevado esa lógica un paso más allá; por lo que la cabeza de la FIFA ha comprendido su papel como un ente político y no únicamente como un organizador de fútbol, consolidando su rol por medio de alianzas a nivel global.
Esta situación se evidencia cuando el dirigente en pleno sorteo de la fase de grupos le entregó al presidente estadounidense el “Premio FIFA de la Paz”, un premio creado y otorgado al mismo presidente que ha bombardeado Palestina, Irak y tiene “secuestrado” a Venezuela (entre otros) únicamente para consolidar una posición política para la FIFA y mostrar al mundo a los Estados Unidos como un país pacífico (aunque nadie les compre el cuento).

Y es que, mientras Trump y la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum tratan de organizar un país políticamente correcto para los ojos del mundo, no es casualidad que muchos ciudadanos mexicanos se sientan desinvitados del evento.
El gobierno local, a petición de FIFA, ha establecido perímetros de cierre alrededor de los estadios sede condiciones que han provocado que los mismos residentes de los alrededores del estadio Azteca necesiten su identificación para entrar a su propia casa.
En Estados Unidos vemos restricciones totales, como el caso de un futbolista Iraquí a quien lo retuvieron en el aeropuerto y a su fotógrafo le negaron la entrada al país, situación que es similar a la de Irán, país que jugará en Estados Unidos pero se quedará en Tijuana y tendrá que abandonar USA cada que termine un partido.
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Quien diga entonces que el fútbol no es político o que no se debe politizar está igual o más desconectado que los dirigentes que “le han robado” el fútbol a la gente. La Copa del Mundo es el mayor evento deportivo, el más mediático y la mejor plataforma política para quien lo llegue a organizar o a ganar.
Disfrutar del deporte no implica dejar de lado la crítica. Y es que no es normal que un grito de gol se utilice para ocultar un asesinato, un desaparición o una protesta, por el contrario, debería ser una plataforma para que el pueblo amplifique sus demandas y reivindicaciones porque sí, el fútbol también es político.

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Javier Navarro
Estudiante de ciencia política, fan de los datos curiosos, defensor del pensamiento crítico y opiniones propias. Siempre con algo que decir.










