Soltar; permitir que el viento se lleve lo que no puede quedarse, liberar el alma, dejar fluir, desprenderse. Un acto tan íntimo como desafiante. Es ese momento en que nuestro corazón, que alguna vez se aferró con fuerza, empieza a abrirse lentamente, a reconocer que hay cosas que ya no deben ser sostenidas. Es ver cómo los hilos que alguna vez tejieron nuestra vida empiezan a deshacerse, y en esa desnudez, encontrar una verdad innegable: que el dolor de dejar ir también lleva en sus raíces la promesa de algo más liviano, algo más verdadero.
Sin apenas notarlo, nos aferramos por mil motivos: por amor, por miedo, por nostalgia. Nos aferramos porque creemos que, al dejar ir, nos despedimos de una parte irremplazable de nosotros, temiendo convertirnos en algo fragmentado, incompleto.
“Pero no podemos quedarnos sentados y contemplar nuestras heridas para siempre.”
Haruki Murakami

Rechazamos la idea de un horizonte distinto y permanecemos ciegos ante el océano de posibilidades que aguarda cuando soltamos. Nos asusta descubrir que nuestra esencia no depende de esos retazos del ayer. Nos da miedo enfrentar lo que somos en verdad, libres de todo aquello a lo que, en otro tiempo, decidimos atarnos.
Cuando dejamos ir, el vacío que queda es un abismo que nos mira con una frialdad que asusta. Pero, a veces, es en ese silencio abismal donde escuchamos la voz que siempre hemos ignorado: la nuestra. Y es ahí, en ese eco profundo, donde comienzan a brotar las notas de lo que anhelamos ser.
Soltar es perder, sí. Pero también es ganar. Ganamos espacio, libertad, y la paz de saber que hemos dado todo lo que teníamos, que hemos honrado el pasado y que ahora nos toca construir hacia adelante. Cada paso que damos lejos de lo que soltamos es un paso que nos acerca a una versión más genuina de nosotros mismos.
“La verdad es que, a menos que dejes ir, a menos que te perdones a ti mismo, a menos que perdones la situación, a menos que te des cuenta de que la situación ha terminado, no podrás seguir adelante.”
Steve Maraboli
El tiempo, como un río, suaviza las aristas filosas de los recuerdos. Con cada día que pasa, lo que dolía se convierte en una cicatriz, una línea que nos recuerda lo que fuimos y lo que sobrevivimos. Porque, aunque duela, soltar es el primer paso hacia la sanación. No se sana mientras las manos estén cerradas, mientras estemos luchando por mantener lo que ya se ha ido.
Soltar no es olvidar. Es recordar desde un lugar de serenidad, desde un rincón donde la nostalgia ya no es tormenta, sino un eco suave, una melodía distante. Todo es un aprendizaje, y las historias que dejamos atrás no desaparecen; simplemente se transforman, se convierten en fragmentos que llevamos dentro, no como cargas, sino como pruebas de que amamos, de que perdimos, de que vivimos.

Y en ese acto, nos volvemos ligeros, listos para recibir lo que nos aguarda. Porque soltar es una invitación, una cálida bienvenida al futuro que aún no hemos tocado, pero que ya comienza a desplegarse ante nuestros ojos. Es abrir los brazos y permitir que el viento nos traiga algo nuevo, nuevas experiencias que jamás habríamos conocido si nos hubiéramos quedado aferrados al ayer.
Requiere de valor, y no es fácil, pero en la valentía de soltar descubrimos la certeza de que, a pesar del vacío, somos capaces de seguir adelante. Lo que dejamos ir era solo una parte de nosotros, y dentro de nosotros aún arde la fuerza de renacer, una y otra vez, de nuestras propias cenizas. Porque al final, soltar no es perder; es ganar el poder de reinventarnos.
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Kassandra Guerrero
Diseñadora gráfica, músico, taekwondista y estudiante de publicidad en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Mi vida gira en torno al arte, la comunicación, los idiomas y la lectura con un buen vino.






